martes, 20 de abril de 2010
La nauyaca
El cruce de las calles escenario
Hombres plateados untados con polvo a pleno sol de primavera. Boliches, frutos como la naranja o pelotas para ejecutar malabares. Varillas metálicas con estopa o algún retazo de tela mojada en petróleo enredada en la punta, un cerillos para prenderlas y en seguida llevarlas, con dramático ritmo, a la boca soplete que avienta liquido combustible, en un hálito, produciendo apocalípticas lenguas de fuego frente a la mirada, acostumbrada al espectáculo callejero, que está detrás del parabrisas de vehículos en espera de luz verde. Mujeres otomíes, con infante adormilado que soporta en su espalda acunado por un reboso, avientan a una mano la naranja fascinante para que el vuelo del fruto les devuelva monedas, mientras, uno o dos o tres de sus hijos ofrecen mercancía, golosinas, en las ventanillas de los coches parados y encendidos que aumentan el calor sofocante.
Las butacas son los asientos de los vehículos. No se reserva el derecho de admisión. No hay aplauso de reconocimiento a la destreza para agenciarse la vida. El pago por el espectáculo urbano y efímero es voluntario. El escenario es el cruce de avenidas, el evento dura sólo unos instantes ante al indiferencia. Amarillo preventivo. Rojo alto. Ejecución del malabar dos minutos. Un minuto para caminar entre las líneas paralelas que forman los coches para encontrar la ventanilla abierta como esperanza y estirar la mano para recibir las pocas monedas ofrecidas. Verde, siga.
Esto no es nuevo, lo de los artistas callejeros; recuerdo que hace algunos años, cincuenta tal vez, visitaba la ciudad un domador de osos, él tocaba un pandero y el oso bailaba. Él le hablaba al oso con cariño y el oso lo abrazaba. El oso mostraba su amenazante dentadura y rugía. La última vez que vi al domador de osos y al oso, caminaron por la calle de Ocampo, después de ofrecer su número en el atrio de catedral, con rumbo al río.
También vi en el jardín Guerrero a un alambrista. Amarró un día por la tarde cada extremo de su cuerda de ixtle a dos árboles. Trazo una línea con su cuerda suspendida a dos metros sobre el nivel del piso. Se pintó la cara de blanco y los labios de su boca de rojo. Tocó su cabeza con una gorra agujerada tejida con estambre y grito en tono circense. ¡A ver… a ver! Mientras sus manos aplaudían para llamar la atención de los posibles espectadores.
El equilibrista subió a un banco, en sus pies sólo calcetas blancas. Dejó un pie sobre el banco y el otro lo posó en la cuerda, comprobó lo tenso, después quita el otro pie del banco, no lo pone en la cuerda. La imagen del hombre es una Y, como esta, pero invertida, chueca y vacilante.
Va y viene sobre la cuerda, trae una barra delgada de madera entre sus manos, el equilibrista mantiene la angustia de quien lo ve. Parece que azota en el suelo, que de un traspié cumple la expectativa de alguno. No hay red que lo proteja. Por ese mismo tiempo un faquir se entierra días enteros a tres metros bajo tierra en una de las esquinas de la alameda Hidalgo, lo vi a través de un cristal.
Nada nuevo bajo el sol, los artistas callejeros han existido desde siempre, sólo que ahora el cruce de las calles es el escenario y siguen manteniendo la angustia de los observadores, no hay red que los proteja.
