martes, 23 de febrero de 2010

La mañana del cinco

La nauyaca



La mañana del cinco

Las calles del centro de la capital amanecieron con la ausencia de sus alienados urbanos. La noche anterior una cerca metálica colocada por militares anuncia la exhibición del miedo.

Piezas modulares pintadas de verde acopladas forman dos largas filas paralelas a lo largo de las calles. Cada pieza hace las veces de puerta, se quita del ensamble un extremo y se permite salir de la zona centro, hay que deshabitarla unas horas. Los que indican son militares. Un grupo de hombres, vestido de oscuro, muestra sus armas discretamente en una esquina.

El comercio está cerrado. Los habitantes de las calles que rodean el teatro no salen de su casa. Para el que salió la expectativa del regreso se cumplirá hasta que termine el acto de conmemoración del constituyente.
La noche del cuatro la calle de Juárez estuvo plagada de uniformes verdes y sonidos metálicos. La mañana del cinco, dos largas filas de cadetes también hacen valla enfundados en uniforme de gala.

A lo largo y a lo ancho del país la fuerza del gobierno se mide con la fuerza de la delincuencia organizada. En el municipio de San Juan del Río han encontrado ejecutados. En la sierra gorda queretana un laboratorio clandestino donde se procesaba droga se desmantela. La capital queretana vive una relativa tranquilidad este día, un brazo de la seguridad nacional resguarda la visita del quien presidirá el acto que conmemora el termino de las sesiones del constituyente del 17 donde se discute y promulga la Constitución Política que rige la nación.

Entonces el desconcierto flota. Tres barreras en movimiento forman cercos concéntricos, el transito vehicular es lento y se congestiona. La misma ciudad es una barricada. Entonces el temor, el estar expectante a cualquier cosa que rompa con lo que en un supuesto está controlado.

Lo cierto es que la mañana de ese día, mientras más cerca del teatro, más ahogo. Desde la esquina del atrio de la iglesia del Carmen, detrás de la cerca, vi la valla de cadetes, miré, a unos metros, muchos hombres de corbata, entre ellos no distinguí al jefe supremo de la nación, no lo vi. Lo cierto es que esa mañana compartimos el miedo.

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