lunes, 12 de abril de 2010

Libres para poder clamar por la libertad

Por José Martín Hurtado Galves

De libertad en libertad, el hombre se construye errante. Detiene su paso, apenas lo necesario, para abrevar de las horas; pero, al poco tiempo, se siente ajeno a cualquier momento. No dura mucho en algún lugar, ni siquiera en él mismo. ¿Cómo ser de alguna parte para siempre si podemos construir y destruir realidades? Hasta la más dura cadena se gasta con el paso de los años. Con más razón la que llevamos en la mirada. Todo se gasta, todo se desvanece, todo es cuestión de palabras que nos hace aparecer y desaparecer.
¿Qué tan libres somos de nosotros mismos? Siempre que se habla de libertad se parte de la idea de que hay que liberarse, no de que debemos liberar a otros. Pareciera que partimos de la idea prístina de que nunca somos del todo libres. O al menos de que nunca estamos satisfechos con nuestra libertad. ¿Nos sentimos acorralados?
La libertad es un extremo. Yo no podría llegar a los extremos, para mí son sólo conceptos. Qué lejos y qué cerca estoy de las palabras. Hoy me puedo sentir más libre que ayer, pero todo es cuestión de pensar un poco en el tiempo, en las necesidades, en las circunstancias, en la caída existencial… para cerrar una vez más los ojos y saberme por siempre aprisionado por mí mismo. O bien, pasar del cerco que detiene el brinco hacia el siguiente instante, y comprender que la imaginación no está sujeta en ese instante. Qué libre puedo ser entonces.
Leer me acerca a la realidad que construyo con palabras, pero, ¿qué realidad no se construye con ellas? Sigo leyendo, apuro la piel del texto y me bebo de un sorbo más de un instante entre idea e idea. ¿Me siento libre entonces? No, no es cuestión de libertad. Pensar en ella puede ser una forma de encadenarse a algo, quizá a una obsesión. La libertad es una obsesión que acaba por hacernos desaparecer en el intento.
¿Dónde está la libertad del lector? ¿En escoger lo que va a leer? ¿En construir sus propios pensamientos? ¿En negarse a seguir el hilo conductor que le propone el escritor? ¿En modificar las ideas de aquél para rehacer el texto, la frase? ¿Acaso podemos encontrar la libertad en el acto de leer? ¿La lectura nos hace libres? ¿Libres de qué? ¿A qué estamos encadenados antes de leer? Podría decirse que a la ignorancia, pero, ¿no es acaso el conocimiento una ignorancia docta, perversamente docta?
Sueño con las palabras, pero sé que son silencios. Pienso en el silencio, pero no puedo evitar que se conviertan en sonidos lejanos de algún recuerdo. Todo se confunde, todo se vuelve gris. La libertad, como las palabras, es fatalmente humana. No puede asirse de una vez y para siempre. Me sé aquí pensando en un allá. Pensar en la libertad me encadena a ella. Olvidarla no me aleja de la posibilidad de imaginarla de vez en cuando. No todo lo que se imagina se recuerda, muchas veces sólo se atisba la silueta de alguna que otra figura amorfa, como la palabra libertad.
Leer es infinito. Tal vez por eso la lectura tiene algo de libertario. Nos arroja a un estar siendo de continuo. Ser y no ser desde la liberta de creer que podemos elegir. Ah, vana ilusión diría el Predicador del Eclesiastés, y cuánta razón tendría. ¿Para qué afanarse tanto en pensar si todo pensamiento es fatal? Sin embargo, ¿cómo podría dejar de leer si en ello me va la posibilidad de saber que existo más allá de mi realidad? Leer para existir en el papel que se vuelve textura existenciaria. Estamos hechos de polvo, de un polvo que huele a papel. Pensar nos hace humanos, fatalmente humanos.
Si pudiera al menos perder la noción del tiempo. Pero no, la realidad me arroja a los instantes sin sentido, a la repetición innecesaria de existir como recuerdo. Todo está inacabado. Cualquier cosa puede ser y no ser. La palabra tiene la última palabra. ¿Qué somos si no palabras en una infinita posibilidad de ser o no ser?
Pero clamemos por la libertad, alcemos las manos al silencio que nos oprime. La libertad es la palabra. Es ella quien puede darle sentido a nuestra existencia. Nacer y morir son palabras. Crear y destruir son palabras. Odiar y amar son palabras. Olvidar y recordar son palabras. ¿Qué puede ser más real que la palabra? El pensamiento es una experiencia inacabada que nace constantemente, porque siempre está muriendo.
Pensar implica que podemos olvidar lo que pensamos. ¿En eso estriba la libertad? ¿En volver a pensar lo mismo de manera diferente? Si tuviéramos un solo pensamiento durante toda nuestra vida, ¿podríamos ser verdaderamente libres? ¿No es acaso la constante posibilidad de reconstruir un pensamiento lo que nos hace libres?
Arrojados a la libertad de pensar. Perdidos en el laberinto de los pensamientos. Obsesionarse más con la palabra que con lo que representa. Dejar de andar hurgando en los recuerdos de ayer, para hacerlo en los que nunca hemos tenido. Pervertir el tiempo de la palabra, porque, al final de todo, somos por naturaleza pervertidores de cualquier realidad al poder hablar de ella.
Hágase el pensamiento. Olvídese el pensamiento. Deténgase todo para que el ser pueda seguir su camino. La libertad es cuestión de cadenas. ¿Hasta dónde podemos llegar a ser libres si estamos hechos de polvo? ¿Hasta dónde vuela el polvo que piensa? ¿Acaso hay diferencia entre el polvo que hace el papel que somos y la infinita memoria de insistir en la libertad? Ay, si tan sólo pudiera dejar de insistir en la libertad para no soñar con ser libre.

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