Carlos Merida y la danza
En números recientes de “Barroco”, hemos intentado recordar la experiencia de artistas plásticos con la danza mexicana. Por razones históricas, bien definidas por el periodo nacionalista, la fuerza ideológica estimuló la convicción social de los pintores de aquella época, a la vez que la grandeza del país permitía una forma de vida sin las presiones que actualmente orillan a la mezquindad a quienes antes eran generosos. Incontables son los ejemplos de creadores plásticos vinculados con otras disciplinas. Con la danza hallaron nuevo lenguaje creativo José Chávez Morado, Julio Castellanos, Gabriel Fernández Ledesma, Antonio Ruiz, José Clemente Orozco, Diego Rivera, Carlos Orozco Romero, Roberto Montenegro, Juan Soriano, Julio Prieto, Leopoldo Méndez, Rufino Tamayo, Miguel Covarrubias, Arnold Belkin, José Reyes Meza, Santos Balmori, Carlos Mérida, Federico Canessi y Germán Cueto. A Carlos Mérida le tocó participar en una época de esplendor de la danza mexicana. Trabajó con Nelly Campobello, Martín Luis Guzmán, Miguel Bueno y Celestino Gorostiza; los músicos Silvestre Revueltas, Blas Galindo, Luis Sandi, Carlos Chávez y Eduardo Hernández Moncada; las coreógrafas Gloria y Nelly Campobello, Anna Sokolow, Waldeen, Gloria Contreras, Evelia Beristáin, Rosa Reyna y su propia hija Ana Mérida.
Don Carlos Mérida (Guatemala 1981-México 1984), gran promotor de las manifestaciones populares, fungió como director de la Escuela de Danza de la Secretaría de Educación Pública (1932-1935). Durante su gestión uno de sus objetivos fundamentales consistió en crear un ballet mexicano inspirado en los bailes indígenas. En 1933 presentó un proyecto de investigación coreográfica con base en las más destacadas danzas regionales de México, claramente vinculado con su obra pictórica.
Sin embargo, su aporte mayor fueron diseños de escenografía y vestuario de danzas modernas. Se percibe su inspiración en el juguete popular, en los trajes y disfraces de animales, principalmente las mojigangas de cartón, empleados por diversos grupos indígenas, y en las referencias geométricas de su obra de caballete y mural. Se sabe de su participación en 22 obras, tres de las cuales no llegaron a estrenarse, puestas en escena desde 1940 hasta 1979.
Joven, viajó a Francia con la intención de estudiar pintura, y entre 1910 y 1914 formó parte de los talleres del holandés Kees van Dongen y del catalán Anglada Camarasa. Viajó por Europa, conoció museos y galerías de arte y trató a célebres artistas, pero al estallar la Primera Guerra Mundial (1914-18) decidió regresar a Guatemala, donde permaneció hasta 1917. Arribó a México en 1919 y dedicó con intensidad a la pintura y edición de trajes mayas de este país y de Guatemala. En su trayectoria trabajó como muralista, ilustrador, diseñador de coreografías, escenografías y vestuarios; difusor del arte y crítico. Se unió al movimiento muralista de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros.
Al llegar a la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Vasconcelos llamó a varios jóvenes pintores del país a colaborar con él, entre ellos a Carlos Mérida. Así Mérida formó parte del equipo de trabajo de Diego Rivera en la elaboración del mural a la encáustica del anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, titulada "El muralismo".
Sin embargo, el muralismo no le interesó y, a raíz de un nuevo viaje a Europa, Mérida se apartó del camino que siguieron los muralistas mexicanos y regresó a la pintura de caballete. Para 1929 volvió a México, con un estilo propio, rico en variedad de ritmos y armonías, de formas y de colores.
A partir de los años 30, Mérida abandonó sus ilustraciones de temas folclóricos, danzantes, figuras indígenas y, llevado por una estilización cada vez más acentuada, rompió con la representación y empezó a construir sus cuadros con formas geométricas básicas. Emprendió entonces óleos de formatos monumentales, tapices, murales y numerosas obras gráficas. Obras suyas se conservan y exponen en las mejores galerías y museos de todo el mundo, pero sus mejores trabajos están plasmados en los muros de edificios públicos y conjuntos urbanos de grandes ciudades.
Dominó diversas técnicas, sobre todo las correspondientes a la litografía, serigrafía, y grabado en metal. En su obra se dedicó a rescatar elementos de la imaginaría maya, desde los códices prehispánicos hasta los textiles.
