Las clases abiertas en el Colegio Nacional de Danza Contemporánea serían mi referente más a la mano para ubicarme frente al desempeño ofrecido por el grupo teatral La Fábrica el sábado 27 de marzo, Día Mundial del Teatro, en el patio del centro cultural de igual nombre. El director dijo que se trataba de un ensayo en proceso. Pero aquí ensayo cabría entenderlo como intento, como proceso de creación escénica con el cual Alonso Barrera quiere incidir en el tema que estamos conociendo como Bicentenario, y que por lo pronto denomina “200”. A una veintena de espectadores nos participó las ideas dispersas de una escena donde la Corregidora será el personaje protagónico con el momento histórico que tanto la caracteriza: dar la alarma de la conjura independentista descubierta. Barrera quiere darle a esta acción un valor metafórico: el llamado a una nación para ocuparse de su liberación. A partir de la plástica de uno de los grandes muralistas mexicanos este director-dramaturgo quiere sacar una masa popular presta a la revuelta armada. La diferencia de ritmos corporales entre el coro y la protagonista mucho deberá contribuir a marcar la distancia y la interrelación entre el llamado y la respuesta. Hasta aquí este intento, su enunciado, alimenta mucho la expectación. Pero ésta se acerca a la incredulidad, quizá más al escepticismo, al observar la presencia de una Corregidora muy sensual, cualidad que crece inconmensurablemente al ritmo de “Bolero”, de Maurice Rabel. Me parece que esta composición por sí misma tiene un peso específico suficiente para dejar en un nivel secundario cualquier dramatización ajena a la exaltación erótica. Con otra escena en más incipiente proceso creativo Barrera quiere ocuparse del asesinato de Luis Donaldo Colosio, entonces nos invita a recordar qué hacíamos al momento de conocer aquella noticia y saca una conclusión: después del magnicidio en Lomas Taurinas, Baja California, México ya no fue el mismo. Nos pide una frase que refleje nuestra impresión, les da un orden y las incorpora al bosquejo de trazo alcanzado la víspera, que tiene por tema musical “La culebra”, le pide a un actor la interpretación del asesinato escurriéndose sigilosamente entre una imaginaria muchedumbre pero sin ser gráfico. Los pasos, que denuncian identificación dancística, sugirieron claramente el sigilo, no tanto el asesinato. En un segundo intento el director se resigna al grafismo del arma empuñada y accionada. El intérprete ofrece a un ser humano contrahecho, incluso psíquicamente, el sigilo pasó a segundo término. En ambas propuestas el autor ve elementos para concretar la idea que desea montar. Alonso agradece la presencia y participación de los espectadores, al parecer satisfecho con la disponibilidad, el entendimiento y la aportación del reparto. Nos advierte que en “200” el grupo no está trabajando conforme al orden productivo acostumbrado: no existe una dramaturgia a seguir e ilustrar, ésta existirá al concluir el trabajo. Por lo pronto la expectación y la curiosidad quedaron sembradas. Ojalá la demora no las desvanezca. Seguramente la síntesis será muy excluyente y caprichosa para que “200” sea una participación bicentenaria.
A manera de intermedio una malabarista trabajó las boleas con fuego, y una pareja hizo una presentación de teatro corporal frente a quienes hacían fila para entrar al escenario. Muchas personas se aglomeraron en la cafetería de muy reciente inauguración.
De la gestación de una obra pasamos, en el mismo centro, a la celebración de cincuenta funciones de otra que evoluciona en su consolidación. La estación, del grupo Barón Rampante, dirigida por Jean-Paul Carstensen. A cada presentación sus intérpretes y la trama parecen mejor ensamblados, es más, dejan la sensación que teniendo bien conocido y asimilado el libreto no prescinden de la improvisación y propio divertimiento. Quizá este nivel contribuye al mayor convencimiento de los espectadores de una serie de tramas breves, sencillas, románticamente ingenuas concatenadas mediante un muy verosímil transcurrir clownesco. Muy reafirmados en su capacidad humorística, actores y bailarines mantienen un permanente contacto expresivo con el público, y con la captura de esta atención refuerzan la vitalidad de sus graciosas emociones, las mismas que para cualquier mortal, fuera del escenario, dejan de serlo, o algunas pasarían por abusiva sorna. Desde la presentación y presencia del cellista la diversión queda instalada en la representación escénica, ‘sin hacer nada’ captura la simpatía del público. La gestualidad de los bailarines, resaltada con característico maquillaje, hace el resto para quedar prendidos de principio a fin del suceder histriónico. Además no está descartada la participación del público. Generalmente invitan a dos espectadores, uno después del otro, a ejecutar el mismo sketch de pasitos agazapados acompañados con ruido bocal, maroma y giro de ballet. Algunos no pasan de ahogarse de la risa, otros se tuercen antes de completar la machinguepa, quien llega al final lo pasan a la taquilla, aunque difícilmente despacha algún boleto impedido por la risa. Una ‘perniciosa nube’ se ensaña con la dulce pretendida, y si trae el morral suficientemente cargado pasa a ‘mojar’ al público. Antes de que la incipiente verbena derive en carnaval, los artistas sacan tres cartones con las letras F I N. Al día siguiente el Barón Rampante concluyó su temporada con La estación en la Escuela de Laudería; ya retaca su morral para visitar la Capital Industrial de México. Seguramente hasta acá retumbarán las nada recatadas risotadas de los regios.
En 'La Fábrica' el Barón Rampante celebró 50 funciones de "La estación".
Creación en proceso de "200", de Alonso Barrera bajo su propia dirección
lunes, 12 de abril de 2010
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