lunes, 29 de marzo de 2010

De alguna manera

Gabriel Vega Real

Hay historias paralelas.

* De alguna manera debo decir que hace unos días mataron a uno de mis inquilinos en la Ciudad de México. La noticia fue brutal. Federico, mi amigo del alma —que me perdonen los puristas—, me dijo en la carretera: Huele a muerto. No sabíamos si en realidad olía a muerto. Al tomar una curva nos encontramos con un camión accidentado; las patrullas de la Federal de Caminos nos previnieron de la volcadura antes de verla de reojo. A nuestro regreso el olor a muerto persistía. Tratamos de sacar conclusiones sobre el olor a muerto, sin embargo no llegamos a ninguna. Es probable que los muertos no huelan; tal vez se huele el miedo de la muerte. Íbamos con la idea de visitar a uno de sus amigos; los pintores. Desde aquí, desde lejos, le debo decir a mi amigo; hay veces que el periodismo se vuelve de carne y piel; de hueso y carne. Qué gran enigma. ¿Crees? Me dijiste huele a muerto antes de que la carretera se ensanchara y se abriera la Puerta del Cielo. ¿Te acuerdas?
Me decías que un artículo se termina cuando el editor le pone punto final o en el momento en que deja de pagar el dominio de una página. Mi querido amigo. No sé qué decir. Hubo muchas cosas en qué pensar. Eso es maravilloso. Festejamos el cumpleaños de Romina; hablaron de cuando Eduardo Milán me quiso minimizar, eso no me importa. Mi muy estimado amigo; tenemos cosas más importantes en qué pensar; por ejemplo, en cuando, después de encarnar a Los de abajo, a La Pintada se le estancó el diálogo. La actriz debía decir: Mátame tú, Anastasio. Se quedó muda de tanta gente. El público es mucho cuando no se sabe en qué pensar. Y, aunque no siempre sea mucho, a menudo da mucho en qué pensar.
Voy derecho: Carlita me reclamó todas mis promesas incumplidas. El homenaje a mi gran amigo Rafael Blengio Pinto o a ella misma. No sé qué sea más brutal; si no hacer el homenaje a dos personas que admiro y son mis referentes o pensar que las ciudades sangran.
Apenas ayer que regresábamos de Cuautla, de la boda de mi sobrino Marcos, Germán, mi hijo, recibió un mensaje en su celular: Gallos Blancos iba perdiendo en el partido de futbol en Ciudad Juárez, una ciudad que sangra y huele a muerto; tal vez huele a miedo. Encendimos el radio para sintonizar la transmisión del juego, pero nos encontramos con una noticia distinta a la que esperábamos. Monterrey sangraba las noticias de que dos estudiantes del Tecnológico había sido asesinados. Escuchamos la nota en la autopista de Cuernavaca, cerca de La Pera. En una curva distinta a la que lleva a la Puerta del Cielo de la Sierra Gorda Queretana, donde Federico dijo: Huele a Muerto. Quisimos hablar de otra cosa, o de otras cosas, pero no pudimos. El camino olía a miedo.
Hoy existe una trinidad que no es la divina; que es el misterio indisoluble de las tres personas distintas unidas en una sola esencia. El misterio inefable de la religión cristiana. Hoy las ciudades están heridas. Las ciudades son las personas, no las fronteras de las calles y los límites de la perversidad; esos límites que han rebasado los cánones establecidos. Las ciudades agonizan en un puñado de vicios que se han vuelto cada vez más sofisticados en esta tremenda agonía a la que hemos sentenciado a las ciudades desde que las hicimos que nacieran.
La sentencia más cercana y más lejana es la muerte; es la que le da esencia y significado a la vida. De la muerte nadie puede huir, es el destino final; la frontera de todos los caminos. Donde la perversidad se hace infinita es cuando las ciudades agonizan, cuando la lucha por la vida y por la muerte se hace inalcanzable. Las ciudades sólo sangran, pero no pueden alcanzar la redención de la muerte.
