lunes, 31 de mayo de 2010

Ya con esta me despido

Por Leslie Dolejal

Comenzaré por decir que Querétaro es un círculo tan pequeño que se me antoja curioso que alguien lo vea como un todo significante. La realidad de sus preguntas y respuestas me parece tan clara que nunca he necesitado circunscribirla ni edificarla para hacer literatura, pues es de una constancia formidable. A veces, claro, me maravillo al contemplar San Agustín y la cúpula con los Musicantes. Pienso que toda la ciudad queda ahí representada, elevada y detenida. Y comprendo que ahora más que nunca quien viva dependiente ha generado compromiso. Y quien hable de “comunidad” ha adquirido la obligación de mostrar los asuntos en común. Como si hubiera adquirido un sitio para construirlo.
Por supuesto, el arte no es ninguna competencia ni la carrera por llegar a un puesto determinado. Las posturas de un mundo que se cree tan importante, y que es tan importante que ya no hablamos de atropello, son los 5 minutos de gloria cueste lo que cueste. Y el final de las reuniones, lamentable. Cierto. ¿Dónde son las chelas? El fondo de todo esto puede describirse como la búsqueda de la legitimidad. Qué legitimidad tiene tal o cual para llevar la voz cantante. A quién legitimamos para buscar unas monedas. A quién para otra jerarquía inútil. Hasta que todo esto deviene en descubrir que hay quienes viven de sus recuerdos y tienen mala memoria. Motivo suficiente para mandar la basura al reciclaje.
Por fortuna, el pequeño círculo en el cual se desenvuelve la ciudad no es el mundo. Querétaro, señoras y señores, no es el mundo. A nadie en el mundo le interesa lo que pase en Querétaro a no ser asunto del clima por cuestión viaje. Por ello cuando la máscara pide a gritos legitimidad lo único que queda por hacer el legitimarla. Actuar de modo que la vean como algo verdaderamente importante. Ejemplar. Porque el asunto de ser es cuestión institucional. Porque ser es, ante todo, un estar para los otros, avalado y único, con un millar de ideas adoptadas que nadie carajos se atreve a cuestionar ni a decir por qué son, aunque la pura interpretación de una mirada nos muestre complejo de bruto iridiscente.
¿Diagnóstico? Claro. Cualquiera que considere importante tener unas monedas del erario no sólo es un ser magnífico, sobre todo si las logra. Cualquiera que obtenga unas monedas del erario por vía de los cuates conserva una obligación con los cuates. Aunque sea la de “hablar con la verdad”. La de interpretar una “verdad”. O incluso, la de ser un atorrante tolerado, subsidiado, pero por supuesto, presupuesto, avanti, atorrante al fin. Pues lo que importa “es nunca dejar de ser quien eres”. Lo que importa “es distinguirte sobre los demás”. Lo que importa, aunque ya nadie sepa qué carajos importa, es importar, y para importar hay que convencer de que somos importantes.
¿Demolición de más? ¿Demolición de menos? ¿Habrá alguna promesa que no sea detestable? ¿Alguien nos dirá que el clima en la ciudad no apesta, sobre todo con tal calor y semejante alcantarillado? Legitimidad, señores, preocúpense por la legitimidad. Legitimémonos todos. Todos somos legítimos cuando el discurso y la oportunidad se nos presentan. Entonces, ¿lo escribes tú y nosotros lo firmamos? Claro, veladamente. ¿Disidencia? ¿Cuál? ¿Dónde? ¿El discurso de hace años por un pobre asesinado? ¿Una lista interminable de destinatarios en la Internet? ¿Los dictámenes de becas, premios literarios, afinidades en desuso, el yo quiero ser grande y soy más grande porque lo digo yo?
La vida, como tal, es el único arte. Adoptar ideas es llegar a la propia consumación. Los subsidios para el arte se vienen arrastrando desde la Ilustración. (El arte hacía mejores a las personas, nadie se preguntaba entonces si eran buenas personas los artistas). La Revolución francesa permitió en Querétaro que todos fueran artista hasta que demostraran lo contrario. El Positivismo llevó a que tuviéramos muchos poetas pero pocos astronautas, (esto último debido a una delicada formación). Y el Romanticismo intermedio hoy nos garantiza que Miguel Aguilar Carrillo y Francisco Núñez son una buena decisión, qué importa que contravengan el detalle de una convocatoria, si para ello está Contraloría.
Por supuesto, Nadie mató a dios, pero si nadie lo mató, entonces fueron los judíos. Ayer, mientras cagaba, hubo una perfecta máquina de cagar cagando. Y en fin, cierto estoy de que yo firmo lo que sea en aras de obtener cualquier subsidio. ¿La quieres roja, o colorada? ¿Letras? Ni me digas. Ese culero de Manuel Cruz. Pero yo, yo, yo: qué grande soy, qué bonito soy… cómo me quiero, aaaaa, aaaa, sin mí me muero, jamás me podré olvidar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario