Gabriel Vega Real
Tengo treinta y seis años y hace quince que no salgo del departamento. Creo que la última vez que me vi los pies fue hace algo así como catorce. Conozco bien la historia del Valedor, sé que todavía está en el manicomio, pero de alguna forma se las ha arreglado para que lo dejen salir los fines de semana. No me pierdo la transmisión de las luchas y soy admirador del Caníbal; ese luchador enmascarado que debutó unos meses después de que la Asociación del Lucha Libre le retiró la licencia al Valedor.
¿Se acuerdan cuando al Valedor le sumieron la nariz? Si hubiera sido cualquier otro luchador, este percance no representaría interés alguno, pero el valor más grande del Valedor radicaba en sus facciones. Su cara era una bendición de tan serena. Nadie podía creer que con esa cara de nomatoanadie, estaba escondido un asesino más caníbal que el propio Hannibal Lecter.
El mismísimo Jack Sparrow se hubiera espantado de lo que sucedió ese día en la arena. Por cierto, ¿dónde carajo está el control de la televisión? Una de las cosas más extrañas que suceden aquí, es precisamente eso; siempre se pierden las malditas cosas. No creo que esté en el sillón. ¿Les puedo pedir un favor? En lo que aparece el control, le pueden bajar un poco el volumen a la televisión y, otro favor, no me tomen fotos. Ya estoy hasta la madre de que todos los pinches periodistas se acerquen para mostrarme como un fenómeno. Eso no es justo. Es cierto que en los últimos años he subido mucho de peso, pero creo que los seres humanos tenemos otros valores; por ejemplo, la agudeza de mi inteligencia o mis ojos, que son iguales a los de la imagen de San Francisco de Asís que debe de estar escondida por ahí. Es raro, pero también la imagen se desaparece todos los días.
Hace como catorce años que estoy postrado en esta cama. No creo importante decirles que peso lo mismo que un toro de cinco años. Ustedes ya se dieron cuenta.
No es necesario buscar el control de la televisión, en cualquier momento se va a aparecer por ahí. A lo mejor está escondido abajo de ese montón de cajas de pizzas, o entre las cobijas.
Les decía que cuando le metieron la nariz al Valedor sucedieron un montón de cosas. El Valedor no lo podía creer. La patada voladora de uno de Los Guapos le explotó en la cara y se quedó tirado en la lona más de diez minutos. La lucha fue interrumpida por el comisionado de la Asociación de Lucha Libre. Al réferi le costó un montón de trabajo quitarle a Los Guapos de encima al Valedor: Tuvieron que salir casi todos los técnicos de los vestidores para quitárselos. El público se quedó tan callado como ese foco fundido, que desde que murió mi papá ha permanecido como mudo de luz.
Mi papá murió una noche de mucha bulla. Llegó de trabajar de la carnicería, dejó botado el mandil en esa silla que está junto a la televisión y se metió al baño. Yo estaba buscando el control por todos lados. Se hizo de madrugada y mi papá no salía del baño. Las noticias de la muerte de dos luchadores en la Arena de lucha libre, parecía que se salían de la pantalla. Tal vez por eso no me percaté antes de la ausencia de mi papá; me di cuenta que no salía del baño hasta que se fue la imagen de la tele.
Después de que se llevaron al Valedor a los vestidores para atenderlo, anunciaron una lucha de emergencia para calmar al público, que parecía chile toreado. Un par de luchadores desconocidos estaban trenzados en una llave cuando regresó el valedor con la nariz metida en la cara. Todavía le escurría sangre. Su rostro, que antes de esa noche, parecía una laguna de sereno, era igualito al de Jack Sparrow. Por momentos sus facciones se veían como las de un pirata ebrio de sangre. Cuando se subió al ring, la gente lo aclamó con un grito tan largo como los gritos que esos pobres infelices dieron cuando el Valedor los hizo pedazos con sus manos. Al primero le arrancó una oreja y se la tragó enfrente de toda la gente. El segundo, que se estaba asfixiando con el pie del Valedor que le apretaba la garganta, fue el más castigado. El Valedor le metió las manos en la boca, le arrancó los cachetes y ahí mismo delante de ese montón de gente se los tragó a mordidas. Lo que sucedió después no tiene caso platicarlo, cuando por fin lo pudieron controlar, ya habían interrumpido la transmisión. Lo último que se vio en la tele, fue cuando... mejor lo dejamos así. Cuando me acuerdo de esa noche, me dan ganas de tirar las tripas por la ventana, pero no puedo. A veces pierdo la cuenta de los años que llevo tirado en esta cama. Ustedes perdonaran el tiradero. Mis hermanas me mandan una persona cada ocho días para asear el departamento y me regalaron este teléfono para pedir las pizzas y los refrescos en la tienda. Ellas pagan la cuenta. No me lo van a creer, pero el teléfono es el único que no se pierde.
Joven, ¿me puede pasar la bacinica? ya me están empezando los retortijones.
