Por Margarita Ladrón de Guevara
Durante gran parte de la historia del arte occidental la mujer fue —ante todo— musa, modelo e inspiración de los artistas: a veces como ejemplo de la belleza virtuosa, otras como heroína admirable o mártir abnegada, y otras como poseedora del poder sojuzgante y terrible de la seducción. Pero habría que esperar mucho para el pleno posicionamiento de la mujer misma como creadora. Aunque hubo algunos ejemplos destacables ya desde el manierismo y el primer barroco —como Artemisia Gentileschi o Lavinia Fontana— el reconocimiento de la mujer artista como creadora por propio derecho es algo más bien tardío.
La lenta y ardua lucha de las mujeres por la reivindicación de sus derechos desembocó en el siglo XX con una necesaria revisión y cuestionamiento —por parte de las sociedades modernas— de los tradicionales roles sociales y relaciones de poder que habían regido el comportamiento y acción de los géneros. Se impuso la necesidad de trascender las diferencias biológicas y culturales, así como los estereotipos y prejuicios sociales, para valorar y ponderar justamente los derechos, capacidades y talentos tanto de hombres como mujeres.
Esta lucha tuvo su necesaria influencia en el desarrollo del arte moderno y contemporáneo en nuestro país. Los nombres de Frida Kahlo, María Izquierdo, Leonora Carrington, Remedios Varo y Nahui Ollin nos hablan de la punta de lanza de ese proceso de reivindicación de las artistas en México. Sus obras sentaron el precedente y la base para la explosión de toda una pléyade de creadoras en la segunda mitad del siglo XX y los inicios del presente.
Las artistas contemporáneas no sólo se han logrado posicionar y ser reconocidas como creadoras de alta calidad —a la par de los hombres, que detentaron largo tiempo la primacía del genio y el talento— sino que incluso han logrado demostrar una amplia perspectiva en el manejo de temáticas y técnicas. Desde la dureza y el peso del hierro forjado —tradicionalmente masculino— hasta la delicadeza de las técnicas pictóricas, y desde los temas clásicamente nacionalistas hasta la más lúdica abstracción —no sin pasar por la necesaria alusión a la condición femenina, el amor y la sensualidad—, las artistas han demostrado que su arte no está limitado por la visión de género, sino que ha alcanzado justamente un enfoque universal y omniabarcante; que se ha afianzado como lo que es simple y llanamente: Arte.
Así, la presente muestra es testimonio patente e indiscutible de esta autoafirmación y recoge grandes nombres y obras de nuestro arte contemporáneo.
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