Armando Arias
En números recientes de “Barroco”, hemos intentado recordar la experiencia de artistas plásticos con la danza mexicana. Por razones históricas, bien definidas por el periodo nacionalista, la fuerza ideológica estimuló la convicción social de los pintores de aquella época, a la vez que la grandeza del país permitía una forma de vida sin las presiones que actualmente orillan a la mezquindad a quienes antes eran generosos. Incontables son los ejemplos de creadores plásticos vinculados con otras disciplinas. Con la danza hallaron nuevo lenguaje creativo José Chávez Morado, Julio Castellanos, Gabriel Fernández Ledesma, Antonio Ruiz, José Clemente Orozco, Diego Rivera, Carlos Orozco Romero, Roberto Montenegro, Juan Soriano, Julio Prieto, Leopoldo Méndez, Rufino Tamayo, Miguel Covarrubias, Arnold Belkin, José Reyes Meza, Santos Balmori, Carlos Mérida, Federico Canessi y Germán Cueto. A Carlos Mérida le tocó participar en una época de esplendor de la danza mexicana. Trabajó con Nelly Campobello, Martín Luis Guzmán, Miguel Bueno y Celestino Gorostiza; los músicos Silvestre Revueltas, Blas Galindo, Luis Sandi, Carlos Chávez y Eduardo Hernández Moncada; las coreógrafas Gloria y Nelly Campobello, Anna Sokolow, Waldeen, Gloria Contreras, Evelia Beristáin, Rosa Reyna y su propia hija Ana Mérida.
Don Carlos Mérida (Guatemala 1981-México 1984), gran promotor de las manifestaciones populares, fungió como director de la Escuela de Danza de la Secretaría de Educación Pública (1932-1935). Durante su gestión uno de sus objetivos fundamentales consistió en crear un ballet mexicano inspirado en los bailes indígenas. En 1933 presentó un proyecto de investigación coreográfica con base en las más destacadas danzas regionales de México, claramente vinculado con su obra pictórica.
Sin embargo, su aporte mayor fueron diseños de escenografía y vestuario de danzas modernas. Se percibe su inspiración en el juguete popular, en los trajes y disfraces de animales, principalmente las mojigangas de cartón, empleados por diversos grupos indígenas, y en las referencias geométricas de su obra de caballete y mural. Se sabe de su participación en 22 obras, tres de las cuales no llegaron a estrenarse, puestas en escena desde 1940 hasta 1979.
Joven, viajó a Francia con la intención de estudiar pintura, y entre 1910 y 1914 formó parte de los talleres del holandés Kees van Dongen y del catalán Anglada Camarasa. Viajó por Europa, conoció museos y galerías de arte y trató a célebres artistas, pero al estallar la Primera Guerra Mundial (1914-18) decidió regresar a Guatemala, donde permaneció hasta 1917. Arribó a México en 1919 y dedicó con intensidad a la pintura y edición de trajes mayas de este país y de Guatemala. En su trayectoria trabajó como muralista, ilustrador, diseñador de coreografías, escenografías y vestuarios; difusor del arte y crítico. Se unió al movimiento muralista de Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros.
Al llegar a la rectoría de la Universidad Nacional Autónoma de México, José Vasconcelos llamó a varios jóvenes pintores del país a colaborar con él, entre ellos a Carlos Mérida. Así Mérida formó parte del equipo de trabajo de Diego Rivera en la elaboración del mural a la encáustica del anfiteatro de la Escuela Nacional Preparatoria, titulada "El muralismo".
Sin embargo, el muralismo no le interesó y, a raíz de un nuevo viaje a Europa, Mérida se apartó del camino que siguieron los muralistas mexicanos y regresó a la pintura de caballete. Para 1929 volvió a México, con un estilo propio, rico en variedad de ritmos y armonías, de formas y de colores.
A partir de los años 30, Mérida abandonó sus ilustraciones de temas folclóricos, danzantes, figuras indígenas y, llevado por una estilización cada vez más acentuada, rompió con la representación y empezó a construir sus cuadros con formas geométricas básicas. Emprendió entonces óleos de formatos monumentales, tapices, murales y numerosas obras gráficas. Obras suyas se conservan y exponen en las mejores galerías y museos de todo el mundo, pero sus mejores trabajos están plasmados en los muros de edificios públicos y conjuntos urbanos de grandes ciudades.
Dominó diversas técnicas, sobre todo las correspondientes a la litografía, serigrafía, y grabado en metal. En su obra se dedicó a rescatar elementos de la imaginaría maya, desde los códices prehispánicos hasta los textiles.
Querétaro es un crisol de la danza contemporánea, debido a la existencia del CENADAC. Probablemente la participación de artistas visuales y compositores, contribuya en un futuro mediato a madurar un proyecto de cultura dancística, como en su oportunidad sucedió con la danza moderna mexicana.
armandoariaslopez@yahoo.com.mx
http://armandoariasfotografo.blogspot.com
martes, 20 de abril de 2010
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