lunes, 29 de marzo de 2010

De alguna manera

Y nos dieron las dos

Gabriel Vega

Cuando entré al bar no se veía nada; el humo del cigarro me dio un trancazo en las narices. Tomé asiento; le pedí al mesero que me trajera una paloma, crucé la pierna, y en ese momento fue cuando la vi. Su sonrisa relumbró. El Cupido de los borrachos brincaba de mesa en mesa. Me tomé la bebida despacito. La miré atentamente; de verdad era bonita.
Pensé en el mejor de mis discursos. ¿Espera a alguien? Se me hizo estúpido. ¡Hola! ¿Pero después qué le voy a decir? Pedí otra paloma. Exigí que me trajeran Don Julio, pero me arrepentí; el Don Julio es para tomarse solo. ¡Tráigamela de Herradura! Casi grité. Su sonrisa era de algodón. Después de pensarlo mejor, dije en voz alta que me preparan la bebida con Cazadores. Quería que me escuchara, mi plan era impresionarla. Se alisó el pelo, lo tenía negro, negro. Como en todos los bares había un cantante. La chica acercó un cigarrillo a su boca. Tenía los labios delgados y bien rojos. Quise prenderle el cigarro, pero para mi perra suerte no encontré el encendedor; el mesero se lo encendió. Aspiró el humo del tabaco con sus labios que de tan rojos daban ganas de besarlos. ¿Sabe? Usted es la mujer más bella que he visto en mi vida. Si le digo esto capaz que me manda a la chingada, pensé. Cruzó la pierna. Por debajo de la mesa, mis manos luchaban desesperadamente por arrancar el anillo de matrimonio, pero el pinche anillo no salía. Me sentí desesperado. Podría acercarme a su mesa con la mano izquierda en el bolsillo. Bueno, pero en algún momento tendré que sacarla, y en cuanto lo vea, me va mandar redondito a la fregada. Se pasó la mano por la mejilla. Sus uñas eran largas; de color rosa nacarado. Las manos me sudaban. Me acordé de mis clases de yoga. Respiré profundo varias veces. Tomé el vaso y me di cuenta que me hacía falta otro tequila. Joaquín Sabina cantó son su voz de piedra pómez en los labios del cantante. “Fue en un pueblo con mar una noche después de un concierto”. Cuando cantaba en la vocacional me decían; roba, mata, pero que no cantes. Nunca aprendí a cantar. Tarareé la canción deseando que me viera. ¿Cómo se llamará? Le vi cara de Verónica. ¡No de Verónica no! La vez de la borrachera de Acapulco conocí una Verónica que me robó la cartera y me tuve que regresar en aventón. Sus ojos despedían pasión. Coloqué el brazo en el respaldo de una silla y busqué que me mirara, pero ella nada más tenía ojos para el humo del tabaco. Pensé que después de otros tres tequilas encontraría la mejor forma de acercarme a ella. Vestía con pantalón de mezclilla, zapatillas escotadas y chamarra corta de gamuza. ¿Nadia? ¿Se llamará Nadia? No, definitivamente no tenía cara de Nadia. Todas las Nadias que conozco son psicólogas. Por un momento le vi cara de Isabel. En la penumbra se parecía un poco a Isabel Pantoja. Señorita; tiene usted cara de Isabel, pensé decirle, cuando entre los jalones que me daba para arrancar el anillo fui a dar al suelo. Caí encima de la mesita. Tuve suerte de no herirme con los vidrios rotos de los vasos. Me levanté rápidamente. Todo mundo se dio cuenta de mi caída, menos la chica, que permanecía con su mirada metida en la sombra de la música. ¿Se encuentra usted bien? Me dijo el mesero. No recuerdo haberle contestado. Recurrí otra vez a mis clases de yoga, aspiré inflando el estómago y espiré sumiéndolo. Repetí el ejercicio cinco veces. Con eso era suficiente. ¿Puedo acompañarla? Una mujer como usted no debe estar sola. Con todo respeto, digo, si es que a usted no le ofenden mis palabras. Eso está mejor, pensé. Señorita, tiene usted cara de Mónica. Sí, tiene cara de Mónica. La vi sonreír, parecía que me escuchaba. Yo me llamo Liborio para servir a usted. Así le debía hablar, con seguridad. La vi sonreír de nuevo. Voy por buen camino, pensé otra vez. Quise ofrecerle un cigarrillo, pero estaban completamente mojados. Llamé al mesero, le pedí que me trajera otro tequila y una cajetilla de Marlboro. Sus ojos eran negros. El cantante hizo una pausa para decir un chiste de argentinos. Definitivamente se debía llamar Mónica. Tenía el aura azul; de ese color la tienen los escritores. Entonces es escritora, pero si es escritora, ¿qué le puedo decir? Seguramente ella lee más libros en un mes que yo en toda mi vida. Su piel era blanca. No tendría más de veinticinco años. Quise preguntarle sí ya había leído el último libro de Carlos Cuauhtémoc Sánchez. Seguramente eso la impresionaría. Debe tener una mascota. Tal vez un perro