lunes, 24 de mayo de 2010

Caótico reposo

Por: Silvia Lira León

Ausencia fugaz. Estar quieto, mudo, sordo, ciego… y la mente no se detiene. La imaginación no pide permiso, irrumpe de golpe en la pasividad del reposo corporal nocturno transformándose en hechos inexplicables e incoherentes, sucediéndose unos a otros vertiginosamente, uno tras otro. No hay tiempo para reaccionar, no hay conciencia, estamos dormidos. Aún así nos vemos correr, a veces rodar por acantilados, caer por precipicios sin fondo, estallar en pedazos, o la angustia aterradora de la inmovilidad ante el peligro, de no tener la capacidad para mover ni un dedo, y sentir que el grito no sale de la garganta, un grito de auxilio desesperado que nadie oye porque jamás se emite.

Cuántas cosas pueden suceder cuando aparentemente no sucede nada, cuando el silencio absoluto envuelve el tiempo más apacible de toda nuestra existencia: el sueño. Al despertar recordamos algunos pasajes que vimos proyectados en la pantalla de la mente. No sabemos precisarlos porque recordamos imágenes aisladas, sin embargo, el recuerdo de algún personaje o de algún hecho particular nos horroriza como si lo hubiéramos visto en realidad, nos da miedo. Y es que en los sueños las cosas parecen tan reales, que a veces nos invaden con violencia en plena madrugada y ya no nos permiten conciliar el sueño interrumpido.

Dicen que cada uno carga con sus monstruos. Nuestras preocupaciones en abstracto toman forma de peligro, de angustia, de desesperación, y crecen y crecen y nos tragan la razón. Pero hay algunos seres que tienen la posibilidad de transformar esa situación en magia, en el don del arte. Esos a los que llamamos nuestros monstruos, que nos han acompañado desde siempre, fueron trazados por algún dibujante, pintor, ilustrador; fueron concebidos por algún escritor; fueron interpretados por algún actor. Son invención humana. Si lo vemos un poquito así, tal vez nos resulten menos terroríficos y hasta lleguemos a entendernos con ellos. Aunque en las noches de angustia tengan que cumplir con su misión.
Imaginemos un lienzo cuadrado atiborrado de peces sonrientes, cerdos irónicos, pollos enojados, humanoides encendidos en colores fuertes, rosas, azules, amarillos, morados inquietantes; tan angustiosamente pegados unos a otros, que no cabe ni uno más. Todos esos colores fuertes son logrados con pedazos de papel de china, trazados en acrílico sobre tela. Estos, y muchos seres oníricos más, pueden verse en la exposición pictórica “Plácida contemplación del sueño” de Rafael Ontiveros. El Museo de la Ciudad está abierto a las peores pesadillas convertidas en trazo y color. Visítala.

cronistadelportal@gmail.com

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