lunes, 26 de abril de 2010

Lo que el pensamiento insiste en recordar

Hoy es un día de esos, en los que el pensamiento insiste en recordar, lo que la vida insiste en olvidar. Son las once de la mañana. Hace un rato bajé a rebanar la mitad de la papaya que me regaló mi vecina. Tiene un diminuto huerto en el jardín de su casa. La semana pasada mandó podar su arbolito; no asoman por la barda los limones. Estoy ayuno de té de hojas y agua de limón. Ahí, en ese pequeño huerto está la vida real; en mi despacho la fingida, la que el pensamiento insiste en recordar, aunque la vida insiste en olvidar. Desde la ventana veo que asoman unas hojas tiernas, los limones todavía no se ven, pero se adivinan.
Antes de bajar a la cocina encendí la computadora. No tengo ánimos de ir a pagar el recibo del teléfono, no me importa que me hayan suspendido el servicio. Deseo estar incomunicado, pero no lo estoy. Apagué mi celular, no quiero oír la voz de nadie, ni siquiera me anima saber que ayer, a las cuatro de la tarde, conseguí un nuevo jardinero para que trasquilara el jardín y le cortara el pelo a los setos, como lo hace la peluquera con el mío en la estética de Ezequiel Montes. No me preocupa saber el sustantivo que le han dado a la palabra estética, que es una rama de la filosofía, del pensamiento. En otras circunstancias, si tuviera servicio de Internet, ya estaría buscando la sustancia de la palabra en la red, pero no me importa, cuando menos en este momento. No estoy incomunicado, aunque lo deseo, la memoria insiste.
Una vez que se han enfriado los recuerdos, es el momento de tomar el lápiz y empezar a garabatear los pensamientos.
No pienso entrar en detalles de lo que me mantiene congelado en el despacho. Tal vez sería mejor dormir, para que no se moviera nada, con las ventanas cerradas, como si no existiera el viento, con las puertas cerradas, para que no se meta el ruido, sin embargo algo me despertó a las diez de la mañana. Un sueño pequeño pero poderoso como un trueno. En este momento sé que mi granjita de FarmVille está siendo fertilizada por alguno de mis diez vecinos. Tal vez haya que darle de comer a las gallinas o cosechar las parcelas que dejé sembradas, es probable que algún árbol haya madurado, no sé, porque no quise pagar el recibo del teléfono. No tengo Internet, pero desde la ventana del despacho se ve la silueta de mi vecina regando el árbol de limón y el palo de papaya. Por momentos me quedo pensativo, como queriendo agarrar una sonrisa del silencio tan espeso. No voy a entrar en detalles. El sueño me despertó como si hubiera visto un muerto en el espejo.
No son detalles, son recuerdos. Empezaré por el final. No tenía otra obligación que la de jugar futbol y de estudiar. Después de la muerte de mi hermana me corrieron de la escuela. Aquí empieza ese final: Llegué caminando a la Catedral Metropolitana, no me permitieron hacer los exámenes finales de primero de secundaria. En el camino de regreso del internado a mi casa saqué una libreta y una pluma, anoté las calificaciones de todos los exámenes parciales. En dos de las materias necesitaba una calificación mínima de seis para acreditar el curso, pero no me autorizaron presentar ningún examen. Mi única obligación era estudiar y jugar futbol. No voy a entrar en detalles respecto a que me corrieron sin explicaciones. En el camino le ofrecí a Dios que si acreditaba el primero de secundaria me iría a la Catedral a pie. No esperé, decidí chantajearlo con mi promesa antes de recibir la boleta de calificaciones. Un grupo de mujeres cantaba una canción sacra; lo recuerdo perfectamente: “Entre tus manos está mi vida, Señor. / Entre tus manos / pongo mi existir. // Hay que morir para vivir / Entre tus manos / yo confío mi ser.”
Me mantuve en la Catedral hasta que las mujeres terminaron de confiar su ser al Señor. Caminé de regreso a mi casa hasta que la Avenida de Los Misterios se adelgazó para ensanchar Paseo de la Reforma, hasta que Reforma murió para que naciera Avenida Revolución, hasta que Revolución se deshizo para entrar a Tiziano, la calle donde sacábamos a pasear al perro. Las estrofas de la canción eran tremendas: “Hay que morir para vivir.” No lo entendía, hoy tampoco lo comprendo, pero lo presiento. Al llegar a mi casa, después de que el perro atravesó el pasillo y dio varios ladridos para recibirme, sucedió el primer milagro. Alguien abogó por mí y me regalaron los seises que necesitaba. Mi mamá recibió la llamada por teléfono, me dijo que podíamos ir por la boleta en dos semanas; el milagro estaba realizado, aunque hoy, después de tantos años, no sé qué tanto les hubiera importado a mis padres que reprobara el año. La muerte de mi hermana todavía era una cicatriz muy tierna. Milagros como este se sucedieron durante toda mi vida; no pienso entrar en detalles, de lo que estoy seguro es en un sueño, como un trueno, que me despertó a las diez de la mañana.
Mi primer milagro sucedió para apaciguar el duelo de mi casa, fue sólo para eso. Cuando regresé con mi boleta de calificaciones, la arrumbé en cualquier cajón y me dediqué a conocer todos los jardines y las calles cercanas a mi casa hasta que, caminando por las calles me aventuré a rehacer la Avenida Revolución, la que se deshizo cuando fui a pedir mi primer milagro. Ya habían pasado varios años. La cicatriz por la muerte de mi hermana maduró. En el momento en que la Avenida Revolución agonizaba y se adivinaba el parto de Paseo de la Reforma, sucedió el segundo milagro. En una escuela nocturna que transpiraba a barrio bravo, la muerte de mi hermana cicatrizó aunque no pudo sanar, tal vez porque la muerte la alcanzó muy niña y no supo que hay que morir para vivir.
Ya son las ocho de la noche. Cerca de las dos de la tarde me asomé a la calle. No vi a nadie, puse el rehilete para regar el césped trasquilado, arranqué algo de hierba y me sacudí los zapatos para no meter pedazos de cadáver de pasto a mi casa. No pude olvidar el sueño; el pensamiento insiste en recordar lo que la supervivencia insiste en olvidar. El sol de primavera es muy largo; la noche se enterca en empezar. No voy a entrar en detalles. En el sueño que fue como un relámpago, el rostro del espejo se comía mis intestinos. En este momento debo hacer una pausa, acaba de sonar el teléfono, alguien, que mañana sabré quién es, pagó el recibo que yo no quería pagar. Una luz verde me advirtió que Internet ya está reactivado.
Después de nueve horas, de abrir varios libros y no poder pasar de la primera letra, de asomarme en la ventana, de encender un montón de cigarros y dejarlos que se consumieran solos, y de no poder arrancar la imagen de mi sueño; de vivir lo que el pensamiento insiste en recordar y la supervivencia lucha por olvidar, retiré el rehilete de la llave y descubrí el milagro. En la cresta de la barda, la que da al minúsculo huerto de mi vecina, la que me regaló la papaya, se asomaron un par de hojas y un limón recién nacido. Abrí Facebook y me encontré con tres regalos para mi granjita de FarmVille; eran tres pingüinos: uno de mi vecino Roberto, otro de su esposa Velia y el tercero de una amiga escritora que nunca va a leer esta confidencia. Mi siembra había madurado por completo y los arbolitos de limón amarilleaban de maduros. En la barda del jardín se asomaron las hojas y el limón recién nacido. Alguien, que no sé quién sea, terminó de construir la mansión de mi granja. El establo todavía está en espera, me faltan seis herraduras, cinco tabiques y tres arneses.
En este momento, una vez que la supervivencia logró separar lo que la memoria insiste en recordar, otras cosas me preocupan. ¿Estará bien tomar una foto de mi granjita de FarmVille para ponerla en mi perfil? O escribir que hay que morir para vivir, no sé, tal vez hay que morir para olvidar que el rostro del espejo se comía mis intestinos. No voy a escribir nada en mi perfil de Facebook, trataré de dormir con el pensamiento de que las parcelas de mi granja de FarmVille florecieron, de que mis amigos le dieron de comer a las gallinas y de que los pingüinos están a punto de parir tres cubos de hielo para congelar los pensamientos de mi sueño de las diez de la mañana.

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