Gabriel Vega Real
La casa estaba llena de papelitos de colores: Primero de diciembre, Día Mundial de Lucha Contra el SIDA. Diez de la mañana; Secretaría de Salud. Dos meses antes recibí la invitación para la entrega de reconocimientos del concurso que convocó La Secretaría de Salud. Cuando me dijeron que tenía que leer el cuento no supe qué decir; tenía el pretexto ideal para negarme, pues hacía menos de una semana que el doctor me dijo que podía empezar a leer, sin embargo no lo hice. Creí que dos meses eran suficientes para regresar a las actividades que, según mi entender, servían para entrenar la mente.
Hacía seis meses que me habían operado del ojo derecho; tuve doble desprendimiento de retina. La recuperación de las dos operaciones las pasé sentado en un sillón; no podía hacer fuerza ni leer. Algunos de mis amigos me aconsejaron comprar audio libros, otros se ofrecieron a leerme mientras la pasaba sentado en el sillón blanco, donde antes de que descubriera esa gotita que se movía en la mirada, me sentaba a ver La Familia P. Luche. Durante esos seis meses escuché a Ludovico P. Luche y a Federica Dávalos de P. Luche de tres a cuatro de la tarde, al Chavo del Ocho no sé qué días ni a qué horas y las telenovelas de cuatro de la tarde a diez y media de la noche. A esa hora palpaba el control remoto y apagaba la televisión. Al irme a dormir, mejor dicho, acostar... ¿Dormir? ¿Acostar? Ni lo uno ni lo otro: todo el día estaba a medio dormir y a medio acostar. Entre dormido y despierto cantaba la tonadita de la Familia P. Luche; me la aprendí de memoria: Familia peluche somos / toda la familia muy unida está / familia peluche somos / veremos cuánto tiempo van a soportar. Los soporté cinco meses con tres semanas. Una semana antes de que el doctor me diera de alta y me dijera que podía empezar a leer, se me ocurrió una idea brillante: le pedí a mi esposa que bajara el modem de la televisión de paga, lo conectó y se fue al supermercado. Dejó encendida la televisión en Discovery Kids, pero no bajó el control remoto. Hasta que regresó me aventé un programa de unos pajaritos apareándose. Tenía cinco meses con tres semanas célibe. Por indicaciones médicas no podía hacer ningún tipo de esfuerzo. Entre la tonadita del tema de La Familia P. Luche y los chillidos de los pajaritos estuve hasta las dos de la tarde, cuando regresó del supermercado. La última semana de convalecencia fue más relajada, escuché programas que se oían antiguos: La Carabina de Ambrosio, Ensalada de Locos y Los Polivoces, pero en los comerciales empezaba a tararear “Familla peluche somos...” Cuando hacíamos antesala para la última revisión de mi ojo la recepcionista, muy amable, encendió la televisión en El Canal 2. Eran las tres de la tarde. Empecé a tararear “Familla peluche somos...” “¿Te encantan, verdad?” Me dijo mi esposa, no le pude responder. La enfermera me dijo que podía pasar a mi última revisión. Hasta el consultorio se escuchaba la tonadita que oí durante cinco meses y tres semanas de tres a cuatro de la tarde.
Apenas me aparecí en el taller de narrativa, me invitaron a leer el cuanto ganador del concurso de cuento del Día Mundial de Lucha contra el SIDA, los dos meses se fueron tan rápidos como el tiempo que tardé en aprenderme la canción. La cita era a las diez de la mañana. Antes de salir de mi casa hice el ritual que me enseñó mi esposa: Bolsa derecha; las llaves, bolsa izquierda; celular, bolsa trasera izquierda; cartera, bolsa trasera derecha; dinero para el camión. Todo estaba en orden. Antes de salir, busqué las llaves por toda la casa hasta que las encontré; estaban en el sillón blanco, donde pasé sentado los seis meses. Al salir de la casa tuve que regresar, me acordé que no había cerrado la llave del gas. Era buena hora para la cita; las nueve de la mañana. Despegué los papelitos de colores que estaban en la entrada de la casa, en el refrigerador, en el baño, en el monitor de la computadora y en el audio libro que me llevó uno de mis amigos. Ya en la calle me martirizó un pensamiento; no recordaba haber apagado la televisión. No sabía si preocuparme por la estufa o por el televisor. Debía estar en la lectura pública a las nueve con cuarenta y cinco.
Sabía que si no pegaba recordatorios por todos lados jamás me acordaría de la cita. Anote la hora y el lugar. Secretaría de Salud, junto a la librería Sancho Panza; primero de diciembre. Los dos meses estuve pensando en el olvido. Probablemente eso fue lo que me obstinó en analizar qué es el olvido. No sé qué será, puedo ver el diccionario y sacar su definición, platicar con alguien y decirle que me diga qué cosa es. Pero lo importante del olvido es no olvidarse de que existe. El olvido es vivir dos vidas paralelas. Una vida cotidiana y otra que me martiriza en saber que algo se me tiene que olvidar. Siempre se me han olvidado las cosas. A menudo no sé quién soy. Pienso que soy comerciante, pero cuando firmo un contrato pienso que soy administrador y se me ha olvidado que antes fui comerciante. También se me olvida que a ratos juego a que escribo y me da por creer que soy escritor. Todo se me olvida.
