lunes, 24 de mayo de 2010

¿Cómo se suma la realidad?

Por José Martín Hurtado Galves

Sumar es cotidiano. Se aprende a sumar viviendo, teniendo y dejando de tener. Con días que se acumulan en balanzas que se inclinan casi siempre hacia el olvido; con recuerdos imprecisos que no son lo suficientemente pesados como para hacer el contrapeso necesario. Hoy, la suma; mañana, la incertidumbre de saber si se sumó lo que se tenía que sumar. Sobre todo, dudar si se es parte de la suma.

En el poema “la suma”, Jorge Luis Borges (Los conjurados, Emecé, 1996) habla de una suma infinita. No se trata de ordenar objetos de acuerdo a realidades semánticas o morfológicas; ni de ordenar en una fila a todas las ideas para pasarlas a pequeños o grandes receptáculos mnemotécnicos. Se trata de ver de golpe una cantidad indescifrable de objetos e ideas que se agolpan en la mirada.

“Ante la cal de una pared que nada / nos veda imaginar como infinita / un hombre se ha sentado y premedita / trazar con rigurosa pincelada / en la blanca pared el mundo entero”. ¿Quién no es ese hombre de quien habla Borges? Que lance la primera duda quien se crea libre de cualquier posibilidad o escapatoria. Estamos ante el pincel, a punto de sentir la caricia de sus cerdas. No hay un punto de apoyo para sostener el brazo, la mano se deja llevar por el peso del objeto, las líneas que deja la pintura surgen imprevistas al contacto de la tela. La pared con su blancura es infinita. A ella corresponde una mirada igual. La simbiosis surge de la mirada que inquiere, de la pared que susurra. La realidad está aquí, ¡sumémosla para tenerla! Saber hasta dónde llega nos hace tenerla en más de una forma.

Desde la oquedad, la pared llena de imágenes sus resquicios. A ella corresponden los vericuetos de la razón. Sin su desconcierto, todo sería angustiosamente ordenado y justificatorio. ¿Dónde podría quedar, en esas circunstancias, el ser humano que imagina? ¿A qué realidad podría acudirse para huir de la masificación humana?
Durante la suma, el caos extiende su imperio. El cansancio de la palabra no cesa de moverse. Se distribuye por todo el cuerpo que se ve sin fragmentar. Sumar es constante, no se puede evitar. Se juntan pedazos de realidad de aquí y de allá, de todas partes. La fatiga es necesaria, hace sentir que el esfuerzo vale la pena. Los extremos desaparecen al contacto de una mano que los recoge y ordena para sumarlos.
Borges continúa, insiste desde la voz que hace poesía: “puertas, balanzas, tártaros, jacintos, / ángeles, bibliotecas, laberintos, / anclas, Uxmal, el infinito, el cero”. Los objetos, se anudan de ideas; las ideas, se llenan de imágenes objetuales; la realidad es un objeto infinito; el infinito es cualquier objeto. ¿Qué forma imprecisa es la mirada, que se nutre de la piel de una realidad que no acaba de existir?

Sumar objetos no tiene fin. Los términos constantemente se mueven. El movimiento mismo es una quimera de la que ya habló Parménides. ¿Cómo sumar al infinito con el cero? ¿Cómo reconocer los límites del infinito, al grado de creer que es diferente a una biblioteca? Todo puede suceder, es cierto, incluso el absurdo a la hora de sumar.
“Puebla de formas la pared. La suerte, / que de curiosos dones no es avara, / le permite dar fin a su porfía”, continúa Borges su poema. La realidad empieza a tomar forma, la imaginación deja de ser sensación de espejos. La diferencia se amolda en nuestros ojos. Un ápice se llena de inmensidad. El todo desaparece en los fragmentos. La inquietud no deja de guiar las manos.

¿Qué es sumar si no vivir? Aprender a tener como premisa. Amontonar horas y horas de recuerdos. Poseer espacios llenos de vacíos. Hablar de esas horas que son minutos en los que uno espera. Requerir de sensaciones en las que la palabra es polisemia. Buscar los sorbos del silencio que quema en soledad. Atizar el fogón, para que el humo acabe de enrarecer la realidad. Sumar la realidad porque en ello nos va la vida.
Pero ¿qué poema no sigue su camino? El de Borges va y viene, una y otra vez en la realidad de la posibilidad. Hoy soy yo quien me veo en este espejo, mañana, no sé, tal vez sea otro tipo de espejo. “En el preciso instante de la muerte / descubre que esa vasta algarabía / de líneas es la imagen de su cara”. Fatalidad es darse cuenta que se habla cuando todo es silencio. O callar cuando es momento de gritar. El poema dijo lo que tenía que decir. Los oídos son diferentes. El mensaje puede ser incierto. Cuando se suma en pedazos de papel humano. Darse cuenta que uno es el rostro que se observa. Esforzarse en sumar, sin saber que sólo se sobrevive a cualquier proceso sumatorio.

¿Cómo sumar las cosas que imagino? ¿Cómo acomodar las cosas que he olvidado? ¿En qué balanza puede caber la tristeza y el desasosiego? ¿Junto a qué objeto o idea deben ir la alegría y la satisfacción? ¿Puedo juntar todos los instantes amorosos en un mismo sitio? ¿Podría sumar todas las palabras que me han formado? ¿En qué clasificación estaría la moral y la dignidad? ¿Podrían excluirse? ¿Deberían añadirse? ¿Y las preguntas que afilaron lo que me queda de mirada, a dónde dirigirlas? ¿Qué eco contendría las voces de mi padre, de mis tías, de mi hermano, de mis primos? Cansancio, quizá sólo el cansancio sea el camino. Con él se pierde la posibilidad de ser exigente. El caos se vuelve misericordia con tal de seguir sumando para vivir. Después de la suma, el alba; después de la realidad, la imaginación.

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