pequeño, pensé, sin apartar mi mirada de su figura. Su cuerpo era perfecto. Sentí que una flecha se me metió en el estómago. El cupido de los borrachos brincó encima de mi mesa. Bueno, yo no estaba tan borracho. ¿Pero si no estaba tan borracho, de dónde saqué que tenía el aura azul? Sus dedos eran largos. Continué jalándome la argolla de casado. Bueno, pero si prácticamente no estoy casado. Vivo sólo. Ultimadamente que me impide acercarme a saludarla. Su sonrisa era divina. Pareció sonreírme cuando el cantante dijo otro chiste. Esa vez fue de gallegos. ¿Qué le ve a ese idiota? No quitaba su mirada del cantante. ¡Oiga usted! ¿Qué le pasa? Qué le ve a ese estúpido. Sentí celos. Tengo un golden, le quise decir. Y a mí qué me importa eso, seguramente me respondería. Ensayé mi mejor sonrisa. Se me vino la imagen de Castor Troy en la película de Cara a Cara; Travolta lo interpretó. El cantante terminó otra canción. Volvió a sonreír, me dieron ganas de pararme y reclamarle qué tanto le aplaudía al músico, sus canciones eran las mismas de todos los bares, además, ni cantaba tan bien. Apuré otro trago de tequila. La miré de perfil. Su nariz era perfecta. Ya sólo quedábamos en el bar; ella, el cantante, y yo. Se escuchó otro chiste, los meseros lo festejaron. Mónica, en ese momento estaba seguro que se llamaba Mónica, tomó un trago de su bebida. Es más, debe apellidarse Labella. En la vocacional tuve una novia de apellido Labella. Pero no se llamaba Mónica, se llamaba Roxana. Me sentí un traidor. Con tanta belleza frente a mí, bueno, no exactamente frente a mí; Mónica estaba a tres mesas. Como todo borracho, fui al baño cada media hora. Las primeras veces me mojé el pelo, pasé los dedos por mis cejas y me ajusté la ropa. Después ya no quise verme en el espejo. A cada trago mi cara se secaba más. Siempre que regresaba del baño Mónica permanecía con la misma sonrisa metida en la música y los chistes. Quise reclamarle, pero me contuve. Soy Liborio, trabajo en el ayuntamiento y tengo treinta años. Mentira, la verdad es que sí me llamo Liborio, pero ni trabajo en el ayuntamiento ni tengo treinta años. Tengo cuarenta, soy casado y vendo pollos en el Mercado de la Cruz. No le podía mentir. En la vocacional me decían Ligorio, pero nunca tuve éxito con ninguna chica. Roxana no fue mi novia. De tanto decir que lo era, hasta yo me lo creí. La verdad, es que es la mujer más bella que he visto en mi vida. No sé cómo describirla. Su belleza le salía de adentro. La copa se secó, pedí un vaso de agua, me arreglé el cabello, y con una decisión que todavía me asombra me levanté de la silla. Se me ocurrió un plan. Le pediría que me prestara su encendedor. Metí la mano izquierda en el bolsillo. Nunca me pude arrancar la maldita argolla. Al dar el primer paso, las luces se encendieron. El cantante terminó la última melodía. Eran las dos de la madrugada en punto cuando me decidí a acercarme a ella.
“Mónica”, dijo el músico guardando la guitarra en el estuche.
¡Sí se llamaba Mónica! Me felicité mentalmente por el buen tino de mis observaciones.
“Felicidades por tu libro”. ¡Sí era escritora! Me sentí halagado por mi capacidad analítica. Continué caminando con una cigarro entre los dedos y una cautivadora sonrisa estilo Castor Troy. Cuando ya estaba a dos pasos de su mesa, una ráfaga de palabras me dio en la mano, me tiró el cigarro, y el pinche Cupido de los borrachos que estuvo brincando toda la noche encima de la mesa se desapareció.
“Gracias por aguantar a un bohemio como yo por dos años. Hoy cumplimos dos años de casados señores”. Los meseros aplaudieron y les echaron una porra. Me quedé paralizado sin saber qué hacer. Bueno, sí sabía; quería estrangular al maldito Cupido de los borrachos que estuvo brincando toda la noche encima de mi mesa pero el muy cobarde ya había desaparecido.
Salí con la decisión de no volver a ligar a ninguna chica en otro bar. Mi promesa era inquebrantable.
A las dos semanas, después de que cerré la pollería, me fui a mis clases de yoga, me bañé, me disfracé de burócrata y regresé al bar con la firme decisión de no sufrir otra decepción. ¿Yolanda o Alejandra? No, más bien tiene cara de Clarisa. Le pedí al mesero que me sirviera una paloma con Cazadores levantando fuertemente la voz. Quería impresionar a la chica de pelo cenizo sentada a dos mesas de la mía cuando sentí que el Cupido de los borrachos volaba junto a mí. Con discreción bajé las manos. Me acordé que se me olvidó quitarme el anillo de casado.

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