
Los espacios de los montajes (Segundo y último)
Retomo la apreciación de los montajes escénicos cuando sus reposiciones están sucediendo en espacios diferentes a los de sus estrenos, aunque en el caso de Edi y Rudy cabe la precisión de que fue estrenada en Caracas, Venezuela. Cuando apunto su estreno aludo al queretano.
Otra vez, honrando una de sus cualidades, sale a relucir ese ubicuo llamado Jean-Paul Carstensen con dos créditos por dirección y otro por actuación.
La reposición de La estación en El Túnel, de la Escuela de Laudería, ha conllevado cambios radicales para su apreciación. En la caja negra del foro del Museo de la Ciudad el escenario rectangular, con más boca que fondo, nos permitía ver el transcurrir de las tramas en el sentido de nuestra lectura, o al menos horizontalmente; las salidas iban precedidas de la desaparición de los intérpretes por alejamiento, los veíamos empequeñecer hasta que dejaba de estar a la vista. Cuando los personajes estaban apremiados por la persecución que ejercían y/o practicaban, había espacio para apreciar tal seguimiento, y angustiarnos o regocijarnos con sus éxitos y/o infortunios. La lluvia podía caer desde una altura infinita, capaz de perderse a la vista. Fufú podía salir disparado --pateado-- para perderse en cualquiera de los puntos cardinales. Entre la oscuridad –negrura-- del espacio y los colores neutros del vestuario, la blancura de los rostros, con su redonda nariz roja, concentra nuestra atención en su expresividad, en los gestos faciales están puestas las mayores posibilidades de intercambio con los espectadores, o por lo menos las primarias.
En el actual escenario, en la calle de Hidalgo, entre Allende y Guerrero, el rectángulo de El Túnel es estrecho –entre ocho o diez sillas en fila lo cierran-- y marcadamente vertical; uno no está frente al rectángulo, sino dentro de él. La blancura es resplandeciente, poco se exagera si se le ve enceguecedora. La bóveda ataja rápidamente la vista. Las salidas de los intérpretes resultan abruptas, casi intempestivas, como si se fueran por la ranura de una gran alcancía o tras las puertas de un oculto elevador. Fufú no vuela por los aires –aunque le estruje secretamente el corazón a una de las bailarinas--, y los aspectos tan capturadores antes apuntados poco resplandecen, o se advierten disminuidos. Hacia el fondo del túnel los actores dan la espalda y se van como cucaracha o roedor en fuga. En el escenario del estreno, después de la contrastación, éste figuraba en el elenco. El actual es un espacio de trabajo donde se busca no naufragar, que éste no se coma la dramatización. Ahora el apoyo de la sonorización se antoja más evidente, con mayor presencia; quizá la acción no alcanza a demandar mi total atención. La armazón de las sencillas tramitas con el tino de la gestualidad, particularmente el tiempo del ritmo, impiden el estancamiento de esta Estación que lamentablemente jueves y domingos no tiene un horario infantil.
En el Teatrito ‘La Carcajada’ casi todo corresponde a parte de su nombre. En la taquillita no me imagino que cupiera alguien de mayor talla que Mafer Monroy, aunque los precios no dejan de ser pequeños en comparación con el espectáculo ofrecido. Edi y Rudy se ven gigantescos, y no porque Carlos Casas y Jean-Paul físicamente lo sean. Con las sillas en el piso no queda más que levantar la vista frente al escenario con un metro de altura, que han dispuesto sobre el posible proscenio, acentuando la dominancia visual de los actores. Parece que estamos ante una carpota guignol. En La Caverna de la Casa de la Cultura, también en la calle de 5 de mayo del Centro Histórico de la ciudad de Querétaro, los personajes literalmente estaban en el piso, apenas encuclillados sobre unos banquitos que les facilitan el movimiento de piernas, como aquel títere llamado Don Facundo que tenía la cabeza de su creador quien con sus brazos hacía las piernas de su personajito. Tras la comparación, ahora aquel estreno queretano en 2009 lo apreciaría como teatro de calle metido a un espacio cerrado, casi, casi la pobreza cebándose en el teatro pobre. Esta percepción también la facilitó, y/o acentuó, la visión de arriba hacia abajo que teníamos el público instalado en los diferentes niveles --así sean tres-- de la pequeñísima platea de ese espacio alternativo.
El espacio, de apariencia de tenderete improvisado, era tan reducido que Rudy acabó incorporando los topes con la pared a su trama como personaje maltratado, moqueteado y baleado por Edi. Con el efecto pantallota de televisión, Edi y Rudy salen muy ganones en este teatrito los martes y miércoles a las 20:00 horas. Falta ver si al Barón Rampante se le ocurre dar un efecto de plasma, al fin que estos teatreros no dejan de acoplarle mangas al chaleco.
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