Por: Silvia Lira León
Cuando yo era estudiante existía el Abono de Transporte. Era un boleto del tamaño de una tarjeta bancaria, un poco más ancha pero sin llegar a un formato cuadrado. Tenía al centro un número grande que indicaba la quincena a la que correspondía y cada quince días cambiaba de color; así el operador del transporte público lo identificaba sin problema. Este boleto venía acompañado de un boleto más pequeño, del mismo tamaño que cualquier boleto del Metro, pero hecho de un material plástico flexible de color azul, éste boleto se introducía en el torniquete y al accionarse el mecanismo para acceder al andén, el torniquete devolvía el boleto y el usuario lo tomaba mientras cruzaba al otro lado. De esta manera, el usuario podía hacer cualquier cantidad de viajes en el Metro en un mismo día, durante toda la quincena, sin tener que comprar más boletos.
Este Abono de Transporte permitía hacer viajes ilimitados en los sistemas de transporte público del Departamento del Distrito Federal, estos eran el Metro, el trolebús, los autobuses urbanos y el tren ligero. Con todas estas ventajas de movilidad, el Abono de Transporte era muy demandado por la ciudadanía, así que había que comprarlo muy temprano porque se agotaba el mismo día que salía. Lo vendían en las taquillas del Metro. Ese día las filas en las taquillas eran interminables, hasta salían a la calle, y cuando por mala suerte no alcanzábamos a comprarlo, andábamos de estación en estación buscando desesperadamente algún huerfanito que haya quedado por ahí.
Era tan apreciado que vendían una mica protectora con portada transparente para mostrarlo al operador sin tener que sacarlo y correr el riesgo de extraviarlo. Hubo gente que hasta los coleccionaba una vez que había terminado su vida útil. De verdad le tomaba uno cariño. Era el compañero imprescindible de todos los días. Y es que facilitaba tanto la movilidad que llegaba uno a acostumbrarse. Ya no era necesario hacer colas en las taquillas del Metro, ni del tren ligero, ni andar desembolsando más dinero para el trolebús o el camión; con sólo mostrar el Abono se accedía fácil y rápido. Y qué gran ayuda fue para los estudiantes. Era económico y práctico cruzar toda la ciudad para ir a la escuela con un solo boleto. De otra manera, yo habría tenido que pagar cada medio de transporte por separado, y quién sabe si hubiera conseguido terminar mis estudios.
Con todos los problemas que se le puedan achacar y que en verdad los tenía, el transporte público de aquel entonces fue accesible para muchos sectores de la población capitalina gracias al Abono de Transporte. Lo recuerdo y lo extraño cada vez que tengo que pagar los seis cincuenta de cada viaje, y me da una especie de nostalgia, y a la vez me da tristeza porque muchos jóvenes queretanos no tendrán la misma suerte que tuve yo.
lunes, 31 de mayo de 2010
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