lunes, 26 de abril de 2010

Humanos desde la racionalidad y la negación

Así como hay una teología racional y una negativa (donde al través de la primera se puede conocer a Dios por medio de la razón; y en la segunda, donde sólo se puede llegar a él a partir de razonar sobre lo que no es), ¿puede haber una humanidad racional y otra negativa?

La humanidad racional sería aquella que definiría lo que somos; partiendo –claro– de prototipos, arquetipos y estereotipos. ¿Podríamos ver entonces al ser humano como la máxima expresión de la Creación, o bien, de la evolución humana? ¿Cuánto nos duraría esa imagen? ¿Hasta dónde podría llegar una afirmación casi perfecta?
Por su parte, la humanidad negativa tendría que hacer caso a lo que no somos: no somos dioses; no somos ángeles; no somos bestias; no somos perfectos; no somos inmortales, no somos iguales... ¿Hasta dónde podríamos extender la lista? ¿Cuál sería el punto en el que pudiéramos decir alto?

El ser humano no es algo acabado, continuamente está siendo. Su ser ontológico se da en múltiples posibilidades y de diferentes formas espaciotemporales. Su estar siendo es equívoco. No se agota la existencia en un solo sueño, ni en una sola forma de despertar. Cada día somos y no somos. Y así como Dios no puede reducirse a un concepto temporal, el ser humano modifica constantemente su conceptuación para sobrevivir a su propia definición. Fatal condición humana la de ser errante en busca de la palabra precisa.

Hoy hemos empezado a despertar. Nos reconocemos desde la negación de nuestra autoridad en el mundo. Comprendemos que la tierra no nos pertenece de manera absoluta, aunque la hayamos reducido a nuestra imagen y semejanza cultural. La realidad se ha quedado en el limbo. Esperando a ser pasada a uno u otro lado. ¿En dónde echará raíces? ¿En los sueños tal vez? Desde la oscuridad el sueño es luz. Posibilidad incendiaria de hacer aparecer a la realidad en la mirada.
La racionalidad del ser humano le permite distinguirse de los demás; pero también le ayuda a confundirse entre la masa. Ser racional para soñar, y dejar de soñar cuando sea necesario. Ser racional para hablar y para callar. Existir desde una racionalidad ubicua y camaleónica. Pero la negación de la racionalidad también es una forma de ser y dejar de ser. Nos afirmamos desde la negación de ser otro, desde la negación de ser el de ayer, desde la negación de asumir nuestra responsabilidad de existir, desde el rechazo de ser un desconocido. El miedo a la otredad nos impele a ser de tal o cual forma. Nos afirmarnos para negarnos. Nos negamos para desaparecer. Necesitamos estar en el tiempo y modo exacto de la palabra humanidad. La humanidad no es abstracta, la humanidad somos nosotros.

¿Cómo renunciar a la racionalidad si es a través de ella que nos hemos encontrado en este camino de incertidumbre? ¿Y qué incertidumbre no provoca distintas formas de ser? ¿Cómo dejar la negación de esa racionalidad, si es el camino por el que podemos huir cuando nos sentimos acorralados? ¿Afirmarnos desde la modificación constante? ¿Ser difusos para encontrar cierta claridad en nuestras palabras?

Hay formas de ser que se agotan. Inútiles gritos que no llenan más que el vacío que acaba por extinguirse. Pasos perdidos que no llegan a ningún lugar. Luces que sólo alumbran el borde de los abismos. ¿Para qué buscarnos en medio de la desesperación existencial, si hemos negado hasta nuestra propia desesperación al maquillarla? ¿Dónde podríamos estar si no es en una realidad personal, lejos de la que nos vuelve masa?

La división de la realidad empieza por la palabra que la descubre. Continúa en los silencios que detienen el caos de las palabras en cascada. La separación no es fatal. Todo acaba por reunirse de nuevo. El ser humano es punto de encuentro de sí mismo. Tránsfuga que reinicia el viaje en una caída que no cesa.
La racionalidad es también negación. La negación es una racionalidad que arremete en contra de la palabra que afirma, pero –aún así– no deja de ser afirmación. El ser humano se define para justificar su existenciaridad. Su existencialidad no es sólo temporal, trasciende sus propios límites al convertirse en voz que desgarra el tiempo.
Un estar siendo no es consecuencia del ayer. Tampoco es anticipación de las horas que aún no llegan. Es alteridad de la existencia, tergiversación de la realidad, perversidad de la palabra humanidad. La existencia se llena de gozo al saber que puede señalar múltiples realidades. Señalar al objeto implica estar ante él. A una distancia que impida la confusión. Estar en el umbral, desde donde las cosas siempre están del otro lado.
La racionalidad se relaciona con el ser humano desde diferentes irracionalidades. No hay una sola forma de existir racionalmente. Sería ingenuo creer que la racionalidad tiene una sola voz, o una sola interpretación. ¿Quién podría ser racional con todo el mundo? ¿Quién podría ser infinitamente racional? ¿No acabaría por hacer resurgir un tipo de irracionalidad? ¿Una forma negativa de racionalidad obsecuente?
Negar la negación de la racionalidad sólo conduce a afirmar que es necesaria, aún para negarla. Somos desde una definición que señala, pero también desde una voz que sugiere la negación de esa señalización. El ser humano es racionalmente irracional, irracionalmente humano. La posibilidad de ser le es una fatalidad.

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