Por José Martín Hurtado Galves
Las letras se enredan a los objetos. No los dejan libres. Insisten en poseerlos. Les dan nuevos rostros. Nuevos ojos. Los objetos nos ven de diferente manera después de que las letras se han posado en ellos. La realidad se confunde. Se vuelve polvo. El polvo es eterno, está hecho de todo y de nada. Todo objeto es más polvo cuando la palabra lo ha señalado. La palabra es un objeto infinito que no cesa de dar vida y muerte.
Hay objetos que nos son necesarios. ¿Qué podríamos hacer sin la vida como objeto? La muerte también es un objeto. Uno de altísimo precio. No siempre se vive lo suficiente para entender su esencia. ¿Es esto un tipo de muerte inmaculada?
Ayer fui una parte del tiempo que hoy es objeto. Hoy no sé, tal vez sólo me acerco a la realidad objetual de poder ser desde la palabra. Palabra que enhebra de umbrales espacios de ser y no ser, insistencia de ires que ahogan de otredad el papel. Un ápice que podía ser más real que este silencio que no es.
Todo continúa. No sé de dónde viene. Ignoro a dónde va. ¿El movimiento está afuera o dentro de mi? Las palabras se desploman y forman un nuevo caos. Todo vuelve a suceder: la realidad no se detiene jamás. Siempre hay alguien que está pensando.
Podría pensar en Dios, pero hasta ello sería insuficiente. Ni siquiera la idea más perfecta nos basta para el pensamiento. El movimiento de las palabras me hace ser hoy de una forma por demás inacabada. ¿Cuándo, Dios mío, podría dejar de ser desde la palabra? ¿No es acaso esta forma de estar siendo una imagen tuya? ¿Nos pensaste para que habláramos? ¿Es la palabra la raíz de la humanidad? ¿Una palabra-alma? ¿Una palabra-espíritu? ¿Quizá una palabra-conciencia? ¿O tal vez una palabra-sustancia? Palabras como esencia, como contingencia, como accidente metafísico para erguir al sujeto más allá del objeto. Inútil forma de clamar por la existencia hecha voz.
A veces pienso que los objetos nos poseen. Imagino que nos necesitan para que les demos nombre, sentido, vida. ¿Qué sería de los objetos sin su identificación? Hasta el ser más abstracto necesita ser identificado. Lo difuso no se pierde, sólo se confunde. Lo extremadamente racional puede ser también una simple apariencia macilenta.
¿Una idea que se mueve en la placenta como epitafio? Simple objeto terrible una cruz que se vuelve llama, deseo inerte que invierte la luz; levanta inquieta la voz que desciende orillas para poder subsistir. ¿Qué diferencia hay entre nacer y morir?
Pero vuelvo a los objeto, ¿cuándo me he ido de ellos? Siento su piel porque estoy hecho de infinitos que se confunden entre palabras que no acaban de nacer. Entro. Salgo. Espero. Me voy. Nunca estuve más allá de cualquier instante en que me difumino.
Los objetos están en las venas de los ojos; en los ríos del sonido; en los pliegues de los recuerdos. Los objetos llegan y se posesionan del tiempo. Y nosotros estamos hechos de horas. ¿A dónde ir después de que los objetos nos han hecho hablar con su lenguaje? ¿Podemos huir de nuestras manos de objetos? ¿Podemos dejar atrás su insistencia como memoria? La condena es creer que nos vamos.
¿A dónde podríamos ir sin los objetos? Ni siquiera los tenemos claros. Los llamamos a todos por igual: Objeto. Palabra apenas si sugerente para hacernos aparecer como sujetos. Sugerir nuestra existencia a partir de la inexistencia constante de ellos. Aceptar su estar en algún lado, quizá un poco cerca de nosotros. Hilo que teje en el viento la imagen de la mirada que se pierde constantemente. Tener que ser de improviso en la existencia que posibilita cualquier salida falsa.
Pero somos de nuevo objetos. Unos objetos con alma. Un alma llena de objetos. Conciencia ambigua entre ser y no ser. Nada nos salva de la salida. Al final tendremos que dejar de ser objetos para asumirnos como sujetos. Esperar impacientes del ser primigenio pequeñas gotas de luz; amanecer como umbral que enquistado en el tiempo se pierde de diferentes maneras.
Más cuando la realidad se invierte, cuando las letras se vuelven objetos, podemos hacer muy poco. Su piel empieza a morir. Sus dedos dejan de señalar. Se les caen las alas. Se vuelven ciegas, sordas, mudas, estériles. Apenas si viven. Las letras como objetos mueren muy pronto. Hay palabras que nos consumen. Se posesionan de nuestros pensamientos. No podemos pensar en otra cosa más que en ellas. Se vuelven el molde de nuestros días. Acaban por hacernos a su imagen y semejanza. Terminamos por volvernos un pensamenterio. Entonces la realidad deja de tener importancia. Cualquiera puede ser suficiente para atravesarla con dos o tres palabras.
Pero los objetos insisten en seguir aquí, en medio de este espacio. Abruman de posibilidades el tiempo porque de ellos es la realidad más cercana. Y el infinito siempre está a la vuelta de la esquina. No hay instante sin infinito. No hay objeto sin palabra. Todo es un constante caos que se ordena para que los objetos y la palabra y la realidad y esta humanidad deshecha, pueda clamar por un motivo para existir como pensamiento. Pervierte la imagen objeto esta falsa salida para insistir en el ser.
Somos sujetos-objetos. ¿En qué objeto podemos hacernos más sujetos? ¿Desde que forma de ser de la palabra objeto podemos atisbar a la idea de sujeto? Las palabras se mueven, pasan de ser objetos abstractos a simples sujetos.
lunes, 29 de marzo de 2010
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