El cortometraje de mis sueños
Por: Silvia Lira León
Cuando lo recuerdo, es como verlo proyectado en una pantalla blanca, pero con una sensación extra: Yo también estoy ahí. Cómo ser protagonista y espectador. El misterio de los sueños es como un cortometraje donde soy público, guionista, director, productor y protagonista a la vez. Pero este recuerdo no es un sueño, o no lo fue originalmente. Ahora ya no lo sé, tal vez se ha confundido con el paso de los años, quizá le ha pedido prestado a la imaginación algún motivo para sobrevivir, para permanecer reposado en algún rincón de la memoria y activarse de pronto arrancándome una sonrisa de placer y de satisfacción. Recuerdo que en ese momento fui muy feliz; será por eso que ahora me parece un sueño, porque todo salió tan bien, porque todo se dio de manera fluida y natural. Ya no sé si estoy inventando otra vez, pero ese hermoso recuerdo me emociona.
En este momento, al pensar en ello, cierro los ojos y puedo ver claramente las calles del centro de Morelia llenas de gente de todas las edades. Grupos de muchachos; parejas solas o en grupos de tres o cuatro; señores acompañados de sus señoras y de sus hijos, quizá hasta sus nietos; mucha gente madura, hombres y mujeres. Todos llevan un solo rumbo: la explanada del templo de San Francisco. Nos unimos al contingente por alguno de sus espaciados huecos. Vamos mi pareja y yo con el ánimo dispuesto para la noche musical que nos aguarda. La muchedumbre no deja de salir por todas las esquinas esquivando automóviles que ha logrado pasar las vallas. El tránsito vehicular ha sido cerrado ante la cantidad de gente. Desde la plaza llega el bullicio, el alboroto por alcanzar un buen lugar; de los vendedores ambulantes que ofrecen a gritos cualquier mercancía alusiva al concierto o cualquier bocadillo para aguardar el momento esperado. Es recomendable no excederse en la ingesta de líquidos, ya que una vez lleno el lugar, será imposible salir a desaguar.
Ya muy cerca de la plaza, hacemos un alto en una vinatería para adquirir una pequeña botella de charanda, la cual vertimos en dos botellas de Squirt bien frío, que sirven de camuflaje. Empieza a caer la tarde y el cielo se cubre poco a poco de estrellas. La plaza ya está hasta el tope. Las sillas y las graderías están a su máxima capacidad. El escenario, las luces y los músicos están listos para comenzar, y todos esperamos con ansia el momento en que la presencia y la voz de Luis Eduardo Aute se hagan realidad.
Es increíble estar aquí, por fin, después de muchos años de espera, estoy en un concierto de mi cantautor favorito. No es necesario adentrarnos en la aglomeración, desde donde estamos se ve y se escucha perfectamente. Sentados en la cajuela de un vehículo disfrutamos de las canciones, del coctelito clandestino y de los arrumacos a cielo abierto, en esta noche hermosa y estrellada. Cantamos, bebemos, bailoteamos y coreamos todas esas canciones que ahora son famosas gracias a ese disco en vivo que se grabó en la plaza de toros Las Ventas de Madrid en septiembre de 1993, Mano a mano con Silvio Rodríguez. Al término del concierto, la multitud se vuelca a inundar de nuevo las calles, todos riendo, cantando y comentando los pormenores de la velada. Él y yo nos perdemos entre toda esa gente que se dispersa por las avenidas y los callejones… Cada vez que me amas es un milagro, cada vez que me amas es un milagro, cada vez…
Y así, las imágenes se van dispersando en una disolvencia de vapor blanco, hasta que la pantalla queda nítida otra vez. Después de algún tiempo aparece la cuenta regresiva: 5-4-3-2-1; y empieza de nuevo la función.
cronistadelportal@gmail.com
lunes, 1 de marzo de 2010
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