Por Gabriel Vega Real
Imaginemos un árbol; uno solo. Un camino lleno de pisadas, de huellas, de pensamientos. Imaginemos una luna absurda, que los pasos caminan encima de las huellas. Imaginemos una tarde que agoniza, que los pasos siguen caminando encima de las huellas. Imaginemos un puñado de pájaros maiceros que se mete entre las ramas de los árboles y los pasos continúan caminado encima de las huellas. Imaginemos un árbol; uno solo. Imaginemos que los pájaros despegan de los árboles como los aviones de una guerra. Imaginemos un disparo seco. El disparo que despertó a los pájaros maiceros.
El 24 de septiembre de 2009 se cumplieron cincuenta años en que Wolfgang Paalen, pintor, teórico, filósofo y poeta de origen austriaco, luego de vagar por la noche en el bosque colindante al hotel Hacienda San Francisco Cuadra, en Taxco, Guerrero, decide pegarse un tiro. Todo lo tenía previsto. En una carta sellada dijo donde se hallaría su cadáver y quienes debían disponer de él; dejó el dinero exacto para cubrir trámites, funerales y la cuenta del hotel donde se hospedaba.
No sé de alguien que haya pintado el paisaje que, sin duda debió ser bello, por donde caminó bajo el contraste del azul profundo y el color gris que con el que se opacan los pensamientos. Seguramente caminó por un paisaje que ha quedado estático en el asombro de la pintura de Gabriel Sencial, donde atrás de esos paisajes mexicanos, entre la estática de los trazos, se esconden las cosas que nunca han sido vistas.
Paalen es tan desconocido para México como para Austria. Para él no había límites, pues lo potencial, lo posible, estaba fuera de experiencia previa y, por tanto, no se reducía sólo a la propia experiencia. Para él, como para todos los artistas, la imitación representa las cosas conocidas; la imaginación nos enfrenta, nos confronta con cosas que nunca han sido vistas.
El arte oriental se realiza por y para la integración en la naturaleza. El género mayor es el paisaje. Este género se llama Shan-Shui, que significa “Montaña-Agua”. Cualquier manifestación artística debe ser natural, esencial y espontánea. En el mismo sentido estético, siempre es más importante el vacío que el lleno: el jardín que la arquitectura y, dentro de ésta, la casa del té que el grandioso castillo, pues el hombre no es más que un factor de la naturaleza, factor generalmente desestabilizador del orden universal.
Para disfrutar del arte occidental es necesario una prolongada formación. El estudio del arte oriental puede convertirse en una gran aventura. Es meditación y observación.
La pintura, como todas las artes, comienza siempre por la imitación, luego viene el virtuosismo y con éste la espontaneidad, que una vez que llega a esta última fase y se ha dominada la técnica, el artista es capaz de salir y entrar en los métodos a voluntad y, por último, liberarse de los modelos, de los referentes y del gran maestro para llegar a ese punto de vista que tienen los que pueden ver dentro de la oscuridad, para los que son capaces de recrear la creación y darle un nuevo sentido a los órdenes establecidos.
La fascinación por la naturaleza es una constante en la obra de Gabriel Sencial, quien se permite deslumbrar por la discreta belleza. Contempla la naturaleza con la delicadeza oriental en la intimidad de sus detalles y como un amplio panorama occidental, aunque tiene la humildad de mirarlo discretamente. Se acerca al paisaje con el máximo respeto del artista.
Es la manifestación del espíritu y la materia que se aleja del yo; pone su espíritu en contacto con la esencia. En la pintura, pintor y pincel no están separados; son la unidad que manifiesta el espíritu de lo inamovible, el paisaje efímero.
En occidente no hay diferencia entre la poesía y la pintura, ambas están inspiradas en la naturaleza; son determinadas por ella. En el paisaje está el carácter profundo de los seres, de la vida, del espíritu que es el que le da sentido al universo. Poco importa cuando un discurso es breve o largo en cuanto sea profundo. En la pintura de Gabriel Sencial, el aliento claro da presencia a su pensamiento estético.
El acercamiento a las artes plásticas le sucede a Gabriel a muy temprana edad, cuando dejaron en su escuela un montón de barro y nadie sabía qué hacer con él. Encontró la esencia del barro y en él su esencia con la naturaleza. Tiempo después huyo de una guerra que no era suya, se refugió en el arte. Poco importa mencionar las nueve cuartillas a renglón seguido de sus exposiciones, de sus becas y sus premios; lo importante es el potencial del paisaje que queda suspendido en la búsqueda y en el hallazgo. La obra de Gabriel Sencial gira en torno a lo palpable, aunque sugiere lo visible y lo invisible; el vacío en forma de nubes melancólicas y una gama de azules que indican vitalidad, movimiento y respeto por la naturaleza. Ver los paisajes de Sencial es verlos con dos miradas, la del espíritu del pintor y los ojos del espectador; es mirar el mismo paisaje con dos pensamientos unidos por el arte.
Es imaginar un árbol, uno solo. Alumbrado apenas por una luna absurda; imaginar las huellas de los pasos encima de los pasos; un disparo seco en la noche y el aletear de los pájaros maiceros.
Wolfgang Paalen escapó del holocausto en la II guerra mundial, sin embargo, la culpa que sentía por haber sobrevivido de la guerra, lo llevó a buscar un paisaje muy parecido a sus pasos y a sus pensamientos; un paisaje que todavía no estaba detenido para siempre; un paisaje que interpretó Gabriel Sencial cincuenta años después de su suicidio. Al momento de marcar el primer trazo en el lienzo, ambos pintores no sabían que el vacío de las nubes melancólicas y el azul profundo le iban dar fondo a una vereda atiborrada de pensamientos encima de los pasos.
lunes, 22 de marzo de 2010
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