Por José Martín Hurtado Galves
Estaba a punto de pensar en la felicidad, pero entonces recordé el olvido. Ese olvido que es constante recordatorio de nuestra infinita, pero mortal memoria. No había olvidado algo, lo había recordado a través del olvido. El olvido es un recuerdo punzante. Fatiga inconclusa de una existencia que está condenada a recordar para soñar que nada cambia. La idea de lo constante es una ilusión que no deja de atraparnos. ¿Cómo salir del laberinto que es materia de esta realidad inasequible?
Podría voltear hacia otro lado, para ver si algún objeto viene en mi ayuda. Un objeto que distraiga mi atención, obligándome a recorrer su piel inerte que también es polvo. Pero no, los objetos están ocupados en su propia no-realidad. En todo caso, cada quien debe proveerse de su realidades alternas, suficientes como para poder soportar días como éste, donde la felicidad no acaba de pensarse.
¿Y si fuera la felicidad la que no se puede pensar como fragmento? ¿Si sólo fuera cuestión de una sensación poco desarrollada? ¿Una resistencia de la totalidad a la parte que aniquila la idea como perfección? ¿A qué le llamamos felicidad? ¿Qué tipo de fantasma es la felicidad que siempre acaba por irse de nuestras manos? Las imágenes no dejan de ser palabras hecha de tinta cotidiana. ¿De qué está hecha la felicidad?
Entre una realidad y otra realidad, el pensamiento como felicidad. Todo es posible en la medida de los sueños. Pero soñar cuesta mucho. Se necesita estar consciente de la irrealidad como salvación. Dios mío, soñar para despertar. Despertar para comprender la diferencia que también somos. Soñar, soñar, el olvido huele a papel. Después de todo, la palabra que podría ser la salvación no deja de ser también imagen.
Difuso, todo se vuelve difuso. Provocación ontológica como pérdida de la idea primigenia del ser. No hay existencia sin posibilidades múltiples, la no existencia es una posibilidad más. Constantemente nos estamos confirmando a través de la palabra. En cada receso de la realidad, aparecemos como sujetos literarios, analógicamente literarios. ¿Podríamos ser racionalidad sin el olvido como recurso?
No puedo seguir pensando si no tengo presente al olvido. Tengo que recordar a la palabra que me hace aparecer en este día. Una mirada, un paso, un suspiro, un brinco: movimiento infinito, sensación de no existir. Desde el escondite en que está mi pluma, no existo más allá de la apariencia.
La fenomenología puede ser refrescante cuando se tiene sed de la imagen que no acaba de llegar: la imagen perfecta, la que está y no está; la que nos hace aparecer. La imagen objeto que nos hace ser sujeto de nuestra propia mirada. Ver las cosas a través del espejo. Dejar que su materialidad corra por nuestros pensamientos y nuestros olvidos. Dejar que sea lo que tenga que ser, lo que no existe. Partir del reconocimiento que hemos formado en dudas falsas y verdades a medias. Todo es cuestión del espejo. Vemos a través de él para observarnos. Avanzamos a tientas por los resquicios del ser metafísico. Hoy estamos viéndonos, mañana apenas si podremos imaginarnos.
Enhebrar el hilo no es cosa fácil, hay que atravesar el intelecto que hace a la realidad distante. Podemos ir hasta donde la palabra ha llegado, pero siempre será una ilusión. La condena es estar aquí, en esta otra palabra, detrás del espejo, la que nos trae el olvido y nos arroja a la posibilidad de existir en un mundo por demás existenciario.
Hay muchas formas de irse, el silencio es una de ellas. Pero el silencio también nos trae de vuelta. Nos arroja a la vorágine de la palabra. Entonces quedamos desnudos, ante una luz que irisa. ¿Dónde queda pues la felicidad? ¿Qué tipo de felicidad es la que se construye sólo con absolutos? ¿Acaso podemos dejar de lado la fragmentación que también somos en la palabra y el olvido? Recuerdo que no soy feliz, entonces empiezo una vez más la búsqueda de mi ser, una búsqueda inútil, pero necesaria.
Volví a recordar la luz, pero ya era demasiado tarde, estaba hecho de oscuridad. Las cosas no pueden ser más diferentes de lo que no son. Toda realidad es literaria, y toda literatura es existencial. Las cosas no son como son solamente. La realidad no se subsume en otra realidad. Es el sujeto literario quien alza la voz para aparecer en el olvido. Que aparezca el olvido, que aparezca, que llegue una vez más para no desfallecer en la terrible realidad del absoluto.
Desde la otredad, la mirada se llena de inquietud. ¿Hasta dónde llegan las miradas que son sólo miradas? ¿Hasta dónde llegan las que no tienen esta existencialidad fortuita? Posiblemente en remolinos de ápices, levanten la voz. Pero ¿cuánto puede durar la realidad así?
El olvido es necesario para aprender a recordar. La memoria amenaza la libre imaginación. Una duda puede ser suficiente para levantar de nuevo la torre de Babel. ¿Está ahí el infinito? ¿A dónde nos puede conducir la ida de perfección? ¿Es la felicidad una idea perfecta? ¿Podríamos vivir con esa idea a pesar de vivir en este mundo por demás fragmentario y absurdo? Inquirir por la resurrección de la palabra. Pedir por su restauración continua. Que nunca acabe de llegar. Que siempre esté en el camino que nos hace humanos. Aventurarnos hasta su materialidad continua, hace posible la idea de la felicidad, pero todo recuerdo es un ser sentenciado al olvido. Que la memoria no eche raíces demasiado profundas en nuestra fragmentación de ser felices.
martes, 16 de marzo de 2010
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