LEGOM poeta de la negación
Por Luis Alberto Arellano
Que Luis Enrique Gutiérrez Ortiz Monasterio (Jalisco, 1969) es más conocido como LEGOM, que es el dramaturgo mexicano más conocido e imitado de la última década, son hechos de sobra reseñados. Menos lo son los motivos que están circulando por su obra y que tienen que ver con una situación particular: LEGOM es antes que un dramaturgo un polígrafo: ha escrito novelas, un libro de cuentos publicado en Tierra Adentro (Sirenas de escama gris, 1992), un cuadernillo de poemas (Obra poética I, Sangremal/ Cuadernos de Crótalo, 2000), una gran cantidad de artículos dispersos tanto sobre dramaturgia, como sobre políticas culturales, defensa de los Derechos Humanos, como sobre narrativa y poesía. Su formación comenzó con la narrativa: el cuento y la novela. Pero donde alcanza mayor tensión lo que luego será su voz reconocible es en los poemas de Obra poética I.
Dos ejes cruzan estos poemas: la indagación sobre el lenguaje y sus recursos (desestructuración de la sintaxis, opacidad que multiplica los sentidos, disipación del yo lírico a favor de una voz en primera persona pero profundamente enrarecida); y la indagación sobre lo humano. La aparición de personajes que relatan algo de lo que somos todos y que dejan en claro que en los márgenes de la experiencia humana hay un aprendizaje y una verdad que a todos toca:
Para qué quiero que me llamen hombre
si solamente soy una hoja negra
arrancada de ese árbol negro
que crece entra la hiedra de mi vida negra.
El primer recurso que llama la atención y que será una constante en su trabajo dramatúrgico es la sonoridad de la enunciación. No hay límites en el sonido del verso. Tanto recuerdan vagamente a formas clásicas (las asonancias ayudan a configurar una aparente regularidad) como se busca una pretendida verbalización cotidiana. El sonido del verso, y la coloquialidad artificial (paradoja evidente) son un recurso aprendido en la poesía confesional norteamericana: Lousie Glück, Phillipe Levine, Gary Soto. De ahí el extrañamiento ante una enunciación que se pretende simple y sapiencial, pero que está recargada de sentidos contrapuestos, negando así su fragilidad verbal. Me parece interesante que aunque poetas de su generación optaron por evidenciar esta falsa enunciación (José Eugenio Sánchez, Ángel Ortuño o Juan Carlos Bautista), los caminos para abordarla fueron muy distintos. Mientras en el resto de poetas nacidos al final de la década de los sesenta la tentación, o la franca aceptación, del discurso pop (en su intentona de dotar al poema con referentes venidos de los medios masivos de comunicación) fue casi generalizada, LEGOM optó por un enrarecimiento del discurso vía el modelo de la traducción. Escribir como si se tradujera de otro lengua, forzando la de llegada para lograr un acercamiento a la expresión en otro idioma.
El otro aspecto a rescatar es el evidente interés en conciliar el proyecto fallido de la modernidad (la creación de un ser humano racional y libre de los atavismos medievales) con las evidencias de la ruptura del orden vertical del mundo:
Esos que no hablan pero están
en las tragedias de Eurípides y no dicen palabra pero están
regocijados de ver al hombre tropezar
más de una vez sobre su propio palio están
aunque no hacen ni dicen ni sienten ni derrocan
Siempre sus personajes son perdedores, marginales que están buscando el momento oportuno. Ahí está el interés en ese proyecto perdido de la modernidad, aquellos que quedaron rezagados en la partición del mundo, confrontando en su sordidez, enfermedad y estulticia a una clase media que pretende la movilidad social como una oportunidad de fuga. Estos personajes, con su verbalidad descoyuntada, su hambre de triunfo y su esperanza inútil develan que la oportunidad de superar un entorno hostil es algo negado.
martes, 9 de marzo de 2010
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