Aún sin entender está divertido
Concluyo con el señor Google que el Juego de Damas es un juego de mesa en el que dos personas se trenzan en un duelo de agilidad y rapidez mental para dejar al adversario sin fichas con que jugar. Quiero suponer alguna intencionalidad por parte de Oscar Liera –nacido Jesús Óscar Cabanillas Flores el 24 de diciembre de 1946 en Culiacán, Sin., muere el 5 de enero de 1990-- al tomar el nombre de este juego de tablero para una obra cuya representación se estrenó el jueves 18 de febrero en el Teatro Esperanza Cabrera de la UAQ. Me quedo con esta suposición porque no vi ninguna intencionalidad relativa trasladada a la escenificación. Fuera de algunas piezas musicales que fueron juveniles hace 40 años, y que muy bien cumple la funcionalidad de separar las escenas y/o espacios donde viven los personajes, me parece que Teresa Patlán, directora escénica, se propuso prescindir de referentes de tiempo y lugar, pero esta trama los necesita. La libertad de conciencia, el derecho a la disensión y su opresión institucional y/o dentro de las convenciones de convivencia, como lo apuntaba el autor sinaloense crítico del momento que vivió, tuvieron un lugar y un lugar: la séptima década del s XX en México. Me parece que esta escenificación necesita tal precisión referencial por lo menos para excluir complejidades en el posible entendimiento de la trama. Tales diluciones referenciales dejan la propuesta de Patlán en el señalamiento de la corrupción como un posible meollo. Pero ya está visto que son escasísimas las expresiones artísticas que no le vayan a la zaga. Para acoger y aplaudir este Juego de damas me queda el despliegue histriónico de los jóvenes intérpretes, aquí sí está la carnita de este montaje de Arteatral, Compañía Universitaria de Teatro. Los tres tienen varios personajes que resultan una pirotecnia difícil de desenmarañar en este teatro dentro del teatro, menos a partir del escueto programa de mano, sin embargo sus actuaciones marcan las diferenciaciones con loable acierto. En este tino está seguramente la mayor amenidad del espectáculo, y hasta desiste uno de no quedarse entrampado en un entramado que, por otra parte, ya sabemos sigue siendo el pan nuestro de cada día. Uno de los vuelcos más interesantes e impactantes de la trama sucede cuando la buenona de Mumú (Dulce Carmen A. Arana) deja de ser la bobalicona cesohueco que ha aparentado ser para revelarse como Silvia López, una muy competente y reconocida actriz de teatro griego clásico. La transformación va mucho más allá del cerrado de una cremallera exhibicionista; todo el lenguaje, y no nada más el hablado, da paso a una personalidad marcadamente opuesta. El cegatón empresario (Jorge Alejandro Franco Mercado), o algo semejante, más guiado por su rapacidad que por cualquier ruido/sonido en la borrosidad de su panorama, bien que mueve la tenebra mientras provoca, sin reparo, la hilaridad con su torpeza y tropiezos. Bien le vienen las pelucas a Cecilia Navarro Jiménez, pero no servirían tanto si a cada una de ellas no la acompañara la corporalidad que construye a cada personaje; el del muchacho baquetón y desbalagado aparece muy verosímil y divertido.
En fin, si dejo a un lado hurgamientos con pretensiones de algún entendimiento --¿qué pasó, qué vivieron los personajes?--, con este Juego de damas puedo pasar hora y media entretenido y asombrado. Tampoco en la atemperada tensión de Las Ubarry que adaptó y dirigió en noviembre y diciembre de 2001Leonardo Cabrera, con Denise González (la hija) y Andrea Herrera (la madre), advertí la caústica crítica social que los comentaristas me dicen caracteriza la dramaturgia del contestatario Oscar Liera, aunque sí una constaté una ambientación psicológica de soterrada rivalidad y manipulación en aras de la vanidosa preservación de una supuesta estirpe.
Quizá nuestra actualidad para ser criticada demanda una causticidad más lacerante. Tan solo en niveles de corrupción pública no habíamos alcanzado la primacía que hoy muy meritoriamente podemos ostentar. Pudiera ser que hoy tal crítica requiera ser más especializada, dada la propagación y diversificación de nuestro deterioro individual y colectivo. Una crítica para nuestro suceder institucional, y otra para la convencionalidad de nuestra convivencia, aunque tal distinción y/o separación sea más para su posible tratamiento. Quizá tanto ocupa la corrupción pública nuestro espectro, que hacia ella esperamos ver encaminada la reprobación que llamamos crítica, desviando la vista y/o atención de otras descomposiciones o disfuncionalidades. Quizá el ensanchamiento de esa franja cínica de las omisiones y trasgresiones éticas que no trasgreden la legalidad, expliquen tal focalización, así sea instintivamente, aunque retiren de los programas educativos materias formativas y/o organizativas del pensamiento, esas archivadas como humanísticas.
lunes, 1 de marzo de 2010
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