Querétaro es un crisol de la danza contemporánea, debido a la existencia del CENADAC. Probablemente la participación de artistas visuales y compositores, contribuya en un futuro mediato a madurar un proyecto de cultura dancística, como en su oportunidad sucedió con la danza moderna mexicana.
armandoariaslopez@yahoo.com.mx
http://armandoariasfotografo.blogspot.com
El Valedor
Tengo treinta y seis años y hace quince que no salgo del departamento. Creo que la última vez que me vi los pies fue hace algo así como catorce. Conozco bien la historia del Valedor, sé que todavía está en el manicomio, pero de alguna forma se las ha arreglado para que lo dejen salir los fines de semana. No me pierdo la transmisión de las luchas y soy admirador del Caníbal; ese luchador enmascarado que debutó unos meses después de que la Asociación del Lucha Libre le retiró la licencia al Valedor.
¿Se acuerdan cuando al Valedor le sumieron la nariz? Si hubiera sido cualquier otro luchador, este percance no representaría interés alguno, pero el valor más grande del Valedor radicaba en sus facciones. Su cara era una bendición de tan serena. Nadie podía creer que con esa cara de nomatoanadie, estaba escondido un asesino más caníbal que el propio Hannibal Lecter.
El mismísimo Jack Sparrow se hubiera espantado de lo que sucedió ese día en la arena. Por cierto, ¿dónde carajo está el control de la televisión? Una de las cosas más extrañas que suceden aquí, es precisamente eso; siempre se pierden las malditas cosas. No creo que esté en el sillón. ¿Les puedo pedir un favor? En lo que aparece el control, le pueden bajar un poco el volumen a la televisión y, otro favor, no me tomen fotos. Ya estoy hasta la madre de que todos los pinches periodistas se acerquen para mostrarme como un fenómeno. Eso no es justo. Es cierto que en los últimos años he subido mucho de peso, pero creo que los seres humanos tenemos otros valores; por ejemplo, la agudeza de mi inteligencia o mis ojos, que son iguales a los de la imagen de San Francisco de Asís que debe de estar escondida por ahí. Es raro, pero también la imagen se desaparece todos los días.
Hace como catorce años que estoy postrado en esta cama. No creo importante decirles que peso lo mismo que un toro de cinco años. Ustedes ya se dieron cuenta.
No es necesario buscar el control de la televisión, en cualquier momento se va a aparecer por ahí. A lo mejor está escondido abajo de ese montón de cajas de pizzas, o entre las cobijas.
Les decía que cuando le metieron la nariz al Valedor sucedieron un montón de cosas. El Valedor no lo podía creer. La patada voladora de uno de Los Guapos le explotó en la cara y se quedó tirado en la lona más de diez minutos. La lucha fue interrumpida por el comisionado de la Asociación de Lucha Libre. Al réferi le costó un montón de trabajo quitarle a Los Guapos de encima al Valedor: Tuvieron que salir casi todos los técnicos de los vestidores para quitárselos. El público se quedó tan callado como ese foco fundido, que desde que murió mi papá ha permanecido como mudo de luz.
Mi papá murió una noche de mucha bulla. Llegó de trabajar de la carnicería, dejó botado el mandil en esa silla que está junto a la televisión y se metió al baño. Yo estaba buscando el control por todos lados. Se hizo de madrugada y mi papá no salía del baño. Las noticias de la muerte de dos luchadores en la Arena de lucha libre, parecía que se salían de la pantalla. Tal vez por eso no me percaté antes de la ausencia de mi papá; me di cuenta que no salía del baño hasta que se fue la imagen de la tele.
