lunes, 10 de mayo de 2010

Perfume de Gardenias

Perfume de gardenias
Gabriel Vega Real

A pesar de que César era un gandalla, un día antes de morirse estaba inquieto. En la noche soñó que se le metía tierra en los ojos y que se desbarrancaba un camión materialista. Siempre que soñaba que se le metía tierra en los ojos alguien se moría. Después de varias caguamas trató de organizar sus pensamientos. No pudo entender el sueño del camión, lo que sí estaba claro era que alguien se iba a morir. Sentado en la banqueta, abrió otra caguama y le invitó un trago a Gardenia, regresó el casete y le subió el volumen al radio. Tomó las manos de Gardenia y la invitó a bailar en medio de la calle.
César amaneció con el rostro tan lleno de muerte, que Gardenia sintió lástima por él. Una lástima embarrada de pedazos del amor que le tenía.
César le pidió al oído que se casara con él. Estaba perdidamente enamorado de Gardenia desde que íbamos en la secundaria. Ella, que era la chamaca más hermosa de Barrio Norte, nunca perdió la esperanza de escuchar esas palabras. Pero ya era muy tarde. Unos días antes le entregó su tesoro a Nerón, todavía más gandalla que el propio César.
César casi podía beberse la respiración de la chica más deseada del barrio. En cada paso, en cada nota musical, en cada estrofa de la canción, Gardenia sentía la soledad de una ausencia que todavía no se cumplía.
Claramente oí cuando dijo César: “Entonces qué mi reina. ¿Nos comemos el tesorito o va a dejar que se le pudra?” La declaración le llegó demasiado tarde; Nerón ya le estaba buscando acomodo en la casa de unos tíos de Jalalpa, un barrio cercano a Barrio Norte.
Desde las diez de la mañana estuvieron tomando caguamas en la banqueta. Ya eran más de las ocho de la noche, cuando al terminar el baile, a César se le ocurrió que necesitaban un desempance.
No era difícil enamorase de Gardenia. Era una chica apiñonada, de ojos verdes y un ombligo tan perfecto que a César se le ocurrió decir que no la habían parido, que unos ángeles la habían desatornillado del cielo.
Al César lo que es del César. De no haber nacido en Barrio Norte, cualquiera pensaría que era un estudiante de la Ibero; de piel muy blanca y pelo negro, bien vestido y con un vientre tan plano que casi se le podían mirar las venas del estómago.
El clima se sentía muy denso. Parecía que el Barrio se preparaba a un velorio que todavía no comenzaba. César se sacudió la ropa y se fijó que el puñal estuviera bien seguro en su cintura. Yo estaba enfrente de ellos. Cuando los vi que estaban metiendo las botellas en la caja, oí los retazos de fierro del materialista que se había quedado sin frenos. El camión pasó dando maromas exactamente por donde ellos, hacía un rato bailaban Perfume de Gardenias. César jaló de la cintura a Gardenia y casi sintieron el polvo del camión cuando se desbarrancó a un lado de donde yo estaba sentado, viéndolos cómo danzaban.
Los fierros del camión aplastaron el radio y dejaron un regadero de vidrios en toda la calle. César se asomó a la barranca para asegurarse que el chofer del camión estuviera bien muerto. Eso le daba la tranquilidad de que ya no pasaría nada; ni un muerto más en todo el día. En cierta forma tenía razón; se murió un poco después de las doce de la noche.
Treinta metros abajo, el camión se veía como un cadáver; todo empolvado de muerte y tan retorcido que nadie se podría imaginar, que un rato antes, bajara con las manos del chofer tan pegadas al volante que parecía que lo quería detener con esos dedos tan rígidos y la mirada tan espantada. Una mirada que desapareció cuando la cabina lo aplastó en una de las volteretas. Hasta parecía que se había quedado dormido en un sueño tan empolvado que me dio la impresión que lo enterraron antes de morirse.
Ni César, ni Gardenia vieron la cara espantada del chofer; yo la vi porque pasó junto a mí, ellos nomás vieron que les apachurraba el radio y la caja de cervezas.
Todavía olía a polvo cuando me asomé a la barranca. Después de un rato, cuando César terminó de sacudirse el polvo del pantalón, se acercó a la orilla de la barranca y se acomodó otra vez el cuchillo en la cintura; fue cuando escuché que le dijo a Gardenia que había soñado que se le metía tierra en los ojos y que se desbarrancaba el camión materialista. Gardenia respiró profundo y, a pesar de que yo estaba viendo tanto polvo de muerte, no pude aguantarme las ganas de mirarle el ombligo. Me entró una excitación extraña. Era un hoyo perfecto, rodeado de una piel color moreno suave. Desde que íbamos en la secundaria nunca se lo había visto de tan cerca. Siempre que se iba a tomar cerveza a la orilla de la barranca me sentaba para escuchar su voz aunque fuera de lejos. Yo sabía todos sus secretos. Antes de que César se le declarara, escuché que se había comprometido con Nerón.
César fue el que me puso San Pedro como apodo, dizque porque lo negué tres veces. Hubo un día muy raro en que mataron a uno de nuestros compas; lo mataron así nomás porque sí. Yo iba llegando de trabajar y los policías sacaban a cuanta gente se les ocurría de sus casas. Se llevaron detenidos a César y a Nerón; les pusieron una chinga que para que le cuento. César declaró que estaba conmigo. Cuando los policías me preguntaron si eso era verdad, lo negué porque no era cierto. Me visitaron tres veces en mi casa y las tres veces lo negué. César estuvo detenido como un mes, hasta que agarraron al asesino. Al compa lo mató su papá. Así eran las cosas en Barrio Norte. César me puso una madriza y me dejó de hablar para siempre. Entre chingadazo y chingadazo, me gritaba que el día que mataron a nuestro compa, soñó que se le metía tierra en los ojos y, desde esa vez, siempre que soñaba que se le metía tierra en los ojos alguien se moría.
César me dejó de hablar para siempre y le ordenó a Gardenia que no me dirigiera la palabra
Ya empezaba a oscurecer cuando me subí a Alta Tensión, que es la avenida que pasa hasta arriba del barrio. Desde esa avenida se desbarrancó el camión. Me aburrí de tanta muerte que se levantaba del polvo de la barranca.
César atracó la vinatería; se jaló unas Cocas y dos botellas de Bacardí. Se volvió a acomodar el cuchillo en la cintura y se metió con Gardenia a la casa de Nerón. Yo me compré una pachita de tequila. Me senté en la banqueta de Alta Tensión a echarme unos tragos. Quería ver a Gardenia, ver si le podía mirar el ombligo aunque fuera de lejos. Adentro de la casa, Nerón afinó la guitarra y empezó a cantar Perfume de Gardenias. Después pusieron un disco y agarraron otra vez la guitarra y la cantaron César y Nerón, luego la cantaron los tres y así estuvieron hasta cerca de las doce de la noche.
De repente me regresaba la excitación de cuando le vi el ombligo a Gardenia. Me daban ganas de entrar a la casa y decirles que no los había negado, que nomás había dicho la verdad, pero en el barrio sentencia dictada es sentencia ejecutada. Me retiraron el habla y eso fue para siempre.
Un poco antes de que pasara la última julia, me di cuenta que faltaban cinco minutos para la media noche. El día estaba a punto de acabarse. Me escondí para que no me vieran los policías y, después de que pasó la julia, me volví a sentar en la banqueta. Ya me había acabado la pachita de tequila.
En la casa de Nerón se empezaron a oír los chingadazos. No sé, si porque Nerón le dijo a César que se había comido el tesorito de Gardenia, o porque César le dijo que le había tirado el perro.
La gente que comía tacos en la avenida se acercó a la puerta de la casa ya pasada la media noche, César salió escurriendo sangre por todos lados. Se embarró en la calle y cuando lo levantaron, vieron que traía tamaño agujero en la espalda. Yo estaba entre el montón de gente. César me miró antes de morirse, pero no pudo decir nada. Gardenia salió con Nerón pelando tamaños ojos. Ella se esperó hasta que se llevaron el cadáver, y Nerón se fue a esconder a la casa de sus tíos de Jalalpa, donde pensaba vivir con Gardenia, de donde lo sacaron los judiciales y le dieron tamaña madriza que lo mataron y lo fueron a tirar en la barranca.
Gardenia despedía un olor muy excitante cuando se le embarró la tristeza en las mejillas; olía a ombligo de piel morena suave y a muerto. No me lo va a creer, Vega, pero nadie se dio cuenta cuando le saqué el cuchillo que traía escondido en la cintura y se lo dejé ir tan despacito, que parecía que se estaba sumiendo en mantequilla.
A pesar de toda mi paciencia, de todos los años que esperé que me volviera a hablar, Gardenia nunca me regresó la palabra: cumplió la sentencia dictada en Barrio Norte.
Después de muchos años, lo que dice la canción: Tu cuerpo es una copia de Venus de citeres que envidian las mujeres cuando te ven pasar. No quedó nada. El ombligo se le escondió entre el montón de capas de cochambre que se le juntaron en la panza. Gardenia nunca se casó pero tiene nueve hijos y un puesto de tamales en la banqueta donde lo judiciales tiraron a Nerón y se tomó las últimas caguamas con el César. El mayor de sus hijos, es el más gandalla del barrio. Al César lo que es del César. De no haber nacido en Barrio Norte, cualquiera pensaría que es un estudiante de la Ibero; de piel muy blanca y pelo negro. Bien vestido y con un vientre tan plano que casi se le pueden mirar las venas del estómago.

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