martes, 23 de febrero de 2010

Desde las palabras pierden su sentido original

Jose Martín Hurtado

Donde las palabras pierden su sentido original / Por José Martín Hurtado Galves
¿Qué hay en las palabras que crean diferentes realidades? ¿Qué hay en ellas que hace desaparecer las barreras entre lo que es y lo que puede ser? ¿Cómo son las palabras? Su sustancia, es efímera; sus contingencias, relativas. Aprehenderlas implica una transposición morfológica del ser. Atraviesan de un campo más o menos conocido y propio, hacia uno totalmente difuso e impuesto. Las palabras nos hacen y deshacen. Insuflan en nosotros un aliento humanamente creador. En ellas aparecemos y desaparecemos. Las palabras son algo más que la realidad.

La realidad necesita de una constante reinvención. No basta con aprehenderla de una vez y para siempre. Se nos iría de las manos después de repetirla varias veces. La repetición siempre termina por hacer desaparecer al sujeto. Sólo queda el acto, la mecanización de la realidad. Obligar a la realidad a ser siempre lo que es, sería un acto suicida. Por eso están las palabras. Ellas recrean la realidad, modifican su sentido primigenio, le arrebatan toda posibilidad ontológica de permanecer en el tiempo. Las palabras son dadoras de vida y de muerte.

Y toda vida y toda muerte es siempre la reconceptuación de la realidad. Se crea realidad a partir de la realidad. Pero la reconceptuación no es consciente; quizá ni siquiera es total. Se hace en lo que podríamos llamar irreflexión. Hay una hermenéutica analógica en la construcción del pensamiento que traspasa los límites de la racionalidad convencional. No es ausencia de reflexión, tampoco negación de ésta; es caminar, simplemente caminar. Hacerlo con las huellas de la voz que nos deja la literatura, es hacerlo con los sonidos que retumban en los pasos que avanzan hacia la metáfora que significa existir. ¿Hacia dónde mirar cuando se tienen ojos casi ciegos? ¿Hacia dónde hacerlo cuando se es un imposibilitado para ver los límites del pensamiento? ¿Cómo vivir en un mundo donde lo difuso es una realidad que la mayoría ignora?

La literatura me acerca a un tipo de realidad, pero no me deja ahí para siempre. Me confronta con las voces que anidan en unas cuantas de mis sensaciones. Y el vuelo es irremediable, sin darme cuenta, la literatura despliega las alas y se convierte en reflexión filosófica; o bien, la filosofía parece congratularse con imágenes literarias. ¿Dónde termina una y dónde empieza otra?
Estoy hecho de costumbres literarias, de caminos filosóficos. Y sin embargo, ninguna luz me es suficiente. Todas terminan por dejarme ciego. Necesito de la oscuridad para poder tentar el cuerpo de la literatura, el rostro de la filosofía. A veces, sus voces me confunden. Se intercambian las máscaras y danzan alrededor mío. Es cierto que hay enunciados que son totalmente filosóficos, como categorías inamovibles; pero, ¿no puede usarse una frase filosófica en un texto literario? ¿Dejaría de ser filosofía si la descontextualizáramos de su orden primigenio? O la literatura, ¿dejaría de tener valor filosófico si fuera un poema? El Poema de Parménides, por ejemplo, ¿es un poema solamente? ¿Es más filosofía que poesía? ¿Dónde están los límites entre la razón y la sensación?
Los caminos modifica al caminante; las palabras, también. Toda palabra es un camino. Todo camino es una voz que se escucha cuando se recorre en el pensamiento. ¿Qué tipo de caminante es el lector de literatura? ¿Acaso no se encuentra con paisajes literarios que le hacen desviar la mirada, haciéndole perder la concentración en una verdad distinta y clara? ¿Puede más una imagen literaria que un silogismo o un imperativo categórico?

Nada es totalmente extraño. Lo difuso es verdaderamente claro: nos enseña a no caer en la trampa de la realidad extrema. Ninguna realidad es extrema, siempre existe un doblez en el que podemos descubrir nervaduras de otro material.
Las palabras no son representaciones de la realidad, ni siquiera son representaciones. Es cierto que refieren realidades, pero sólo eso, las refieren y nada más. Hablan a la vez que callan algo de la realidad. Nunca nos dicen todo, quizá porque ellas mismas están incompletas. ¿Qué palabra está totalmente completa? ¿Cuál de ellas es inmune al tiempo?

Toda realidad es muchas realidades. Muchas realidades puede ser una sola palabra. El sentido de las palabras es difuso, es laberíntico, es humano. Caer en la trampa de la separación de la realidad en pequeños fragmentos es peligroso, conduce a la extinción de la imagen. La imagen es lo que se nos aparece, lo que hacemos que aparezca, lo que se atraviesa cuando estamos pensando. Sin ella estaríamos terriblemente condenados a una racionalidad inhumana. ¿Cómo sería el ser humano sin el uso de la imagen? ¿Con que cubriría su desnudez metafórica?
Nacer implica cambiar. Nadie podría quedarse para siempre con lo que un día fue. No cambiamos del todo, lo difuso nos hace creer que seguimos siendo los mismos. Pero qué ser desde una mismidad inamovible puede tener diferentes pensamientos. Quién puede ver distintas cosas en una misma palabra, si no es a partir de que ha cambiado. Ah, difusa existencia, grisácea forma de ser, ¿cómo reclamar una claridad absoluta cuándo se está en medio de tonalidades existenciarias?

La literatura es un existencialismo impuro. No está hecha de una sola voz, tampoco de una sola mirada. ¿Cómo podría tener un cuerpo único, si está hecha de humanidad? ¿Cómo no confundirla con la filosofía, si la creación no deja de ser racional?
Habitemos un solo mundo, y terminaremos por morir antes de nacer a la palabra. Dejemos que el silencio nunca llegue, y creeremos que no existe. Los extremos no hacen extremos. Son meros acercamientos a la posibilidad del pensamiento. Y toda literatura, lo mismo que la filosofía, es un pensamiento en busca de un camino por donde salir o por dónde entrar. No importa si se va o si se ha llegado, el camino nunca deja de ser camino, el caminante nunca deja de avanzar hacia la muerte. La filosofía es vida, pero también muerte. Con el pensamiento filosófico mueren muchos pensamientos erróneos, falsos, inciertos. Lo mismo sucede con la literatura, con ella se van obtusas formas de entender la realidad.

Lo imperecedero es una quimera. La verdad es imperecedera. Los pensamientos son imperecederos. Los límites son imperecederos. Todo se aleja, incluso lo que se queda. Hasta el más mínimo no movimiento, implica un poder ser. La creación literaria y la reflexión filosófica hacen nido en el lector. Y el hombre nace, crece, sueña y se muere. El ser humano llega para irse. Se va para quedarse. Y ambas cosas (irse o quedarse) es seguir viajando. El hombre es el lugar en donde las palabras pierden su sentido original.

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