Después de que se llevaron al Valedor a los vestidores para atenderlo, anunciaron una lucha de emergencia para calmar al público, que parecía chile toreado. Un par de luchadores desconocidos estaban trenzados en una llave cuando regresó el valedor con la nariz metida en la cara. Todavía le escurría sangre. Su rostro, que antes de esa noche, parecía una laguna de sereno, era igualito al de Jack Sparrow. Por momentos sus facciones se veían como las de un pirata ebrio de sangre. Cuando se subió al ring, la gente lo aclamó con un grito tan largo como los gritos que esos pobres infelices dieron cuando el Valedor los hizo pedazos con sus manos. Al primero le arrancó una oreja y se la tragó enfrente de toda la gente. El segundo, que se estaba asfixiando con el pie del Valedor que le apretaba la garganta, fue el más castigado. El Valedor le metió las manos en la boca, le arrancó los cachetes y ahí mismo delante de ese montón de gente se los tragó a mordidas. Lo que sucedió después no tiene caso platicarlo, cuando por fin lo pudieron controlar, ya habían interrumpido la transmisión. Lo último que se vio en la tele, fue cuando... mejor lo dejamos así. Cuando me acuerdo de esa noche, me dan ganas de tirar las tripas por la ventana, pero no puedo. A veces pierdo la cuenta de los años que llevo tirado en esta cama. Ustedes perdonaran el tiradero. Mis hermanas me mandan una persona cada ocho días para asear el departamento y me regalaron este teléfono para pedir las pizzas y los refrescos en la tienda. Ellas pagan la cuenta. No me lo van a creer, pero el teléfono es el único que no se pierde.
Joven, ¿me puede pasar la bacinica? ya me están empezando los retortijones.
Jack Sparrow fue el que me dijo que mi papá estaba muerto en el baño y, Hannibbal Lecter me decía con esa voz de bendición que no le creyera nada, que eran puras figuraciones suyas.
Hace quince años que platico con ellos todos los días. Ustedes no se pueden imaginar la impresión que me llevé cuando vi pasando el control de la televisión todo espantado en el momento en que Jack y Hannibal se salieron de la tele, pero en poco tiempo me acostumbré a verlo corriendo a esconderse. San Francisco de Asís se fue a meter quién sabe dónde. Nos quedamos platicando por mucho tiempo; tanto, que hasta el día de hoy no se habían levantado del sillón. Cuando supe que iban a venir, les pedí que cuando llegaran, les dieran el lugar. Los dos nos están escuchando, creo que cuando los albañiles derriben el muro para sacarme se van a regresar a la tele. Dicen que me van a extrañar, pero ambos aseguran que voy a estar bien.
Ayer, cuando estábamos viendo las noticias, Un locutor dijo que iban a venir por mí. Que lo más complicado era derribar el muro, porque el departamento está en el cuarto piso. Los ingenieros de una constructora se ofrecieron para traer una grúa y bajarme hasta la ambulancia que debe estar abajo desde hace mucho rato.
Cuando murió mi papá recibí las últimas visitas en el departamento. Fueron mis hermanas. Le digo que conozco bien al Valedor porque una de ellas es su esposa. Mis hermanas no saben que murió mi papá, piensan que se fue de la casa. Vinieron porque sabían que el Valedor se vino a esconder aquí después de que prácticamente se merendó pedazos de los luchadores. Nos costó mucho trabajo convencerlo que debería estar en su casa, porque él se quería quedar a vivir conmigo.
Mi hermana y el Valedor tienen tres hijos que son una bendición de tan bonitos, pero no los conozco en persona. Los he visto en las noticias varias veces; la primera fue cuando sacaron a mi cuñado de su casa y se lo llevaron al manicomio. Las otras, cuando transmiten homenajes en su honor. No me lo va a creer, pero el Valedor es el mismísimo Caníbal. Claro, a ustedes les falta la debida experiencia para reconocerlo, pero yo le conozco bien los ojos. Tras de esa máscara de caníbal están esos ojos que son una bendición de tan serenos. Pero no lo vean cuando le sale sangre de la nariz, porque se pone como bestia.
El día que sucedieron todas estas cosas, escuché ruidos en la entrada. En ese tiempo todavía podía caminar. El que entró al departamento era el Valedor. Venía con la mirada nublada de tanta sangre. Se tiró en el sillón, mis amigos, Hannibal y Jack, se tuvieron que levantar y se pararon donde están parados en este momento. Su cara, de nuevo era una bendición de tan serena. Era igualita al mirada de San Francisco de Asís, que quién sabe dónde carajo esté escondido.
