Por los caminos del sur
Gabriel Vega Real
Al finalizar noviembre de 2007, después de un fin de semana apacible, me encontré con una sorpresa. Aproveché los días de reflexión para visitar a mis muertos, ir a la iglesia y pedirles que no me abandonen por completo. Platiqué con mi padre, que hace años falleció; él encabezó la lista de mis difuntos. Al salir de la iglesia sentí que me había reconciliado con mis parientes y amigos que ya andan por otros espacios. Soy mucho de tomar el auto y salir hasta donde termine la gasolina.
Me encanta el aire, la carretera y las comidas en los paraderos. Iba con la idea de saborear un plato de cecina acompañado de frijoles hervidos con epazote, o un par de sopes recién salidos del fogón con un huevo estrellado. En la noche, cuando preparé mi maleta, pensaba en el olor a ocote, y en la carretera como si el pavimento fuera un pensamiento muy extendido. Antes de salir de mi casa me asaltó un presentimiento, recordé que uno de mis amigos, antes de salir a cualquier viaje, le encarga su perro a la vecina y le pide al cartero que no deje la correspondencia en la puerta. Dejar las cartas en la entrada de la casa es como decir a los hampones: Está sola la casa, entra y llévate lo que quieras, al cabo que voy a tardar un buen rato en regresar. Sentí que debía tomar mis precauciones —nunca se sabe– caminé con decisión a la puerta de mi vecina. Pensaba en las precauciones de mi amigo. Le pediría que... me acordé que no tenía perro y que me acababa de cambiar de casa. Toda mi correspondencia llegaba a la casa que dejé. Regresé apenado. Los seres humanos traemos esa cosa que se llama vergüenza a flor del pensamiento. Nos preocupa lo que pensaran de nosotros aunque nadie nos mire, aunque nadie se dé cuenta de nuestras vergüenzas.
Salí muy temprano. Aventé la maleta en la cajuela y le pedí a Dios que me llevara a donde Él lo quisiera. Me llevó a la iglesia; a la misa de seis. Únicamente estaba el sacerdote, tres ancianas, el olor de los cirios, un par de dolientes que acaban de sepultar a sus muertos, los monaguillos y yo. La iglesia todavía sonaba a la conmemoración de Los Fieles Difuntos. Empecé a sentir la extrañeza que se siente cuando se sepulta a los muertos. Ahí, entre las ancianas, los dolientes y el olor de los cirios, inicié la reconciliación con mis muertos. Sentí que al tomar la carretera, siempre iba a buscarlos. Cuando el camino se miraba más extendido, más se extendían mis pensamientos. No estaba consciente de ello, lo supe en el momento en que Dios me llevó a una iglesia casi vacía. Salí mucho después que las ancianas, que los dolientes y de que el olor a cirio se terminó de deshacer entre los muros. Manejé rumbo al sur. Hice parada en un pueblo donde todavía se respira comida hirviendo con leña. Caminé entre algunos puestos que presagiaban Navidad. Viajé por pueblos paralíticos; disfruté el aire de la carretera que se resbalaba de los cerros y daba la impresión de que caía del cielo. Después de contagiarme de tanta reconciliación escuché las noticias; las noticias que me niego a ver y oír en la televisión. Una parte de México se estaba ahogando muy cerca de Chiapas. Las presas reventaron, la gente iba a atender sus asuntos a nado o en lanchas. Los supervivientes dormían en poblaciones rodeadas de agua. Al escuchar las noticias en el radio de mi carro, me dio la impresión de que eran hombres lagarto. Ancianas escapando de sus casas por las azoteas, niños viviendo en el último piso de algún edificio.
México estaba triste; ese México maravilloso que a principios de noviembre festejó la muerte, en Chiapas luchaba contra ella. Ese es el contraste de mi tierra, millones se congregaron para orar por los paisanos chiapanecos, por los que vivían en las riberas de los ríos y se quedaron sin maíz y sin agua para beber, por incongruente que parezca. Un México maravilloso hizo fila para enviar comida, medicina y oración por la gente atrapada en esos pueblos de agua. Tabasco y Chiapas se estaban muriendo de agua. Fue una guerra en contra del agua: la guerra más bella de todas las guerras. Eso sucedió en México, el México del hombre, el México de todos los tiempos. Una guerra que se ganó con oraciones, como debieran de ganarse todas las guerras. Este es el pueblo mexicano que tanto amo, este es el pueblo de mis muertos, de mis padres, de mis amigos, de mis hijos y de mis hermanos. El pueblo de la mujer que amé tanto tiempo, de la mujer que amo. El México de la guerra de todos los tiempos.
Hoy, en Haití hay otra guerra, una guerra que sacrificó a una mujer queretana. No hay más qué decir.
Para escapar del mundo enciendo la televisión, abro las ventanas y recorro las cortinas para escapar del miedo que causa la vida real; la que se asoma todos lo días en los noticieros. Enciendo la televisión en el Canal 5, el canal de las caricaturas, me como una manzana, un jugo de soya y dos galletas integrales, para escapar del mundo, sacudo las cobijas de mi cama, enciendo el calentador de agua, me tomo un té de hojas de limón del árbol que cuelga del otro lado de mi casa, para escapar del mundo, dejo de tender la cama y me siento a ver a Los Pitufos, a Don Gato y a las Chicas Superpodrosas; para escapar del mundo. Para no saber que hoy, igual que aquel noviembre de perdón y reconciliación, hay otro puñado de personas pidiendo agua para beber, mientras se ahogan de agua, por incongruente que parezca. Para no saber el miedo que causan las noticias, dejo de sacudir mi cama y me siento a ver Tom y Jerry en el Canal 5.
Cuando agonizaba el noviembre de aquel 2007 y el Chiapas de la mujer que tanto amo se estaba ahogando en las tierras del sur, el Dios de todos los hombres me llevó a una iglesia casi vacía, donde un par de dolientes acababan de sepultar a sus muertos. Al salir de la iglesia me reconcilié con mis difuntos. Manejé rumbo al sur, iba con la idea de saborear un trozo de cecina, un plato de frijoles perfumados con epazote o un par de sopes con un huevo estrellado. En el camino cambié de opinión. Almorcé barbacoa de carnero en el Parador Santiago. No sabía que a mi regreso iba a escuchar las noticias de que un pedazo del sur se estaba muriendo de agua.
Al regresar a mi casa quise tener un perro para encargarlo con mi vecina, cuando sintiera otra vez la necesidad de ver esos pensamientos extendidos de la carretera, pero no tengo perro... todavía. Me acompaño de los suspiritos azules de los Pitufos, de las Chicas Superpoderosas y de Pinky y Cerebro cuando tratan de conquistar el mundo. Gabriel Vega Real, Querétaro, Querétaro.
martes, 23 de febrero de 2010
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