lunes, 26 de abril de 2010

Me engaña luego existo

El especatador

Me engaña, luego existo
Estarás sentado en cualquier lugar, pequeña plenitud… en el vacío, …voy a cerrar los ojos,… luego todo irá mejor,… La infinitud del vacío te rodeará. Mi selectiva, fragmentada --¿fijaciones inconscientes?— lectura del parlamento que corresponde a Hamm, diminutamente impreso en el programa de mano de Fin de partida me regresa al basurero para recuperar la entrevista de Ignacio Cembrero a Pierre Camatte, desde el 25 de febrero de 2010 ex rehén francés de Al Qaeda, después de tres meses de cautiverio. (El País, Domingo, 07.03.10) Cuanto le vienen esas palabras de Samuel Beckett al texto de Cembrero: Un retrato del liberado en vigilia pero ausente, seguramente con vida pero desprovisto de vitalidad existencial; el título tomado de una descripción del entrevistado telefónico --Mi celda era el desierto--; su manejo de la soledad: Para sobreponerme me acordaba de mi familia… Me puse a hablar durante horas con mis familiares como si estuvieran allí… eso me produjo un gran alivio.; el inicio del regreso, o ¿el regreso al inicio?: Camatte subió al vehículo que vino a recogerle y sólo, al cabo de veinte minutos de recorrido por las pistas del Sáhara, fue, por fin, consciente de que era un hombre libre. Entonces me desfondé por completo, algo que no me había sucedido durante mis tres meses de detención. Lecturas aparentemente inconexas en otras tantas situaciones; la primera la hice porque llegué demasiado temprano a la Escuela de Laudería el sábado 17, la segunda por la mirada clara y desamparadamente vacía de ese rostro, y el título del artículo, pero nunca compro ‘El País’ del domingo –cuesta más del triple que el del sábado— ése lo compré por el artículo de portada de El País Semanal: Miguel Hernández, como en otra excepción por Naomi Campbell.
Nos dicen los que saben, o creen saber, que el teatro de Samuel Beckett pertenece al del absurdo. Quién sabe si el literato irlandés se dijera: Voy a escribir teatro absurdo, o teatro del absurdo. Lo más seguro es que se haya puesto a escribir, y para intentar entenderlo lo colocaron en un estante al que adosaron el letrero “absurdo”. De cualquier manera para el común de los mortales nuestra comprensión de lo absurdo no coincide con la de los estudiosos y categorizadores, por lo que si nos dicen que éste es en apariencia inconexo como la existencia misma, nos resulta más asimilable y coincidente con lo que nos presenta Mutis, compañía teatral desde el 16 de abril con intenciones de una larga temporada de viernes y sábados. Que es absurdo porque nos presenta la esperanza perdida; pues no necesito el teatro para tener este conocimiento, y hasta certeza, dada la calidad de la cotidianeidad. Que el del Nobel laureado es un teatro sin trucos escénicos; pues desde el momento en que es teatro es truco, ya que nadie vive específicamente para ser visto, menos en pijama y apiltrafado, a diferencia de Hamm y Clov, que no existirían si no fueran vistos. Platiqué con Ana Elena Mora acerca de la sensación de salir mentalmente ‘lampareado’ (¿Será la situación de Camatte?), provocado a hacer un repaso de mi pensamiento acerca del existir a partir de la reiterada pregunta de su personaje --que en la propuesta de José Luis Álvarez Hidalgo es femenino, a saber porqué conexión o inconexión—“¿Por qué te obedezco?” que ella amplía: ¿por qué estamos en relaciones que no nos atrevemos a romper a pesar de declararnos favorables?, y nos detuvimos en la terminación física de nuestros respectivos apegos a las casas paternas. La introducción que nos ofrece la charla entre José Luis Gómez, intérprete de Hamm, y Kristian Lupa, director de Fin de partida desde el 10 de abril en la Abadía de Madrid, apunta: Es paradójico que una obra tan abierta a interpretaciones como Final de partida, de Samuel Beckett, siempre acabe apuntando al mismo sitio: el que conduce a nuestra propia herida. ¿En qué momento el padre dejó de ser padre para convertirse en tirano y en qué momento el hijo dejó de ser hijo para convertirse en siervo? Beckett parece ocuparse de la soledad, la vejez, la dependencia no obstante pedir que no se intenten entendimientos más allá de la obra misma. ¿Entonces para qué va uno a soportar los mortificantes pitidos de Hamm (Javier Rivas) y el rechinido de sus uñas cuando araña un muro? En la plática convinimos que si la subsistencia fuera prescindible el reflexionar sería inacabable, y la puesta en escena no habría sucedido. Dice Lupa: …en el mundo de Beckett lo no hablado es tan enorme,… por lo que entiendo que las posibilidades de teatralización de Fin de partida son infinitas, sin que cualquiera sería buena. De vuelta a la plática entre Lupa y Gómez: No creía que éste fuera a ser un viaje tan profundo. Si pudiésemos seguir trabajando sobre esta obra sería un trabajo sin fin. Sé que los actores estáis ya desesperados, pero uno descubre en cada momento nuevas perspectivas.
El Fin de partida --¿dejar de partir?—lo sería para preguntarnos: ¿Cuántos pedazos de otras vidas componen la nuestra? Nuestra vida ¿de cuántas vidas forma parte? Nuestra vida ¿de cuántas vidas deja de formar parte, y de cuántas pasa a serlo, cuánto tiempo? ¿Pasa a serlo porque nos la toman, o porque la damos? ¿La damos porque queremos, o porque nos la piden? ¿Nos la piden implícita o explícitamente? ¿No dejamos de preguntar para eludir responder? ¿Eludimos responder por ignorancia, por flojera a buscar respuestas, por miedo a las respuestas, o por miedo a la ignorancia? ¿Mejor dejamos a Samuel Beckett para después? ¿Para cuándo? ¿Para nunca?

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