Sitio localizado a unos siete kilómetros de la ciudad de San Juan del Río, recibe su nombre de la población más cercana, El Rosario. Ubicado sobre una loma cruzada por dos arroyos tiene acceso a tierras fértiles del valle de San Juan del Río. Conserva de su arquitectura una plaza delimitada en la parte oriente por un basamento piramidal de casi diez metros de altura, y al norte, poniente y sur por otros montículos menores. Al parecer el acceso a la plaza es por el lado sur, pues la altura del montículo es la más baja. Para su construcción se aprovechó una plataforma natural de tepetate de dos metros de altura.
En el basamento principal se observan hasta cuatro etapas constructivas con un sistema constructivo muy semejante. Se trata de grupos de cuartos de forma rectangular formando palacios, en donde se uso piedra pegada con lodo para estructurar los muros, los cuales se recubrían con un aplanado de barro, mientras los pisos se hicieron con estuco. En los cuatro casos existe una renovación con gran sentido ritual y simbólico, ya que las siguientes construcciones, del mismo tipo, fueron realizadas sobre las anteriores. Para lo cual se rellenaba el palacio con tierra y se sellaba con un piso de estuco, el cual servía para iniciar el nuevo palacio. Sin embargo en una última etapa de ocupación si se construyó un basamento, pues hasta hace algunos años existía una escalinata en la fachada poniente del basamento.
Las etapas de ocupación antes descritas inician en el año 500 a.C. una ocupación continua que durará hasta el año 800 d.C. Siendo las más intensas las intermedias, correspondientes al período Clásico, momento de ocupación teotihuacana en el valle de San Juan del Río. Si bien esta ocupación de fuerte influencia teotihuacana esta demostrada en los tipos cerámicos de producción local cuyo antecedentes se encuentra en los grupos Anaranjado delgado, Pulido, Mate burdo, pulido inciso y estucado pintado, aparece un elemento más notorio y espectacular, la pintura mural. En El Rosario un muro de la primera etapa de ocupación presenta un fragmento de pintura mural, la cual fue realizada sobre un aplanado de barro, tezontle fino y cal. Las representaciones pintadas incluyen volutas trilobuladas, plumas y cuchillos curvos en colores azul, amarillo, rojo, verde y blanco. De acuerdo con el estilo mural teotihuacano estas representaciones son similares al mural de la diosas de jade o Tláloc verde, del palacio de Tetitla en Teotihuacan.
El Colorado
El Colorado esta formado por un grupo de diez sitios asentados en un lomerío que divide los valles de Querétaro y San Juan del Río, en los actuales municipios de Querétaro y El Marqués. Ubicados a una altura promedio de los 2000 metros, su función fue esencialmente habitacional y ceremonial. Aunque dispersos entre sí en un radio de hasta 3 kilómetros, son contemporáneos entre sí, compartiendo una tradición cultural que perduro del año 500 al 1,000 d.C.
Para describir esta diversidad de sitios, presentamos como muestra dos de ellos.
El Panteón, representativo de los poblados donde vivía la gente común, también llamados unidades habitacionales. Para su construcción se niveló el terreno por medio de terrazas con piedra, sobre las cuales se encontraron cimientos de cuartos o corrales de forma cuadrada y otros de planta circular. En ambos casos fueron encontrados entierros humanos, hasta un total de 14 individuos, la mayoría en las estructuras circulares. Todos fueron enterrados en una posición llamada de decúbito dorsal flexionado, esto es, de lado con los pies flexionados y pegados al cuerpo, entrecruzándose con los brazos. Algunos fueron colocados en fosas ligeramente cóncavas y de poca profundidad hechos de piedra. El ajuar de enterramiento fue simple, en algunos casos un collar de cuentas de concha, en otro una ollita y en otro una figura de perro tallada en obsidiana y un mortero de tezontle.