La imagen de San Francisco es bien cobarde, primero fue el control que se echó a correr cuando mis amigos se salieron de la pantalla, y después fue la imagen, que se fue a esconder cuando al Valedor se le ocurrió que era una crueldad enterrar o quemar a los difuntos.
Él fue el que sacó el cuerpo de mi padre del baño y aunque yo me opuse en un principio, finalmente comprendí que tenía razón. Dijo el Valedor que el cuerpo humano es un montón de proteínas desperdiciadas y está movido por un alma que da vida. Hannibal, no estaba de acuerdo con estos conceptos; él decía que la carne humana es deliciosa y nada más. Jack trataba de convencernos que los muertos no son más que un pastel de gusanos.
El Valedor, quien me insistió que no veía a mis mentados amigos, dijo que la carne impregnada de adrenalina era como saborear venganza. Lo que pasa es que al Valedor desde chiquito, todos lo agarrábamos de bajada. Lo traíamos a pura patada y zape.
Al principio me negué, pero cuando vi en los ojos del valedor que se le quitaba la mirada de bendición, mejor no dije nada. Observé cómo destazaba le cuerpo de mi padre y lo metía en el refrigerador. Puso a acitronar cebolla y ajo, sacó hierbas de olor de la despensa, y echó a freír unas tiras de algo que quién sabe qué sería, pero estaban deliciosas.
Creo que ya llegaron los de la grúa. Ah, mire ahí está escondida la imagen de San Francisco. Pobrecita está temblando de miedo. El control al rato que muevan todo este montón de cosas se va a aparecer corriendo por ahí.
¿Antes de que tiren el muro para sacarme les puedo pedir un favor? Cuando saquen del manicomio al Valedor y lo lleven a la arena, díganle que la cabeza de mi papá está en el congelador.
Jakck y Hannibal ya se fueron. Se regresaron a la televisión. Miren, ahí está el control. Está junto a las cajas de pizza. Parece mentira. Todo está muy callado. ¿De verdad me van a llevar al hospital? Si me van a llevar a un hospital, ¿qué hace tanto policía en la entrada del departamento?
La palabra como sugerencia para existir
Por José Martín Hurtado Galves
Sugiero un pensamiento, lo provoco, lo maldigo. Aparece difuminado. Desde el nacimiento todo es opacidad. Reflejo intrascendente que arruina un instante que pudo haber sido calmo. La seguridad no siempre es conveniente. Dudar hace aparecer la esperanza. Los objetos son como la vida: sugerencia. Sólo un ápice de estar aquí. Brevedad infinita que atosiga lo que podría desaparecer para siempre, si la seguridad nos fuera por siempre cierta. Pero la nada también es sugerencia. Posibilidad, palabra infinita. Insistencia hecha de humanidad.
Pienso en la palabra como verdad, pero sé que es sólo imagen. ¿Qué podría no serlo? Cualquier imagen es verdadera hasta que no se sueñe lo contrario. Lo posible tiene infinitas formas de no ser. Hay una constate reconvención de lo que es y lo que no es. Todo se transmuta. Los objetos, en sujetos; los sujetos, en palabras; las palabras, en silencios; los silencios, en libros que provocan.
Desde el libro atisbo realidades en la imaginación. Satisfacer de inquietud la necesidad de ser algo más que esta materia putrefacta. Quizá una hoja más, una nueva conformación de palabras infinitas. Un nuevo aleph. La verdad se vuelve a acomodar. El libro infinito no deja de aparecerse ante mis ojos. La lectura incomprensible, las ideas confusas, la realidad perversa es de nuevo la creación. El tiempo hace su trabajo. Cada letra se mueve y hace nacer un remolino de infinitos inconclusos. Libertad como sueño. Ay de quien no sueñe para soñar.