En esta agonía eterna se han pervertido los valores. Las ciudades están heridas de muerte, aunque no pueden morir ante la sofisticación que ha revertido el valor fundamental de la existencia; la vida. El día de hoy, los valores son el poder que se trata de conseguir a cualquier precio, el precio más alto es la vida. Las ciudades se han vuelto invisibles. No son las invisibles de Calvino, las ciudades están heridas y sangrando. Son las ciudades donde los gritos del poder se han adueñado de las vidas. Son ciudades que no se ven. Sobre de ellas se ha fincado el nuevo valor del ser humano, el poder a cualquier precio. No son una ciudad en específico, son todas las ciudades donde el hombre de este tiempo y el de todos los tiempos se ha encargado de herirlas de muerte. Las sentencia a la muerte desde que las inventa, pero las ciudades se niegan a morir. Son como un ser vivo de concreto que ha alcanzado un sentir muy cercano a la conciencia. Muy atrás quedó la Trinidad de todas las religiones: el Hombre, el Espíritu y Dios. Existe una trinidad que no es divina. Una trinidad que ha pervertido el sentido de la vida. No es la ciudad de hoy, es la ciudad de todos los tiempos. La ciudad del hombre, la que privilegia al monstruo de concreto; primera deidad maligna. La ciudad del hombre que privilegia al monstruo de la satisfacción por sobre todas las cosas. El asombro debe ser cada vez más grande, hasta que no quepa en los ojos y en las voces. El asombro de un balazo no basta, se deben dejar escapar ráfagas de muerte para que el asombro sea suficiente. Hasta aquí una dualidad, la del hombre, de la tierra y el asombro. Lo que completa la maligna trinidad, es que de tanto asesinar a la ciudad, hacemos que ésta se convierta en asesina.
Las ciudades sangran, agonizan, asesinan; otra trinidad que no es la divina de la tradición judeocristiana. Es la maligna trinidad plasmada en un la historia de este tempo y de todos los tiempos. El miedo se ha adueñado de las calles. Hasta muy lejos del asesinato se huele el miedo a la muerte o la muerte misma, —no sabemos con certeza cómo sea el olor —, no lo podemos decir porque lo desconocemos, aunque lo percibimos.
Cuando regresábamos de nuestro viaje a la Sierra Gorda me llamaron por teléfono. Veníamos de hartarnos de la sierra; de preguntarnos la razón de que todos los baños estuvieran encadenados y de qué por qué carajos la carretera olía a muerto.
Cuando regresábamos de bendecir la boda de mi sobrino Marcos, escuchamos la noticia de que Monterrey sangraba. No pudimos decir nada, el camino olía a miedo.
Existen peregrinaciones que no son la sentencia de los pensamientos; de los olores de la carretera o de las sensaciones del camino. Que me perdonen los puristas. Hay olores que se pueden sorber entre los entreveros de la sierra. De los árboles, de los pájaros dormidos en sus ramas.
¿Te acuerdas amigo? Del día que bajamos de la sierra y un poco después de Bernal, me dijiste que olía a muerto nuevo.
¿Te acuerdas Germán? Que veníamos bajando de La Pera y dijimos que la noticia era brutal.
No digan nada. Sólo que bajamos de la Sierra Gorda de Querétaro; de Tres Marías en la autopista de Cuernavaca; que los baños estaban encadenados y que nos montamos en los árboles, nos sumergimos en la falda de las nubes recién paridas de la sierra. Que la casa de Braulio Segura se asomó en el día recién parido, que bendecimos el matrimonio recién nacido de Marcos, mi sobrino, y que huimos de la sangre con que sangran las tierras de la tierra. Nos fuimos a la sierra para huir de las ciudades que agonizan.
No hay nada que decir mientras las ciudades agonizan. No hay nada que decir en el momento en que sangran, igual que un toro que agoniza. Digan lo que quieran. Pueden decir que Indios de Ciudad Juárez le ganó a Gallos Blancos o que no he cumplido mis promesas mientras las ciudades agonizan.

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