martes, 23 de febrero de 2010

El espectador

Los espacios de los montajes

Oscar Salas

Tres obras en cartelera han ocupado diferentes espacios. ¿Qué apreciaciones caben frente a estas diferencias? Por orden de estreno empezaré con Mia, de Amaranta Leyva, presentada por Arteatral, Compañía Universitaria de Teatro.
La trashumancia que le he conocido a Mía empezó, en 2008, en el Auditorio de la Casa de la Cultura ‘Dr. Ignacio Mena’ donde me quedé con la impresión que los personajes se reencuentran en un ático o tilichero, un lugar secreto conocido y compartido por ellos desde donde podían espiar a los adultos de la casa escondidos de su vista. El apretujamiento y la escasa iluminación contribuían a la sugerencia de la secrecía. La puerta de escape sugería la fuga final de los personajes por su ocultamiento durante la escenificación y por la luminosidad que penetra al espacio al momento de su cobertura.
En el Mesón de los Cómicos de la Legua, en 2009, se presentó al medio día. La secrecía que sugería la oscuridad desapareció; las dimensiones del espacio no apoyaron la privacidad de quienes se encuentran en un lugar que han sabido reservar para ellos. Los tamborazos que dan cuenta de los adultos empleitados me subrayan consoladoramente que presencio más una puesta en escena que una narración biográfica.
La puerta por donde se fugarán, aunque pequeña y alejada, está a la vista durante la escenificación, anulando la sorpresa. No hay oscuridad con la cual avisar la finalización de la representación. Apareció una simpática sombrilla sin tela, tan solo la armazón, sin ninguna utilidad, pero que estorbaba sino reforzaba el universo infantil propuesto por la autora. Mía repite los medio días dominicales del 2010 ahora en Teatro Esperanza Cabrera. La formalidad de la puerta posterior por donde Mía silenciosamente, más que sigilosamente, como si ahí fuera remitida explícita o implícitamente por la rutina familiar, le diluye a esa pieza la condición de escondite infantil. Si bien la media luz crea la condición de aislado, el espacio parece demasiado grande para la intimidad infantil de los personajes. ¿Alguien recuerda cuando nos íbamos de campamento debajo de la mesa del comedor, y una colchota guardaba el acceso a la tienda de los excursionistas en que estábamos convertidos? El proscenio se interpone entre los juguetes y el público. El foro tan no termina por convertirse en espacio infantil que cuando Sinforoso responde al llamado de Mía para la fuga, el brinco no deja de ser a las entrañas del escenario, sobre todo porque no es a través de un hueco o puerta que corresponda a la arquitectura del cuarto. Extrañé la destartalada sombrillita. En ninguno de los tres escenarios he entendido la presencia del perchero con el sombrero, ni por referencia forma parte del accionar infantil. Ha sido en el primer escenario cuando más me ha parecido que espacio y montaje han ido de la mano.

Regreso a la Casa de la Cultura, concretamente al Mundo Hobbit, inventado con el estreno de Pedro y el capitán por parte de Hernando Somoza. Ahí también se estrenó en 2009 75 puñaladas. Entonces el público quedábamos contra las dos paredes de aquel larguísimo rectángulo. La escenificación ocurría a lo largo de un pasillo central quizá de un metro de ancho. Las salidas eran más del escenario que de la escena. Desde los extremos algo teníamos que suponer o adivinar en el otro, por la lejanía, o quedarnos de espaldas uno de los dos personajes. Caso similar cuando la actuación nos quedaba exactamente enfrente, pues desde ahí el personaje se dirigía hacia su contraparte, quedándonos totalmente de perfil. Por momentos quedábamos encarados con el espectador de enfrente, así no resulta tan fácil reírse, como si para ello existiera un protocolo: la urbanidad restringe el comportamiento despatarrado; estaba desposeído del anonimato de la masa. El personaje podía encararme, máxime si el intérprete me conoce, como que tomaba ventaja para tomarme mal parado –de por sí--, sobre todo porque me encontraba frente a lo desconocido, y él sí sabe qué sigue. Ante la extrañeza del montaje, estaba en el seguimiento, persecución, de la acción, y perdía la palabra, máxime con la acelerada dicción de Carlos Casas. El bajísimo techo imponía la fijación de la mirada hacia el frente, sin espacio para divagar.

El Barón Rampante ha repuesto esta parodia detectivesca en La Caverna del mismo centro cultural, colocando un breve graderío enfrente de un reducidísimo escenario, físicamente aislado del espectador. Hay actuación que se oye pero no se ve. Las salidas, y sus graciosísimos y oportunos intentos, son parte de la actuación. La acción aparece más centrada en la corporalidad y la gestualidad que ‘hablan’ al tiempo de los parlamentos que goza y festeja uno sin la ‘intromisión’ de los espectadores que tenemos de espaldas, o a los lados. Me faltó ver el estreno desde un extremo opuesto para acabarlo de apreciar. Las pérdidas y ganancias entre uno y otro montaje no facilitan una elección. 75 puñaladas en una hora me resultan demasiadas, no obstante la prodigalidad criminal que nos rodea.
(Continuaré)

No hay comentarios:

Publicar un comentario