En la mayoría de los casos se trató de individuos adultos, la mayoría del sexo femenino, solamente uno del sexo masculino. Un análisis osteológico mostró que estas personas en vida padecieron enfermedades como osteoartritis y espondilitis anquilosante. En otro caso se identificaron lesiones, como la fusión de vértebras cervicales, padecimiento que pudo acentuarse por jornadas excesivas de trabajo. También se identificaron frecuentes traumatismos como fracturas de costillas y antebrazos ya soldadas. Se encontraron padecimientos bucales, como la pérdida de dientes y reabsorción de huecos en encías, infecciones y desgaste dental ocasionado por el tipo de dieta y excesivo trabajo.
Podemos concluir que este pueblo fue habitado por gente trabajadora, sometido a un fuerte estrés de trabajo y a una dieta sustentada en granos molidos, además de tener una vida material elemental, necesaria para el sustento diario.
Un caso diferente lo representa el sitio La Glorieta con un patrón arquitectónico y de enterramiento distinto. Donde existe un basamento piramidal de dos metros de altura con un patio al frente, dentro de el se encontró un entierro de una mujer adulta. En la parte exterior del basamento piramidal se enterraron a dos individuos adultos que presentaban deformación craneana, así como a un nonato.
Aunque no presentan ofrenda asociada al entierro, se observa una clara diferencia de tipo social, tanto por el lugar donde se depositaron los muertos como por la deformación misma de estos, a diferencia de los encontrados en El Panteón.
Apapátaro
Apapátaro es el nombre con que se conoce a un sitio arqueológico donde solo existe una concentración de cerámica y algunos entierros, ubicado en la periferia de la llamada unidad El Tepozán. La unidad El Tepozán se localiza entre el cerro La Víbora y el cerro Grande, ocupando ambas márgenes del río Huimilpan, al sur de la serranía que domina El Cimatario. Para su estudio se diferenciaron dos sectores, uno con construcciones monumentales y abundancia de materiales y otro solo concentraciones de cerámica. A este último pertenece la toponimia Apapátaro.
De este doblamiento prehispánico llama la atención sus siete edificaciones, principalmente del tipo plataforma cuadrada con patio interior, así como tres concentraciones de cerámica en los alrededores. Estos vestigios fueron ordenados en el terreno de forma semi dispersa, los espacios dejados entre ellos fueron utilizados para la agricultura. Los arqueólogos consideran que el auge de esta unidad fue entre los años 100 y 450 d.C., sin embargo algunos tipos cerámicos alcanzan el año 900 d.C.
A lo largo de los últimos años se han conocido materiales arqueológicos producto de saqueos y de la actividad agrícola. Los objetos y materiales recuperados pertenecen a las ofrendas de personajes de cierta jerarquía que fueron enterrados hacia principios del siglo XVI, entre estas cuentas de vidrio, botones y objetos de metal. Identificados como de una mezcla de tradiciones mexica, tarasca e hispana.
Recientes investigaciones históricas sobre un documento de Querétaro del año 1536, establecen que Apapátaro era conocido con el nombre de Cincoque, y al igual que Tlachco o Querétaro fueron repoblados desde principios del siglo XVI por grupos de teules chichimecas y colonias de otomíes dependientes del señorío de Xilotepec.
Estableciendo de esta manera la importancia de este asentamiento, equiparado con Querétaro, tanto en cantidad de población como de bienes, entre estos el maíz y el algodón. Por lo que habría de pensarse a El Apapátaro de las fuentes históricas como el equivalente en la Unidad El Tepozán de los arqueólogos.
Los Cerritos
Este sitio se localiza al pié del Cerro El Redentor, en el municipio de Tequisquiapan. Al igual que el cercano sitio de La Trinidad con ocupaciones para los períodos Epiclásico y Posclásico Temprano, son considerados parte de un corredor que comunicó los sitios del valle de Querétaro con Tula, Hidalgo. La arquitectura ceremonial del tipo patio cerrado, característica de la región, presenta plataformas rectangulares de poca elevación, en donde se observan un patio cerrado en uno de sus lados y uno abierto en el otro extremo. Entre ellos se eleva un basamento de poca altura.
Fuera del área de estos conjuntos se encuentra una cancha de juego de pelota, cuyo eje va de oriente a poniente, midiendo 70 metros de largo por seis metros de alto. Los extremos de la cancha presenta la característica forma de doble T, los cuales se observan aun, al igual que una gradería hacia el cabezal oriente.
La cerámica encontrada en el sitio, refuerza la hipótesis de una ocupación hacia el Posclásico Temprano, asociada a la cultura tolteca. Ya que además de existir vasijas monocromas con formas y acabados de tradición regional, se encontraron tepalcates del tipo plumbate o plomiza. Mercancía procedente de la frontera con Guatemala y distribuida a través de redes controladas por comerciantes de Tula.
Conclusiones
El territorio que constituye el sur del estado de Querétaro fue ocupado por diversas culturas durante un período de larga duración, entre los años 500 a.C. y 1632 d.C. La población local, fue influida o estuvo vinculada de diversa forma a las culturas Chupícuaro, Cuicuilco, teotihuacana, tolteca, chichimeca, tarasca y otomí en orden cronológico.
Las diferentes subregiones en que se divide este territorio, mostraron a través del tiempo, una tradición cultural local con desarrollos propios, influidos con diversa intensidad desde el exterior de la región, de ahí que no hayan sido homogéneos. Sin embargo se observa un reconocimiento regional esencialmente a los espacios sagrados, expresados en los centros ceremoniales. Esta cultura material, estudiada por la arqueología, se ha visto enriquecida por el hallazgo de aldeas o pequeños asentamientos, muestra de la vida cotidiana de la población prehispánica. Una parte de estas evidencias, como los enterramientos humanos, nos exponen la dura y pesada forma de vivir del estrato social de los trabajadores de campo.
En contraste los abundantes objetos, artefactos y herramientas encontrados como ofrendas en los centros ceremoniales, expresan la riqueza material de la población prehispánica entregada a las deidades y cultos, como lo más preciado de su existencia. Nos referimos a las vasijas mejor decoradas, figurillas de barro, esculturas en piedra, ornamentos en concha y hueso y cuentas de piedra por citar algunas. Estas piezas pueden ser conocidas y disfrutadas al visitar algunas salas del Museo Regional de Querétaro.
Las investigaciones realizadas por expertos durante los últimos años en los sitios antes descritos, han permitido construir importantes valores históricos, estéticos, monumentales y simbólicos para la historia prehispánica de Querétaro. La suma de estos valores otorga un significado cultural a estos vestigios del pasado, otorgándoles el carácter de “importancia”, requisito requerido social y políticamente para justificar su conservación. Son una herencia cultural que no solamente debe ser conservada sino continuamente debemos identificarnos con ella.
Notas al pie
1 Roxana Enríquez, El Rosario, un sitio en el valle de San Juan del Río, Querétaro, relacionado con Teotihuacan: elementos para su estudio e interpretación, México, Tesis ENAH, 2005, p. 9
2 Ibidem, pp 109-110.
3 Jaime García y Daniel Valencia, “Arqueología y antropología física en Querétaro”, en Jar Ngú conmemorativo, Querétaro, Centro INAH Querétaro, 2000, pp 69-70.
4 Ibidem.
5 Juan Carlos Saint-Charles, El Colorado. Propuesta de un modelo para el estudio del patrón de asentamiento en la región sur de Querétaro, mecano escrito del autor, 2005, p. 11.
6 Rosa Brambila y Carlos Castañeda, “Arqueología del río Huimilpan”, en Querétaro Prehispánico, México, INAH, 1991, p 140.
7 Lourdes Somohano, La versión histórica de la conquista y la evangelización política del pueblo de indios de Querétaro, Querétaro, ITESM, 2003, p. 24.
8 Rosa Brambila, et al, “Juegos de pelota del Bajío”, en Cuadernos de Arquitectura Mesoamericana, México, UNAM, no. 25, 1993, pp 94-95
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lunes, 12 de abril de 2010
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