Blas C. Terán
El cruce de las calles escenario
Hombres plateados untados con polvo a pleno sol de primavera. Boliches, frutos como la naranja o pelotas para ejecutar malabares. Varillas metálicas con estopa o algún retazo de tela mojada en petróleo enredada en la punta, un cerillos para prenderlas y en seguida llevarlas, con dramático ritmo, a la boca soplete que avienta liquido combustible, en un hálito, produciendo apocalípticas lenguas de fuego frente a la mirada, acostumbrada al espectáculo callejero, que está detrás del parabrisas de vehículos en espera de luz verde. Mujeres otomíes, con infante adormilado que soporta en su espalda acunado por un reboso, avientan a una mano la naranja fascinante para que el vuelo del fruto les devuelva monedas, mientras, uno o dos o tres de sus hijos ofrecen mercancía, golosinas, en las ventanillas de los coches parados y encendidos que aumentan el calor sofocante.
Las butacas son los asientos de los vehículos. No se reserva el derecho de admisión. No hay aplauso de reconocimiento a la destreza para agenciarse la vida. El pago por el espectáculo urbano y efímero es voluntario. El escenario es el cruce de avenidas, el evento dura sólo unos instantes ante al indiferencia. Amarillo preventivo. Rojo alto. Ejecución del malabar dos minutos. Un minuto para caminar entre las líneas paralelas que forman los coches para encontrar la ventanilla abierta como esperanza y estirar la mano para recibir las pocas monedas ofrecidas. Verde, siga.
Esto no es nuevo, lo de los artistas callejeros; recuerdo que hace algunos años, cincuenta tal vez, visitaba la ciudad un domador de osos, él tocaba un pandero y el oso bailaba. Él le hablaba al oso con cariño y el oso lo abrazaba. El oso mostraba su amenazante dentadura y rugía. La última vez que vi al domador de osos y al oso, caminaron por la calle de Ocampo, después de ofrecer su número en el atrio de catedral, con rumbo al río.
También vi en el jardín Guerrero a un alambrista. Amarró un día por la tarde cada extremo de su cuerda de ixtle a dos árboles. Trazo una línea con su cuerda suspendida a dos metros sobre el nivel del piso. Se pintó la cara de blanco y los labios de su boca de rojo. Tocó su cabeza con una gorra agujerada tejida con estambre y grito en tono circense. ¡A ver… a ver! Mientras sus manos aplaudían para llamar la atención de los posibles espectadores.
El equilibrista subió a un banco, en sus pies sólo calcetas blancas. Dejó un pie sobre el banco y el otro lo posó en la cuerda, comprobó lo tenso, después quita el otro pie del banco, no lo pone en la cuerda. La imagen del hombre es una Y, como esta, pero invertida, chueca y vacilante.
Va y viene sobre la cuerda, trae una barra delgada de madera entre sus manos, el equilibrista mantiene la angustia de quien lo ve. Parece que azota en el suelo, que de un traspié cumple la expectativa de alguno. No hay red que lo proteja. Por ese mismo tiempo un faquir se entierra días enteros a tres metros bajo tierra en una de las esquinas de la alameda Hidalgo, lo vi a través de un cristal.
Nada nuevo bajo el sol, los artistas callejeros han existido desde siempre, sólo que ahora el cruce de las calles es el escenario y siguen manteniendo la angustia de los observadores, no hay red que los proteja.
martes, 20 de abril de 2010
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario