El chamarro del Tzotzil
Por Gabriel Vega Real
Eran la seis de la mañana. Si no se presentaban contratiempos, llegaríamos a Acapulco antes de las siete de la noche. El día anterior nos despedimos de la familia. Sabíamos que no los veríamos en varios años.
El calor se sentía raro, no era el calor húmedo de las primeras veces que viajé a Chiapas. Tenía la costumbre de comparar la vista de Tuxtla Gutiérrez con la Cuesta China de Querétaro. No sé por qué. A lo mejor para justificar que estaba lejos de mis parientes. Siempre le decía a Chely: “Ve Querétaro. Cada día está más verde y Chiapas cada día más seco” Desde que pasábamos Ocozocuautla, empezaba a comparar: “No sé qué le hacen a Chiapas, parecen hormigas. ¿Ya viste el Cerro de Juárez? Cada día está más pelón. ¿Y qué me dices de Rizo de oro? No tarda en convertirse en un desierto. Dicen que en Chiapas ya ni llueve. No sé si sea exageración, pero el calor húmedo que antes se sentía, pues... ¿quién sabe por dónde se habrá metido?”
Para prolongar el viaje, le propuse a Chely que nos fuéramos a desayunar a San Cristóbal. Era ilógico, viajaríamos noventa kilómetros en sentido contrario. En total ciento ochenta kilómetros tan sólo para desayunar. No sé por qué me hizo caso. Llegamos a San Cristóbal de las Casas. Se me ocurrió que nos fuéramos a Las Grutas a almorzar tasajo. Nada más se me quedó viendo, vi que en sus ojos se le dibujaban las palabras que pensaba: “Pinche Gabriel, está bien loco.” Con los mismos ojos, pero con una señal de resignación me dijo: “Como quieras, pero ya sabes que no como fritangas. Si quieres, cómete el tasajo y después nos vamos a desayunar al parque.”
Ya en Las Grutas, vi algo raro; un montón de chamulas bajaba de la sierra. Se acercaban a los carros y se retiraban cuchicheándose cosas al oído.
Quise comprar un chamarro, era un chamarro precioso. Estaba bordado con hilos de colores, donde predomina el negro, luego el verde, el azul y el violeta. Pero además estaba bordado con hilos dorados y plateados. El chamarro me encantó. Le pregunté al indígena, (que después supe era Tzotzil), por el precio. Creo que me pidió quinientos pesos. Pero Chely me dijo que para qué quería otro chamarro, que en la casa ya tenía muchos. Le dije que nunca había visto uno de esos, que me gustaría enmarcarlo y ponerlo en la sala de la casa de San Gil. Finalmente me convenció de no comprarlo. En el vestidor de mi recámara tengo una caja con ocho chamarros, producto de otros tantos viajes a Las Grutas de San Cristóbal.
El ambiente se sentía pesado. Gente subía y bajaba de la sierra. En la entrada de las grutas los empleados se sentían molestos. Sentí miedo al ver que un tipo de barba rubia se asomaba entre los árboles con una R-15. Sin preguntarle a Chely, (que permanecía en el carro), subí a los niños al carro. Manejé de regreso a Tuxtla sin probar el tasajo, ni desayunar en el restaurante del kiosco del Parque Central de San Cristóbal.
Desayunamos en silencio en el Hotel Bonampak. Cerca del mediodía agarramos carretera hacia Acapulco.
El viaje al principio fue tranquilo. Los niños durmieron hasta llegar a La Ventosa. Compramos yogurt y galletas Marías, yo dos cocas de lata y una botella de agua de litro y medio para Chely.
Pasando Salina Cruz no sorprendió la tormenta. Hubo momentos en que tuve que detener el carro y sacar la cabeza para ver la carretera. Los niños despertaron. Chely me vio otra vez con los mismos ojos que me miró en la mañana, pero no dijo nada. Murmuró que sentía miedo por la lluvia. Germán me abrazó del cuello y Violeta se recargó en el respaldo del asiento acariciándole el pelo a Chely. Hubo momentos en que estuvimos detenidos más de diez minutos, pero el temor a que un trailer nos embistiera por detrás, me animaba a seguir en la aventura entre la lluvia. Parecía que se hubiera hecho de noche de lo cerrado que estaba el cielo.
Antes de llegar a Huatulco se presentó el primer contratiempo. La carretera estaba inundada y no había forma de atravesar. El agua alcanzaba más de un metro de profundidad. Orillados en la carretera, estaban un Volkswagen, un camión de pasajeros de la Cristóbal Colón y un Mustang rojo convertible con la capota puesta. Las personas descendieron de los vehículos. Cambiaban impresiones sobre la intensidad de la tormenta, pero sobretodo, hacían énfasis es que era raro que lloviera de esa forma en esa época del año, era 31 de diciembre. Otros más se habían resignado, disfrutaban el chipi chipi, en que se había convertido la tormenta. Algunos niños arrojaban piedras tratando de hacer patitos en el agua.
Nosotros permanecimos en el auto. Nos mirábamos silenciosos, Germán abrió la ventanilla y, junto con Violeta, se dedicaron a observar la cascada que bajaba del cerro para apaciguarse al tocar el mar. Chely me miraba resignada. Me sentí tremendamente mal por el arrebato de ir a San Cristóbal en lugar de tomar camino a las seis de la mañana.
Pensé decirle a Chely que nos regresáramos a Tuxtepec, donde empieza La Ventosa, y en vez de ir a Acapulco, nos fuéramos a México a visitar a mí mamá. Por primera vez en mi vida estaba en disposición de aceptar todos los reclamos que me quisiera escupir en la cara, de verdad me los merecía. Al no escuchar ningún tipo de reclamo la volteé a ver; sólo pude mirar sus ojos fijos en el torrente que atravesaba el camino. “Ay, Gabriel si te platicara todas las veces que vi esto cuando viajaba con mis papás. Pues lo único que nos queda es esperar. El agua no va a ser eterna; algún día se tiene que acabar.”
Cuando me resigné a esperar a que bajara el nivel de la inundación, sucedió algo que no esperábamos. Un grupo de campesinos se ofreció a ayudarnos para atravesar al otro lado del camino. No recuerdo haberles dicho que sí. Colocaron cinta canela en las puertas. Me indicaron que me acercara al río, que bajara los vidrios y que ellos nos guiarían al otro lado. Tal vez eran diez personas. Se colocaron en los costados del Marquís. Con el motor encendido nos guiaron al otro lado de la carretera.
Por un momento pensé que la corriente nos arrastraría al mar. Para esos momentos Violeta se había aferrado al cuello de Chely y Germán me colocó las manos en los hombros. Los cuatro permanecimos en silencio, sentí que Chely pensaba alguna oración, mientras me recriminaba mentalmente por no haber tomado el camino a las seis de la mañana. El carro se meneaba como lancha; en un momento sentimos que la fuerza de los campesinos era vencida por la corriente; se aferraron al Marquís y, después de un susto tremendo, cuando el carro se ladeo, sentí que tocábamos el piso. Respiramos profundo. Hasta el día de hoy me pregunto cómo es que el motor no se apagó. Aceleré suavemente, escuchamos los aplausos de la gente que estaba al otro lado de la carretera. Chely les dio una generosa propina a esas buenas personas. Nos detuvimos por un momento para ver cómo regresaban aferrados a la soga colocada de lado a lado de la carretera y se preparaban para guiar al Mustang. Ellos no tuvieron tanta suerte. La corriente los arrastró al mar. No quisimos voltear. Sólo le dimos gracias a Dios y continuamos el camino.
El trayecto fue más tranquilo hasta antes de llegar a Puerto Escondido, donde estaba instalado un retén del Ejercito Mexicano. Un militar nos hizo la señal de detenernos, (era poco más de las dos de la madrugada), un oficial de la Policía Federal de Caminos me dio una indicación que casi me provoca un infarto. Me solicitó que saliera del carro, y tras dar algunos pasos hacia la parte posterior del vehículo, me dijo con una serenidad que me estremeció: “Si ve alguna persona que le hace la parada en la carretera, no se detenga. ¡Lléveselo! Se acaba de desatar una revuelta armada en Chiapas. ¡Usted seguro! Si en algo estima la seguridad de su familia, no se detenga por nada. Antes de continuar, revise el auto. Puede cargar gasolina en el puesto de socorro. Es gratis.”
No dije nada al subir al carro. Cargamos gasolina, revisamos las llantas y el aceite. Manejé sin ningún contratiempo, pero muy tenso hasta que vi Puerto Marques en Acapulco, en ese momento sentí que mis hombros se relajaban. Ana (la encargada de la casa), ya nos esperaba. Las recámaras estaban dispuestas, había agua de tamarindo en el refrigerador, un paquete de cervezas y agua embotellada para Chely.
No sé a qué hora llegamos a Acapulco. Desperté cuando el sol de la tarde se metía por las persianas de la recámara. Vi a Chely acostada junto a mí, a Violeta junto a ella, y Germán estaba atravesado en la cama con los pies encima de la espalda de Violeta. Tratando de no hacer ruido cerré la persiana y subí a la terraza. Me serví una taza de café bien cargado y encendí el televisor para ver lo que decían en las noticias de lo que me dijo el Federal de Caminos en el retén de la carretera.
Las escenas se repetían constantemente en todos los canales. Indígenas muertos en las calles. Habían quemado los Archivos de la Presidencia Municipal de San Cristóbal. Se hablaba de que muchos personajes chiapanecos habían sido secuestrados.
Pensativo me senté frente al televisor. Un indígena Tzotzil yacía en un charco de sangre, junto a él un remedo de rifle de madera, un chamarro de colores: negro, verde, azul, violeta y bordados de oro y plata. Esa es la última vez que vi el jorongo que quería comprar para enmarcarlo y colocarlo en la sala de la casa de San Gil.
martes, 9 de marzo de 2010
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