Oscar Salas
Una fábrica donde ningún producto es manufacturado, donde abundan los fierros pero no hay ningún implemento fabril, palpita la vida y se recibe el delicioso aroma desde un horno de pan. Hay quienes pasan llevando en la mano un lienzo montado en un marco y en la otra mano cargan o jalan una caja muy parecida a la que suele identificar a un fontanero y/o un electricista. Otras personas se cuelgan de telas y se sostienen en el aire. Alguien hace interpretaciones pianísticas. En unas mesitas con sombrilla están instalados algunos platicadores mientras picotean un platito o sorben brebajes cuyo volumen oculta sobrada espuma. Allá un par de jóvenes descalzas mueven sus cuerpos como para comunicar alguna emoción o sentimiento, sentado en una banca de jardín un hombre joven, mayor que ellas, parece supervisarlas. No faltan quienes instalan lámparas trepados en larguísimas escaleras, mientras otros alteran o modifican estructuras. Cuando los hay, prevalecen los colores muy sólidos, generalmente rojos encendidos y negros brillantes entre materiales que lucen las tonalidades que les son propias. Dos son las muy contrastantes grafías prevalentes, o únicas: la muy geométrica, con delgadez gótica, que sería propia del adiestrado en la elaboración de planos arquitectónicos; y la manuscrita, pero ese trazo con identidad geográfica: que si Francia o Italia, que si Estados Unidos. Ningún letrero nos dice dónde estamos, pero en la papelería y publicidad de sus espectáculos, la cita es convocada en el Centro Cultural La Fábrica. La congruencia del simplismo es irrefutable, también la conjunción de opuestos.
Adentro de una asoleada salota metálica, cuya funcionalidad primordial es escénica, zumba, como masa de moscardones, una gran hélice encerrada en una jaula de alambrón, como fiera que no logra atemperar la feroz temperatura. Aquí hemos sido convocados por un intolerante de la indolencia y la apatía al 1er Encuentro de Directores Jóvenes de Escena (¿Qué tal Jóvenes directores de escena?). Tanta es su tozuda intolerancia que, medianamente superada su torpeza informática que acusa su desfasamiento generacional, si no se propone mi redención, sí avizora alguna compostura, siquiera temporal, y pasa por alto mi incompetencia para dirigir nada y mi carencia de poca edad, para atizarme la convincente invitación. De hecho soy el único canoso, exceptuando los virtuales proyectados con una intensa lucecita, en esta antigua nave industrial.
Con una parafernalia informática que fuera de La Fábrica sería alardosa, Alonso Barrera, director del establecimiento, y también escénico, nos ha presentado en la primera de tres jornadas, a quien parece ser su personaje inspiracional, muy envidiable por su capacidad para la captación de mastodónticos patrocinios, apenas igualados por sus producciones y montajes: el tejano Bob Wilson. Retiene mi atención el cumplimiento de la causalidad sobre la casualidad. Este enorme arquitecto fue tartamudo hasta que cayó en manos de Byrd Hoffman, una maestra de danza que le aplicó y/o recetó la lentitud como remedio. Mi asombro crece al recordar una clase de ejercicios de ballet en la que los alumnos se quejaban de la rapidez del ritmo: Más lento es más difícil, les respondió el maestro ejemplificando con la retención de la suspensión, tendrían que ser Superman. Todavía muy joven, Wilson topó con un joven negro autista rodeado del aislamiento que había conocido durante su tartamudez. Así acrecentó su convencimiento, implícito hasta llegar a explícito, que la palabra es prescindible en la comunicación. Ideó la manera de poner a este autista en el mundo y éste transcurriera tomando en cuenta la existencia de aquél. Wilson presenció el aporreamiento de un joven y al interponerse/ inmiscuirse, entre el golpeado y el policía, conoció la imposibilidad de comunicación que vivía el sordomudo victimado. Las ideas y manifestaciones de Wilson para establecer interacción con estas personas sin el uso de la palabra, de manera esencialmente visual, fue conocida por Louis Aragon y reconoció en su trabajo elementos esenciales del surrealismo. Bob Wilson fue visto como un surrealista que no estaba enterado de la existencia del surrealismo en Francia. Aragon instó y propugnó por la acogida y promoción de este estadounidense, hoy dolido por la apreciación estrictamente empresarial del quehacer intelectual y artístico. El arte saca al creador de prolongadísimos espectáculos del aislamiento, con el arte establece vías comunicantes, las comunicaciones incitan/excitan más expresiones artísticas que, para quienes necesitan resultados contables, redundan en generación de ocupación para el sustento.
También desde la Arquitectura la escena vanguardista de México fue marcada por Juan José Gurrola, según nos lo mostró en la segunda jornada del Ciclo: Los grandes creadores escénicos del s XX, Angélica García, del Centro para la Investigación Teatral Rodolfo Usigli. No tan solo esta disciplina constructiva acerca al tejano educado en Nueva York con el mexicano fallecido en 2007, también el provenir de familias con formaciones superiores a la media de su entorno, su diverso y constante aculturamiento extranjero, su visión multidisciplinaria y polifacética del suceder artístico y cultural. Los puntos de confluencia no excluyen la docencia, también muy practicada por Alejandro Jorodowsky, el chileno discípulo del maestro de la mima Marcel Marceau, que también ha marcado el escenario mexicano con su vanguardismo de fuerte influencia francesa.
Estos creadores, no obstante la singularidad de su intervención en el suceder de la vida cultural del país, no representan ni provienen de un surgimiento espontáneo. Más nos conviene tomarlos como una derivación evolutiva individual y social, con una perspectiva opuesta a la vertiginosa inspiración súbita de quien amanece alentado por designios zodiacales, por la fervorosa recitación de bienaventuranzas, o lemas autovalorativos; sumergidos en la prontitud y/o inmediatez, contaminados por el facilismo divorciado de la constancia y la preparación. La aceptación evolutiva implica asumir que habremos quienes muy poco, o nada, cosecharemos del terreno que abonemos. Los optimistas pueden albergar la esperanza de una vigorosa longevidad. Qué bueno que el Encuentro los días 24, 25 y 26 de mayo se ha dado entre jóvenes para jóvenes. Hay expectativas de cosecha y resiembra, antes de que los fraccionadores de vidas y espacios nos releguen a espectadores de alucinantes montajes y edificaciones machaconamente glorificadas.
lunes, 31 de mayo de 2010
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