lunes, 24 de mayo de 2010

Una mujer Villista

La nauyaca
Blas C. Téran



La mujer nunca dejó las armas. Todavía en el último tercio del siglo pasado los vecinos de la cuadra le respetaban. La memoria había rebasado el dato histórico y su presencia era leyenda viva.
A su esposo se lo llevó la leva, los “pelones”, y ya no hubo de otra más que echar bala. En el año trece del novecientos, el Secretario de Guerra y Marina, por acuerdo del presidente de la república y en atención al valor y abnegación demostrados en hechos de armas, le entregan un diploma en el Palacio del Poder Federal, con firma del Gral. Mondragón al calce. El documento dice que se le confiere el uso de la barra distintiva de Cabo a Jesús Páramo, que le será canjeada por la condecoración creada para premiar sus virtudes.
La hija mayor recuerda que jugaba a las muñecas con los casquillos quemados. El Cabo del ejército, en algún momento, se liberó por propia decisión. Se juntó con las huestes de Villa y se fue al norte con toda la familia. Fue entonces cuando doña Jesús Galván, mamá chucha, tomó las armas. Anduvo en pleno campo de batalla echando bala por la causa.
De ella se cuentan muchas cosas. Ella misma las contaba, como aquella madrugada en que, después de la batalla, entre cuerpos muertos y agonizantes recogió “parque” y armas para acopio del batallón. Ella decía que entre los agonizantes se había gente que ya no tenía remedio y que debía ayudarlos para su descanso, por humanidad. Tampoco habría que usar un “tiro”, las balas escasean.
Entre sollozos mostraba la foto mortuoria de su hermano. Encima de una mesa, altar dedicado a san Martín de Porres, la fotografía del cuerpo, vestido de paisano, descansa con su sombrero revolucionario entre las manos y su pecho cruzado por cananas. El la sala de casa, colgado en espera, un rifle aùn en servicio. De vez en vez le da mantenimiento.
De propia voz se escuchaba que, cerca de Celaya, en Saravia, un grupo de levantados Villistas trataban de tomar un posicionamiento de “federicos”. Se le ocurrió una idea. A fuego cruzado ella, junto con otras pocas mujeres, se agenciaron una mula. En su lomo le cargaron dinamita, calcularon el tamaño de la mecha, la encendieron y azuzaron a la bestia. Para suerte de la causa, la mula explotó justo en el fortín permitiendo que la “bola” pudiera seguir hasta Celaya.
También los vecinos, los señores grandes de la cuadra, murieron. De sus hijos sólo queda la menor y ella prefiere mantenerse en silencio. Entonces, sólo el timbre de su voz en la memoria de quienes la escuchamos inaugura la leyenda.

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