lunes, 29 de marzo de 2010

PARA GUILLERMO SCHMIDHUBER

Por Leonardo Kosta

Dos noches que se abren al infinito. De eso te quiero hablar, de dos noches en las que el misterio del infinito se abrió en el escenario cuando, gracias al teatro, actores y espectadores nos asomamos a los universos en expansión permanente de dos mujeres extraordinarias: Elena Garro y Sor Juana Inés de la Cruz.
La primera noche se instaló en nosotros hace algunos meses con el trabajo de Gonzalo Valdez Medellín, que puso en escena tu obra En busca de un hogar sólido. Sé que conociste a Elena Garro y has estudiado su obra y su biografía, supongo que aún te abismas ante los precipicios femeninos e indagas en ellos porque son lo otro, sabiendo que la otredad femenina es más otra porque a ella podemos acercarnos un poco, no mucho porque eso es imposible, entonces tú, hombre de letras al fin y al cabo, levantas la elegancia como un andamio que te eleva y te hunde en las cimas y simas de aquella mujer que fue capaz de rememorar los recuerdos de su porvenir.
Junto a tu elegancia anduvo por la escena la elegancia de Valdez Medellín que, con un elenco de primeros actores, representó tu texto y te representó a ti, con tanto acierto que pude verte como cuando te conocí, cuando tenías treinta años. Milagro del teatro. Milagro del tiempo teatral.
La segunda noche acaba de suceder. Román García ha puesto en escena tu obra La secreta amistad de Sor Juana y Dorotea, y la ha puesto derrochando espacio y tiempo con tanta generosidad que nos ha hecho partícipes de un misterio: el de la reencarnación. Sin lugar a dudas Sor Juana ha reencarnado en ti, aunque tú lo disimules mostrando que reencarnó en Dorotea. Sor Juana –estoy seguro- también reencarnó en Octavio Paz y en otros estudiosos de su obra, tal como Pancho Villa reencarnó en Paco Ignacio Taibo II, para poner un ejemplo que me sale al paso. Ustedes, los estudiosos, no son alquimistas ni prestidigitadores, son poetas como geranios, absorben la lluvia de la monja y la transforman en palabras que exhalan perfumes como luz de luna, como noche en el convento de las Jerónimas, noche que no necesita del sol para iluminarnos y hacernos reencarnar en el confesor, en el arzobispo, en el jesuita, en el papá de Dorotea, en los rescoldos que calentamos en nuestros fogones masculinos, tanto como supongo que deben sentirse Juanas y Doroteas las mujeres que acuden al Mesón de los Cómicos de la Legua.
Y luego la muerte, no como un signo de tu pesimismo sino como la muerte del Tarot, una muerte que es renacimiento, vuelta de hoja, borrón y cuenta nueva.
Nada de lo que escribo hubiese sucedido sin la calidad de los actores, sin la dirección de Román García y sin tu gracia de poeta tocado por la gracia de una monja que asumió en sí misma la sabiduría que investigadores como tú estudian, sabiendo que el universo que observan se encuentra en expansión hacia ninguna parte y hacia todo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario