Oscar Salas
Fue inaugurada en el último año de la administración de Rodolfo Valdez Mora, último también del gobierno de Rafael Camacho Guzmán. En la Casa de Cultura del Pueblito el contador realizó su último acto como presidente municipal: despedirse con gratitud de colaboradores y representantes de la ciudadanía. El discurso de una cuartilla que le preparé al señor Valdez lo publicó íntegro el profesor Manuel Guevara, subdirector del periódico Noticias. Si alguno de los actores de Malinche, la identidad rota había nacido difícilmente pronunciaba alguna palabra completa y medianamente comprensible. Tras más de cuatro sexenios la Casa parece intacta, como regalo sin desenvolver, lista y expectante de la cultura para un Pueblito sumamente transformado y en transformación –el apelativo alude más cariño que dimensiones--. Desde ahí se estaría inaugurando, o iniciando actividades no-virtuales, RetroArte, actualmente con la obra del jalisciense Efraín Franco Frías, a quien se propone traer a lares queretanos.
La noche del estreno, el viernes 5 de marzo, fue de pipa y anteojo, o casi. Las mujeres con elegantes vestidos de noche, las que menos una delicada chalina, el joven director de severo y dignísimo negro, algunos caballeros transpiraban loción; además la actriz y empresaria cultural celebraba un nuevo año de vida; se preparó para salir a bailar después de la función; el ánimo encumbrado, con el aplauso retumbándole en la cabeza y saliéndosele a través del brillo de los ojos.
La sobriedad del espacio escénico, quizá 6 x 5 metros, casi desanima, más a la vista de los letreros de los servicios sanitarios. Los músicos compiten o comparten un extremo de la primera fila. De entre esas apreturas saldrá Malinche (Lily Sigie) entonando una composición de Gabino Palomares, demasiado escuchada para no establecer comparaciones en las calidades vocales. Previamente la época precortesiana ha quedado señalada por una breve escalera, casi oculta por el perfil de una cabeza de Quetzalcóatl, y el inicio de la acción, un indio, quizá un guerrero, por los actos enérgicos y violentos que ejecuta aún sin armas, más que por el atuendo. Al volverse hacia el público, la fuerza gestual del actor Miguel Molina confirma esta impresión. La escenografía está construida en gran parte por medio del vestuario sumamente sobrio, de una sencillez llamativa, quizá precisamente por no ser deslumbrante. La uniformidad ocre-mate de las paredes permite el lucimiento de los predominantes blancos de los huipiles, principalmente, aunque no está ausente el color naranja. Las líneas de los vestidos, la caída de las texturas representan un armónico donde contrasta el volumen garigoliado del atuendo del Conquistador (Jorge Guerrero) a quien el director, Javier Sánchez, le ha puesto unos momentos estatuarios de enorme exigencia física. Un acierto, no buscado al decir de Monserrat Ramírez Castillo, es el parecido de las actrices, pues ambas interpretan a Malinche –I y II señala el dramaturgo--, casualidad que facilita el seguimiento de la trama por la que transcurren diferentes facetas de la vida de la protagonista, misma en la que se encuentra inserto nuestro mestizaje. Los parlamentos más que relacionar a los personajes, sirven para exponernos una historia, y una reflexión de los personajes acerca del momento que vivieron. Modular, darle tonos al discurso para que no resulte recitativo, reclama hondura en la formación y entrenamiento actorales. Seguramente con el paso de las funciones el cura Bartolomé Olmedo dejará de cecear algunas eses. Está en la creatividad del autor transportar casi quinientos años para desembarcarlos en este siglo XXI.
En Malinche, una identidad rota está presente el determinismo del destino ineludible, tan proverbialmente recordado en nuestra cotidianidad, reiteración que a cierta altura de la vida aburre. En cambio otra propone la reflexión no concluida, que por lo mismo representa la vigencia de la obra, por ejemplo en el tema de los orígenes: Yo te salvé Cortés de la miseria, de tus capitanes, de los aztecas, de tus confusiones, pero España te hundió para siempre en sus mitos y te despojó de mi memoria. Perdiste todo, me diste un hijo bastardo y en cambio yo te di un imperio. ¿A qué salvación alude Malinche? En Tlaxcala te formé ejércitos aliados y te salvé de la zozobra. En Cholula descubrí las conjuras y en México Tenochtitlan fui la lengua puente entre los dos imperios. En Otumba rompí las flechas que te amenazaban y te limpié la sangre con mis manos. ¿Traicionó Malinche, a quién? Yo no traicioné a nadie, su sangre no era mi sangre. El odio mató al imperio. Ustedes señores del Anáhuac sembraron su propia destrucción, opresores de cientos de señoríos. Yo no soy la culpable de su odio, de su hambre, de su dolor centenario. Moctezuma, yo no soy de tu sangre, soy de Painala, un señorío más, explotado por tus garras. No me acuses de traición. Odié a los aztecas pero ¿acaso no es normal odiar al que nos oprime, al que desmadeja nuestros sueños? ¿Por qué habría de servirlos? ¿Por qué habría de ayudarlos?, ¿Por qué habría de amarlos? Ni una flor, ni un grano de cacao, ni un puñado de maíz, ni una sonrisa fraternal tuve de ellos, sólo fui una tributaria más. No lloré por la muerte de los aztecas sino por la muerte de los cantos, por la destrucción de las flores... Encontramos la confundida indeterminación del mestizaje desde la bastardía. ¿Cuál es mi verdadero rostro? Soy Martín el niño color tierra, el hombre con pasamontañas, el narcotraficante hecho corrido, el arco y la flecha, la cruz y la espada, soy el verso sin rima, el poema inconcluso. También recibimos el embeleso por la ineluctable feminidad ofrendada: Eres Malinche mi tributo de guerra. A tus 12 años calentarás mi cama. Levántate y trae la flor del cacao. Asa la codorniz, prepara el chili, enciende el braserillo y quítate el huipil. Quiero libar tus labios de vainilla y miel silvestre. Deja que mi colibrí anide en tus entrañas. Dame tu cuerpo de hierba torcida en el muslo, dame tu capullo que amanece. Tu cuerpo huele a hierba, a mar, es suave como las caracolas. Tu lengua es un canto de pájaros, y tu boca sabe a chocolate vespertino.
lunes, 22 de marzo de 2010
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