Ni siquiera recuerdo cómo es mi cara; ya se me olvidó. Hay veces que me vuelvo responsable, pero cuando veo todos mis papeles regados en mi escritorio, me doy cuenta de que se me ha olvidado lo que siempre he pregonado; que el orden es el concepto fundamental del buen funcionamiento de las cosas, pero diario se me olvida. Me gusta deshacer la palabra olvida. La O, significa otro, la L; lugar, y lo demás es la vida. La palabra olvido la defino como otro lugar en la vida. Otro estado. Un estado que parte mi vida en muchas cosas. Debo olvidarme de mis historias para hacer negocios y de mis negocios para hacer historias. Eso es un estado de conciencia, el estado de inconsciencia es no saber dónde dejé las llaves, no recordar si apagué la luz, o si cerré el gas de la cocina.
Hace Tiempo, antes de mi enfermedad, cuando estaba escribiendo “Yie brel, el niño fantasma”, se me olvidó lo que escribía. Yie Brel me lo recordó. Se salió de la hoja y me platicó su vida. Me dictó letra por letra, palabra por palabra, renglón por reglón, párrafo por párrafo. Me dijo exactamente cómo quería que fuera su historia. Me exigió un final feliz, pero que no fuera de cuento de hadas. Me dijo que la historia debía ser clara, que no quedara lugar a duda. Entonces dudé, creí que era mi imaginación; que Yie Brel no estaba junto a mí. Pero sí estaba, veía con atención su conflicto en la pantalla. Se sentía satisfecho; la historia le gustó. Me dio las gracias y me pidió que cuando leyera su historia no se me olvidara decir que él me la había dictado. Tiempo después, en una lectura pública, dije una mentira. Empecé diciendo: Buenas noches, espero que las horas que he dedicado al taller tengan frutos. Este es un cuento de un niño que se perdió en el bosque; espero que cumpla con las exigencias del taller; si las cumple, seguramente será un texto que funcione. Sólo les pido que no sean muy críticos conmigo. Y empecé la historia. Shhh cállense niños ¿Escuchan? Son unos pasitos en la sombra de la fogata...
Fui mal agradecido. No dije que Yie Brel me dictó su historia; simplemente lo olvidé igual que olvido las llaves o si apagué la luz del baño. A menudo creo que las historias son mías, pero no es cierto; son de sus personajes. Los escritores piensan que tienen el control, que escriben las historias a su imagen y semejanza, como cuando Dios inventó a Adán y Eva, y en poco tiempo se le salieron de control. Los primeros seres pensantes decidieron por sí mismos; se olvidaron de las órdenes de su creador y tomaron de lo que les había prohibido, sin embargo, Dios ya lo sabía. Creó al hombre para que se rebelara en contra de Él. Esa fue la prueba de su existencia; que su creación dudara de Él. Los dejó en El Edén, se fue a darle una última revisada al universo. Cuando regresó, aunque ya sabía que estaban escondidos les dijo: “Donde se meten que no los encuentro.” Le contestaron: “Estamos atrás del árbol, pero espéranos tantito, estamos buscando qué ponernos porque andamos encuerados.” Lo demás ya todos lo sabemos, que si se comieron una manzana, que cómo es que sentían vergüenza, que si tenían que trabajar y que si la serpiente era la culpable. Lo cierto es que Dios inventó al hombre para que pensara, para que dudara y para equivocarse. El pensamiento la duda y la equivocación, serían la prueba contundente de que existía un creador. Algo similar les sucede a los escritores, aquellos que una vez que crean a sus personajes, se les salen de control, pero antes de crearlos, los piensan; dudan de ellos y los dejan vivir para equivocarse; para olvidarse de que existe un creador. En fin, esta cuestión del olvido es bien complicada, en este momento ya no sé qué estoy escribiendo, a lo mejor se me olvidó. Creo que el pretexto fueron las llaves del departamento, o el gas, o la luz del baño, o que a lo mejor dejé conectada la calefacción. No sé, siempre se me olvida. El asunto es que salí a la lectura pública y traté de olvidarme de que no encontraba las llaves. Pedí un taxi por teléfono. En al camino a la Secretaría de Salud me acodé que no había desayunado. Mi atención ya estaba puesta en la lectura. Llegué al local, ya me estaban esperando. En el podium estaban los ganadores del concurso, el Gobernador, el Presidente Municipal, el Secretario de Salud y no sé qué tantos personajes. Decidí olvidar todos mis olvidos. Escuché los discursos entre bostezos, y cuando llegó el momento de mi lectura, busque la carpeta con el cuento ganador. Entonces me acordé que la carpeta estaba en el sillón, junto a las llaves. La noche anterior la coloqué ahí, para que no se me fuera a olvidar. Estaba bien consciente que todo se me olvida. Lo que no pensé es que se me fuera a olvidar la materia prima de mi visita a la presentación de los ganadores de cuento sobre el SIDA. Traté de olvidar el inconveniente y pregunté si alguien traía un escrito para mi lectura. Nadie lo llevaba, todos lo olvidaron. Iniciamos la ceremonia sin el cuento ganador. Espero que no se me haya olvidado qué quería decir, casi todo se me olvida. En fin, este escrito es sólo es un pretexto para acordarme que todo se me olvida, lo que no se me puede olvidar el tema de la Familia P. Luche y de que me tuve que chutar un programa de pajaritos apareándose cuando el doctor me ordenó ser célibe hasta que me recuperara de la vista. Gabriel Vega Real, Querétaro, Querétaro.
martes, 16 de marzo de 2010
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