Jack Sparrow fue el que me dijo que mi papá estaba muerto en el baño y, Hannibbal Lecter me decía con esa voz de bendición que no le creyera nada, que eran puras figuraciones suyas.
Hace quince años que platico con ellos todos los días. Ustedes no se pueden imaginar la impresión que me llevé cuando vi pasando el control de la televisión todo espantado en el momento en que Jack y Hannibal se salieron de la tele, pero en poco tiempo me acostumbré a verlo corriendo a esconderse. San Francisco de Asís se fue a meter quién sabe dónde. Nos quedamos platicando por mucho tiempo; tanto, que hasta el día de hoy no se habían levantado del sillón. Cuando supe que iban a venir, les pedí que cuando llegaran, les dieran el lugar. Los dos nos están escuchando, creo que cuando los albañiles derriben el muro para sacarme se van a regresar a la tele. Dicen que me van a extrañar, pero ambos aseguran que voy a estar bien.
Ayer, cuando estábamos viendo las noticias, Un locutor dijo que iban a venir por mí. Que lo más complicado era derribar el muro, porque el departamento está en el cuarto piso. Los ingenieros de una constructora se ofrecieron para traer una grúa y bajarme hasta la ambulancia que debe estar abajo desde hace mucho rato.
Cuando murió mi papá recibí las últimas visitas en el departamento. Fueron mis hermanas. Le digo que conozco bien al Valedor porque una de ellas es su esposa. Mis hermanas no saben que murió mi papá, piensan que se fue de la casa. Vinieron porque sabían que el Valedor se vino a esconder aquí después de que prácticamente se merendó pedazos de los luchadores. Nos costó mucho trabajo convencerlo que debería estar en su casa, porque él se quería quedar a vivir conmigo.
Mi hermana y el Valedor tienen tres hijos que son una bendición de tan bonitos, pero no los conozco en persona. Los he visto en las noticias varias veces; la primera fue cuando sacaron a mi cuñado de su casa y se lo llevaron al manicomio. Las otras, cuando transmiten homenajes en su honor. No me lo va a creer, pero el Valedor es el mismísimo Caníbal. Claro, a ustedes les falta la debida experiencia para reconocerlo, pero yo le conozco bien los ojos. Tras de esa máscara de caníbal están esos ojos que son una bendición de tan serenos. Pero no lo vean cuando le sale sangre de la nariz, porque se pone como bestia.
El día que sucedieron todas estas cosas, escuché ruidos en la entrada. En ese tiempo todavía podía caminar. El que entró al departamento era el Valedor. Venía con la mirada nublada de tanta sangre. Se tiró en el sillón, mis amigos, Hannibal y Jack, se tuvieron que levantar y se pararon donde están parados en este momento. Su cara, de nuevo era una bendición de tan serena. Era igualita al mirada de San Francisco de Asís, que quién sabe dónde carajo esté escondido.
La imagen de San Francisco es bien cobarde, primero fue el control que se echó a correr cuando mis amigos se salieron de la pantalla, y después fue la imagen, que se fue a esconder cuando al Valedor se le ocurrió que era una crueldad enterrar o quemar a los difuntos.
Él fue el que sacó el cuerpo de mi padre del baño y aunque yo me opuse en un principio, finalmente comprendí que tenía razón. Dijo el Valedor que el cuerpo humano es un montón de proteínas desperdiciadas y está movido por un alma que da vida. Hannibal, no estaba de acuerdo con estos conceptos; él decía que la carne humana es deliciosa y nada más. Jack trataba de convencernos que los muertos no son más que un pastel de gusanos.
El Valedor, quien me insistió que no veía a mis mentados amigos, dijo que la carne impregnada de adrenalina era como saborear venganza. Lo que pasa es que al Valedor desde chiquito, todos lo agarrábamos de bajada. Lo traíamos a pura patada y zape.
Al principio me negué, pero cuando vi en los ojos del valedor que se le quitaba la mirada de bendición, mejor no dije nada. Observé cómo destazaba le cuerpo de mi padre y lo metía en el refrigerador. Puso a acitronar cebolla y ajo, sacó hierbas de olor de la despensa, y echó a freír unas tiras de algo que quién sabe qué sería, pero estaban deliciosas.
Creo que ya llegaron los de la grúa. Ah, mire ahí está escondida la imagen de San Francisco. Pobrecita está temblando de miedo. El control al rato que muevan todo este montón de cosas se va a aparecer corriendo por ahí.
¿Antes de que tiren el muro para sacarme les puedo pedir un favor? Cuando saquen del manicomio al Valedor y lo lleven a la arena, díganle que la cabeza de mi papá está en el congelador.
Jakck y Hannibal ya se fueron. Se regresaron a la televisión. Miren, ahí está el control. Está junto a las cajas de pizza. Parece mentira. Todo está muy callado. ¿De verdad me van a llevar al hospital? Si me van a llevar a un hospital, ¿qué hace tanto policía en la entrada del departamento?
martes, 20 de abril de 2010
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