lunes, 31 de mayo de 2010

Cierra “El rizo de oro”

Armando Arias


Rete tristes, anunciamos a nuestros amigos lectores que la peluquería “El rizo de oro”, cierra de manera permanente sus puertas. El maestro de la navaja y la tijera Don Regino Burrón ha muerto, su hijo adoptivo el pequeño Foforito murió también y con ellos marchó a la otra vidorria “Wilson” el perrito de la casa domiciliada en la vecindad del Callejón del Cuajo número chorrocientos chochenta y chocho, su hogar honrado donde habitaron al lado de la ilustre Borola Tacuche de Burrón con sus educados hijos Macuca y Regino, también perdidos para siempre.

No fue la crisis económica la que bajó tan de porrazo la cortina del “Rizo de oro” porque la crisis le hacía los mandados a la familia Burrón, acostumbrada a subsistir como millones de familias pobres en este México tragicómico donde se sobrevive de milagro, ingeniándoselas día con día, dándole vueltas a ideas que como foquitos de taquería se encienden en la de pensar cuando ya las últimas esperanzas se creían perdidas. Doña Borola Tacuche no necesitaba que don Regino Burrón la llevara a las playas de Acapulco para tomar el sol. Eran muy pobres. Ella ideó el “Acapulco en la azotea” y en traje de rana mostraba sus sensuales formas junto al tinaco de la vecindad, cosa que enloquecía de deseos al sexo horrible para escándalo de Macuqita quien reprendía a su mamá por semejantes extravagancias.

La pobreza fue el estado natural de la Familia Burrón. Siempre positivo, don Regino entregaba íntegros al presupuesto familiar los pocos centavitos que ganaba y se enteraba de los precios del mercado por los datos que doña Borola le proporcionaba: El kilo de hueso con pellejo estaba en $750.000 pesos; el jitomate amaneció a $8000 pesos el kilo; más barato el limón costaba $50 pesos la pieza y el kilo de tortilla transgénica se cotizó en la Bolsa de Valores. Borola nunca se resignó a ver morir de hambre a sus tres hijos, y fíjense que digo tres porque a Foforito nunca lo hizo menos. Entonces desesperada por el dolor en la tripa los sentaba a la mesa y muy correcta les servía un delicioso consomé de trapo de cocina hervido acompañado de unos deliciosos chilaquiles de periódico recortado. Estirando el dedo meñique, Borola Tacuche de Burrón bebía para el desempance un aromático té de hojas de árbol de la calle.

No fue la crisis, fue el deceso del escritor y dibujante Gabriel Vargas, lo que nos condena a la pena de nunca más solazarnos con las filosas ocurrencias de Borolita, ni de atender a las bondadosas reflexiones de don Regino quien en “El rizo de oro”, hablaba con rabia contenida, pero sin ofender, de los malos políticos, de los malos gobernantes, de los malos comerciantes, de los malos maestros, de los malos funcionarios, de los malos policías en fin, de toda la plaga de buitres carroñeros que le chupan la sangre a los chorromillones de familias Burrón de este apocado país.

Desde la década de los 70, se consideró a don Gabriel Vargas (Tulancingo, Hidalgo 1915-México D.F. 2010) como el cronista urbano de la capital mexicana del siglo XX. Su visión de la realidad mexicana fue una caricatura de la crueldad a la que el cinismo de los ricos somete a los pobres, marginados en vecindades, amontonados en transportes urbanos y limitados en sus capacidades humanas por una sociedad exponencialmente injusta.

Su historieta apareció por primera vez en 1938, con el nombre de “Vida de perro”, más adelante se transformó en “El señor Burrón”, y en 1940 apareció como “La Familia Burrón”, que fue publicada cada martes por la Editorial G y G, la cual llegó a los 1616 números el 25 de agosto de 2009 y en la actualidad, la Editorial Porrúa sigue publicando compilaciones de ellas, donde habitan sus 57 personajes donde predominan Borola Tacuche, Macuca, Don Regino, Don Briagoberto Memelas, Doña Gamucita, Boba Licona, Foforito, Avelino Pilongano, el Conde Satán Carroña, entre otros nombres.

Don Gabriel Vargas fue reconocido en 1983 con el Premio Nacional de Periodismo; en 1993 con el Premio Nacional de Ciencias y Artes por el Consejo Nacional para la Cultura y las Artes; y el año 2009, recibió el doctorado honoris causa de la Universidad de Hidalgo, entre otros merecidos reconocimientos.

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