lunes, 29 de marzo de 2010

El privilegio infantil de la fabulación

Oscar Salas

Los títeres me remiten a días infantiles, y después de más de cinco décadas Mamá Coneja me demostró que continúan teniendo una gran aceptación entre el público pequeñito, ese que cabe en carriolas, llega cargado en brazos, y/o equilibrando su tambaleo, asido de una mano adulta. No faltaron quienes sin ningún auxilio, más que pisar parecen rebotar en el piso, calzando unos zapatitos cuya manufactura representa un triunfo del miniaturismo. Los asientos plegables están a la altura de sus pechos, los escalan apoyando una rodilla y cargando el cuerpo hacia adelante hasta alcanzar el respaldo con un brazo extendido. Al momento del apoyo me resulta inexplicable que no venzan el equilibrio de las sillas. Los pies les quedan volando. Cuando su visión quede obstruida, ahí mismo se pondrán de pie, incluso unos muslos adultos servirán de montículos. Quienes llegan sobre la hora de la función hacen su primera fila plantándose en el piso. Antes de la congregación infantil, a media tarde, una diminuta Blanca Nieves, que podría haber sido bajada de la cumbre de un pastel, le impide a mamá entenderse con las perillas y cables de la consola que controlará la música, los efectos especiales de la función, y el micrófono de Cynthia Camacho Labrada, la titiritera. Por fin mamá la descaracteriza y con renovada libertad imita los brincos y zangoloteos de la amiguita de retentiva televisiva que seguramente le triplicará la edad. Unos tenis-botas de coloridos dibujos, gruesa suela, alcanzan media delgada pantorrilla. Unos entallados pescadores negros resaltan la infantil delgadez. La combinación se continúa con una camisetota blanca adornada con una ilustración acorde con la viveza de su atildada portadora. Los claros cabellos amarrados en una descentrada cola de caballo rematan el arreglo. Esa poseedora de unos ojotes claros de mirada de asombro repartirá los programas de mano.

Con preguntas que inducen la respuesta el publiquito a coro rechaza la mala comida, y se entera que los conejos prefieren las zanahorias, aunque ellos no las aceptan con el mismo entusiasmo del primer rechazo. Los conejitos representan la ternura y la inocencia, Mamá Coneja la protección y la laboriosidad. El lobo apetece carne tierna y utiliza el engaño para atrapar a los animalitos. La titiritera propone rescatar a las victimitas, el corrito aprueba, el malvado tragón está en la digestión de la comilona, no puede huir, con unas tijerotas le es abierto el vientre y la rescatadora cuenta los siete conejitos de Mamá Coneja. El villano ha sido retacado con piedras, al saciar su sed desaparece en el fondo del pozo de agua. Concluyó otro Sábado Infantil de entrada gratuita en La Casa del Faldón, en el barrio de San Sebastián, la otra banda del río, que el 20 de marzo estuvo programado dentro del Coloquio del Día Mundial del Títere al Día Mundial del Teatro. La Compañía de Títeres “Alegría y Piloncillo” recoge la mesa desarmable donde estuvo el bosque de la Familia Conejo y la armazón que sostuvo el soleado paisaje. Otras personas pliegan las sillas y despejan el patio techado con un par de lonas.
En Fabulaciones en Azul el lobo continúa hambriento, pero ahora el panorama le es más adverso. Carente de víctimas propiciatorias pepena frutos silvestres, siendo las bayas el manjar que le lleva por delante al petulante congénere, cuya ilustración y alcurnia no son advertidos ni entendidos por el rústico recolector. Las aparatosas maneras y rebuscado hablar, y las confusiones que le provocan al primitivo y poco pulido lobo fue uno de los momentos que más capturaron la atención y respuesta del publiquito capaz de ocupar el asiento más conveniente a su perspectiva, una vez cruzada la puerta de un espacio adaptado como escenario en la vieja estación de ferrocarril. Similar reacción provocó el extravagante científico que ha inventado algo así como un reloj cucú, pero precisa aprisionar un ave canora. Una golondrina cae en el garlito del parlanchín inventor, apresada, queda condenada a piar sin la libertad de que disponía para discurrir sobre el tema que le complaciera con el interlocutor que le quedara a la mano. Cada trama que viven diferentes grupos de animales, si bien divertidas y gozables, no acaban de parecer unidas por un tema, por lo que no atina uno a amarrar el final a una parte concreta de la representación ofrecida por La Cartelera. El diseño y la manufactura de los animales mediante caretas y títeres merecen admiración y aplauso aparte, así como las voces que les son dotadas tan solo por tres actores no conocibles mediante programa de mano.
Estas Fabulaciones ahora están preparadas para la itinerancia en perjuicio de la magnificencia que le conocí en el cine-teatro ‘Rosalío Solano’. Aquella bóveda celeste donde navegaba esa ingeniosa y extraña nava cuyos propulsores obedecían a las manivelas que operaba su tripulante, ha desaparecido, lo mismo que el íntimo misterio nocturno que realzaba la presencia de las cabras, inicialmente tomadas por borregos según el apetito de un hambriento personaje. El escenario portátil tiene la ventaja de cercanía con ese publiquito que responde a coro la interlocución del personaje que lo aborde. Imbuido por las propuestas que reclaman o sugieren la preservación del planeta Tierra, supuse que ésta era la alusión del azul de estas Fabulaciones, pero resulta que este color es una metáfora acerca de la posibilidad de otras salidas en medio de las barbaridades en que parecemos perfectamente enfrascados.

La fabulación con los títeres no es un infantil privilegio.

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