Esa elegancia de tortura interior que transmiten los escritores
Gabriel Vega Real
Todavía no alcanzo a comprender la razón por la cual, la ficción es más creíble que la realidad. Ficción es fingir, crear un mundo nuevo que por lo general es fiel a los pensamientos. A los del creador y a los del receptor. Una obra literaria, una vez creada tiene muchos puntos de vista, está impregnada de pensamientos y de interpretaciones. El escritor es un enigma que tiene la capacidad de interpretar la soledad y el silencio y convertirlos en palabras.
Hace unos días le hicieron una entrevista informal a dos amigos. En virtud de que son poetas he decidido reservarme sus nombres. Estoy casi seguro de que no van a leer este escrito, pero si por esas cosas extrañas que tiene el destino lo llegan a conocer, de inmediato van a saber que son ellos: Un poeta que casi toca la madurez y otro que la ha tocado varias veces. Un escritor nunca alcanza a madurar, es un constante proceso de evolución y ejercicio de memoria. En este momento podría decir que la mezclilla y las camisas de manta combinan bien, así como un sombrero Panamá, hace que el poeta se vea un poco más poeta. También, para parecer poeta es necesario fumar cigarros Delicados o ser diestro en la manera de fumar la pipa y especializarse en escribir el punto de partida de una poema en cualquier papel. En fin, mis amigos no son poetas porque se han puesto el traje del poeta, lo son porque son fieles a la palabra, a la obsesión, al pensamiento y al estudio.
A menudo empiezo con una idea y en el transcurrir del pensamiento termino desarrollando otra. Dependiendo de mi estado emocional puedo cambiar mis puntos de vista, pues la fidelidad a la obsesión es la preocupación del momento; esa es la belleza de la escritura. La vida y el pensamiento dependen de las circunstancias; las que en este momento me preocupan es probable, siempre lo es, que dentro de unas horas o unos días me dejen de martirizar.
Mis amigos son poetas, pero tienen un defecto; no les gusta el futbol, odian la fiesta brava y escasamente saben que la Selección Mexicana de Futbol se prepara para el Mundial de Sudáfrica 2010. En este punto es necesario retomar mi punto de vista respecto a que la ficción es más creíble que la realidad. Todos sabemos que nuestra selección de futbol está muy lejos del nivel competitivo del Campeonato Mundial. Los conocedores sueñan con el quinto partido, esto es: clasificarse en los tres partidos de la primera ronda, ganar el de la segunda y llegar a cuartos de final. Hasta aquí el sueño de los conocedores; eso es la realidad. Los que fingimos la realidad soñamos con verlos disputando la final. Eso es lo que los escritores llaman ficción, sin embargo todo esto es demasiado frío; tan solo son definiciones. Lo bello es soñar; dejar de dormir por un sueño. Abandonar el mundo de la carne y pensar en un sueño que quita el sueño. El deseo es catarsis, un desahogo emocional necesario para lograr la supervivencia.
Decía que a mis amigos les hicieron una entrevista informal. La pregunta fue la más difícil que se le puede hacer a un escritor. Les preguntaron por qué eran escritores. Uno de ellos, el que casi toca la madurez se refirió a Octavio Paz. El que la ha tocado varias veces se refirió a Luis Cernuda y a Juan Ramón Jiménez. Sus reflexiones fueron muy certeras. Los que estábamos a la mesa los escuchábamos con atención. Las palabras sonaban con una convicción y apasionamiento tal, que daba la impresión de que escuchábamos un ensayo sobre la poesía. Aquí la diferencia de la poesía con la narrativa. La poesía es certera, la narrativa finge la realidad. A quienes nos gusta el futbol y somos mexicanos fingimos que la Selección de Futbol puede subirse al podium en Sudáfrica. Los escritores fingen una realidad tan creíble como soñar con un sueño que quita el sueño.
Durante el desarrollo de la entrevista, varias veces quise levantar la mano para dar mi opinión, pero sus posturas eran contundentes; casi letales. Las mías tenían mucho que ver con fingir la realidad. En una plática de hace tiempo, mi amigo, el que casi toca la madurez de la poesía, me confió que de niño quería ser escritor para fumar y tomar café. Espero que no se ofenda si menciono su confidencia, pero se me hizo hermoso que un niño hiciera ese tipo de reflexiones tan certeras. Mi otro amigo mencionó los treinta y seis mil libros que ha atesorado a lo largo de su vida, habló de la amistad de su padre con los grandes poetas que conoció y de su admiración por El Quijote. Aunque quise opinar, decidí amarrarme una mano con la otra para no decir nada. Opté por pensar e imaginar el desarrollo de ambos en las letras, en la palabra y la poesía. Cuando terminaron la entrevista me pasaron el micrófono, pero decidí quedarme callado. Pensaba en lo que sucede y no sucede, si existe una justificación para escribir y si es necesaria le lectura. Para algunos escritores es una necesidad. Frase demasiado gastada. Se me hizo más sabio decir que hay que ser escritor para fumar y tomar café.
Decía que mis amigos tienen un defecto; no les gusta el futbol. En la sobremesa, después de la entrevista, en un comedor que abofeteaba olor a cigarros Delicados, pensé en lo que quería decir respecto a la escritura. Me acordé que por algún lado leí que el Maestro Antonio Lobo Antunes dijo: A veces tengo la impresión de ser un impostor, que usurpo el lugar del otro, un señor serio, inteligente, un escritor. No recuerdo en qué país, pero vino a entrevistarme una periodista suiza, y cuando me vio en el vestíbulo del hotel, y me presenté, me dijo: “No puede ser usted, no tiene cara de escritor, ni de portugués. No lleva gafas, no se deja barba, no está delgado ni transmite esa elegancia de la tortura interior”
El maestro puede estar horas enteras con sus amigos, y después de no decir nada, se marchan como si hubieran hablado mucho. Le encanta la comida de McDonalds y los almuerzos en los aviones. El escritor no inventa nada, la imaginación es la manera como arregla la memoria. Esa es la razón por la que puede estar tanto tiempo con sus amigos; pensar en que una guerra es un partido de futbol y el balón es la cabeza de los rivales.
Antonio Lobo Antunes no es poeta, pero sí lo es, lo que sucede es que hace novela porque no sabe hacer poesía. Dice el maestro Lobo Antunes que al escribir ha aprendido a estar agradecido con la gente, en especial con quienes pierden su tiempo con él y gastan su dinero en sus libros. Le produce pavor la sensación de defraudar a quienes confían en su obra.
A la edad de quince años, Antonio Lobo Antunes le escribió una carta a Louis-Ferdinand Céline, le comentó su lectura a Viaje al final de la noche. Céline le contestó la carta, la impresión fue brutal. En ese momento se inoculó en él el virus literario. Anocheció hambriento de libros. Esta es la razón por la que escribe.
Yo tengo una razón más poderosa para escribir que mis amigos y el Maestro Antonio Lobo Antunes. Escribo porque no sé bailar. Cuando me tocó bailar siempre fue con la más fea. Por eso no levanté la mano en la entrevista. Aunque todavía no alcanzo a comprender la razón por la cual la ficción es más creíble que la realidad. De lo que estoy seguro es que hay que ser escritor para fumar y tomar café, no importa carecer de esa elegancia de tortura interior que transmiten los escritores. Estoy consciente de que la prosa de este último párrafo suena mal, pero estoy dispensado porque a fin de cuentas, escribo porque no aprendí a bailar.
lunes, 12 de abril de 2010
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