martes, 20 de abril de 2010

La palabra como sugerencia para existir

Por José Martín Hurtado Galves

Sugiero un pensamiento, lo provoco, lo maldigo. Aparece difuminado. Desde el nacimiento todo es opacidad. Reflejo intrascendente que arruina un instante que pudo haber sido calmo. La seguridad no siempre es conveniente. Dudar hace aparecer la esperanza. Los objetos son como la vida: sugerencia. Sólo un ápice de estar aquí. Brevedad infinita que atosiga lo que podría desaparecer para siempre, si la seguridad nos fuera por siempre cierta. Pero la nada también es sugerencia. Posibilidad, palabra infinita. Insistencia hecha de humanidad.

Pienso en la palabra como verdad, pero sé que es sólo imagen. ¿Qué podría no serlo? Cualquier imagen es verdadera hasta que no se sueñe lo contrario. Lo posible tiene infinitas formas de no ser. Hay una constate reconvención de lo que es y lo que no es. Todo se transmuta. Los objetos, en sujetos; los sujetos, en palabras; las palabras, en silencios; los silencios, en libros que provocan.

Desde el libro atisbo realidades en la imaginación. Satisfacer de inquietud la necesidad de ser algo más que esta materia putrefacta. Quizá una hoja más, una nueva conformación de palabras infinitas. Un nuevo aleph. La verdad se vuelve a acomodar. El libro infinito no deja de aparecerse ante mis ojos. La lectura incomprensible, las ideas confusas, la realidad perversa es de nuevo la creación. El tiempo hace su trabajo. Cada letra se mueve y hace nacer un remolino de infinitos inconclusos. Libertad como sueño. Ay de quien no sueñe para soñar.

Nada está claro, todo es sugerencia. La vida como sugerencia no deja de proponer nuevas realidades. Además de lo que dice el libro, leo siguiendo nuevas rutas. Descubro frases y no-frases. Pensamientos que sólo son sugerencias. Nada acabados. Apenas dibujados en un remolino de palabras que se acomodan y se desacomodan para ser y no ser desde esta humanidad que duda.

Dios mío, si hasta tú eres sugerencia. No nos eres suficientemente claro. Hay que buscarte en más de una idea. Pensarte de una y mil maneras para creer en ti. Aprendernos nuevos rezos, nuevas fórmulas, creer en la ciencia para creer en ti. Ay, tenerte nos es tan caro. Cómo cuesta la fe. Al final, acaba por ser tan difusa, que cuando llega no nos damos cuenta; y, cuando se aleja, ni siquiera la extrañamos.

Pero sigo leyendo. Una vez más. Una que es mil veces diferente. ¿Cómo puedo saber si en verdad sigo leyendo, o si he empezado una nueva lectura? El libro no es el mismo cuando lo leo de diferente manera. No me dice lo que sabe. Me llena de dudas. Acongoja las palabras hasta pervertir la última gota de su esencia. Entonces surge la apariencia. De nuevo la sugerencia. Otra vez la maldición del ser entre el no ser.

La lectura no siempre es guía, hay veces que es más bien un muro. Nos detiene de golpe para vernos en el espejo de los silencios que no acaban por acomodarse en la realidad. Entonces la nada es salvación. La nada como olvido. El olvido como consuelo de que tal vez hubo algo, quizá nosotros mismos en medio de pensamientos que descubren una humanidad perdida. Sólo nos queda insistir.

Todo humano es insistencia de Dios. Nada es para siempre. Hay que insistir en seguir pensando en la realidad, en Dios, en la posibilidad de ser algo más que esta materialidad difusa. La incertidumbre acaba por convencernos de que somos un constante creer y dudar. Inquietud, perversa y necesaria inquietud. Necesito algo.

Sigo leyendo. Me detengo. Las luces me confunden. Hay claroscuros en el libro. Sombras escondidas entre las hojas. Pequeñas formas que brillan cuando las descubrimos. No todo es real, lo sé; por eso me atrae la existencia. Quedarse en la seguridad de la experiencia es una puerta falsa. No nos lleva más allá de una que otra mirada tenue que se pierde en la rutina de los días. Pero la verdad no está sólo en la realidad; la mentira tampoco. Ambas son sugerencias. Si todo fuera cierto, no tendríamos por qué dudar. Para qué creer en los sueños si no fueran más reales de lo que duran las miradas. No, todo es una constante posibilidad. Lo cierto es que nada es para siempre. La mentira es creer que tenemos atada la verdad a nuestras palabras.

La sugerencia aparece porque nos es necesaria para existir como pensamiento de nosotros mismos. ¿Qué podríamos ser si sólo fuéramos humanos racionales? ¿Qué haríamos sin la fe, o sin la duda? ¿En dónde guarecerse después de la conciencia como tempestad? ¿Qué podría salvarnos de nuestra propia maldición existencial? ¿Podría haber una palabra lo suficientemente difusa como para escondernos en ella?

La vida es sugerencia para la muerte; la muerte lo es para la vida. Todo pensamiento nace como sugerencia, y termina como olvido. Pero ¿qué olvido no es una sugerencia para recordar? Leer es una salida para regresar al sueño. Leer como posibilidad de estar más de una vez aquí, entre lo que es y no es.

Cierro el libro. Las ideas están en mis ojos hechos de dedos. Se han acomodado de diferente manera. La memoria intenta inútilmente de sujetar a la realidad. Nada es lo verdaderamente real como para irse de una vez por todas. No hay palabras hechas de realidad solamente. Siempre tienen en la piel un poco de olvido y sugerencia. ¿Qué tipo de lector soy cuando obligo a las letras a desnudarse ante mis ojos? ¿Qué perversidad construyo en estos pensamientos que han modificado la palabra ser?

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