Nada está claro, todo es sugerencia. La vida como sugerencia no deja de proponer nuevas realidades. Además de lo que dice el libro, leo siguiendo nuevas rutas. Descubro frases y no-frases. Pensamientos que sólo son sugerencias. Nada acabados. Apenas dibujados en un remolino de palabras que se acomodan y se desacomodan para ser y no ser desde esta humanidad que duda.
Dios mío, si hasta tú eres sugerencia. No nos eres suficientemente claro. Hay que buscarte en más de una idea. Pensarte de una y mil maneras para creer en ti. Aprendernos nuevos rezos, nuevas fórmulas, creer en la ciencia para creer en ti. Ay, tenerte nos es tan caro. Cómo cuesta la fe. Al final, acaba por ser tan difusa, que cuando llega no nos damos cuenta; y, cuando se aleja, ni siquiera la extrañamos.
Pero sigo leyendo. Una vez más. Una que es mil veces diferente. ¿Cómo puedo saber si en verdad sigo leyendo, o si he empezado una nueva lectura? El libro no es el mismo cuando lo leo de diferente manera. No me dice lo que sabe. Me llena de dudas. Acongoja las palabras hasta pervertir la última gota de su esencia. Entonces surge la apariencia. De nuevo la sugerencia. Otra vez la maldición del ser entre el no ser.
La lectura no siempre es guía, hay veces que es más bien un muro. Nos detiene de golpe para vernos en el espejo de los silencios que no acaban por acomodarse en la realidad. Entonces la nada es salvación. La nada como olvido. El olvido como consuelo de que tal vez hubo algo, quizá nosotros mismos en medio de pensamientos que descubren una humanidad perdida. Sólo nos queda insistir.
Todo humano es insistencia de Dios. Nada es para siempre. Hay que insistir en seguir pensando en la realidad, en Dios, en la posibilidad de ser algo más que esta materialidad difusa. La incertidumbre acaba por convencernos de que somos un constante creer y dudar. Inquietud, perversa y necesaria inquietud. Necesito algo.
Sigo leyendo. Me detengo. Las luces me confunden. Hay claroscuros en el libro. Sombras escondidas entre las hojas. Pequeñas formas que brillan cuando las descubrimos. No todo es real, lo sé; por eso me atrae la existencia. Quedarse en la seguridad de la experiencia es una puerta falsa. No nos lleva más allá de una que otra mirada tenue que se pierde en la rutina de los días. Pero la verdad no está sólo en la realidad; la mentira tampoco. Ambas son sugerencias. Si todo fuera cierto, no tendríamos por qué dudar. Para qué creer en los sueños si no fueran más reales de lo que duran las miradas. No, todo es una constante posibilidad. Lo cierto es que nada es para siempre. La mentira es creer que tenemos atada la verdad a nuestras palabras.
La sugerencia aparece porque nos es necesaria para existir como pensamiento de nosotros mismos. ¿Qué podríamos ser si sólo fuéramos humanos racionales? ¿Qué haríamos sin la fe, o sin la duda? ¿En dónde guarecerse después de la conciencia como tempestad? ¿Qué podría salvarnos de nuestra propia maldición existencial? ¿Podría haber una palabra lo suficientemente difusa como para escondernos en ella?
La vida es sugerencia para la muerte; la muerte lo es para la vida. Todo pensamiento nace como sugerencia, y termina como olvido. Pero ¿qué olvido no es una sugerencia para recordar? Leer es una salida para regresar al sueño. Leer como posibilidad de estar más de una vez aquí, entre lo que es y no es.
Cierro el libro. Las ideas están en mis ojos hechos de dedos. Se han acomodado de diferente manera. La memoria intenta inútilmente de sujetar a la realidad. Nada es lo verdaderamente real como para irse de una vez por todas. No hay palabras hechas de realidad solamente. Siempre tienen en la piel un poco de olvido y sugerencia. ¿Qué tipo de lector soy cuando obligo a las letras a desnudarse ante mis ojos? ¿Qué perversidad construyo en estos pensamientos que han modificado la palabra ser?