martes, 23 de febrero de 2010

En un lugar de la Mancha

En un lugar de La Mancha
Gabriel Vega Real

No te atormentes pensando en lo que quieres decir. Deja que la tinta hable. Es cierto que la pluma sin tu brazo no significa nada; es sólo un artefacto de creación. La pluma es al escritor lo que el pincel a los pintores, lo que el violín al violinista, lo que el ladrillo al albañil.

Ve el papel todavía desnudo, los ojos escondidos atrás de los lentes del cantante ciego. Instálate en tus pensamientos, piensa en lo que sucede sin que suceda y has que lo que no sucede resucite, aunque no esté muerto.

Los tiempos cambiaron. Yo los cambié. Sucedió hace apenas cuatrocientos años que han transcurrido como un zumbido. Mi creador estaba viendo el montón de libros. No sabía qué hacer, pero sabía que algo debería de cambiar a partir de ese momento. Lo vi tal cual ahora lo ven; con su pluma delante de la mirada; de los pensamientos. Lo sentí desesperado, le tuve lástima. Su alma se le salió varias veces por la respiración.

Las ideas le temblaban en los pies. Apiló el montón de libros a un lado del quinqué. Su cara olía a siglos, pero no a siglos pasados; aromaba centurias venideras.

La narración marcaba sus pisadas, pero estaba atorada atrás de su mirada. La hoja estaba seca, la tinta inquieta, la flama del quinqué cabeceaba de aburrida. Los días se asomaban por la ventana y la pluma no pintaba las andanzas. No quería acordarse de los templos de los moros, no quería recordar las abadías. Estaba bien consciente de que debía cambiar la historia.

Decidió quitarle las florituras a las letras. Perdóname, de repente abigarro mis palabras, pero ha pasado tan poco tiempo que para mí es difícil separar el pasado del presente. Tal vez en este momento te encuentres confundido. Aunque no me importa tu impaciencia, trataré de ser claro. Aunque no tan claro como él.

Y bien, empezó escribiendo: En un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme…después todo fue sencillo. Escribió más que mi historia, su propia historia. Muchas veces sintió que enloquecía. ¿Así está bien? Estoy tratando de ser claro. Platicar de sus andanzas o de las mías es un asunto tan masticado como el pan con que se obesaba mi escudero o las enchiladas y los tamales que acostumbran en tu pueblo. No quiero platicar de sus cosas ni de las mías, ni lo que sucedió antes o después. Me tachó de loco. Eso no me importa. Dijo que me encaramé en los caballeros, en los gigantes, y en no sé qué tantas incoherencias. Escribió lo que sucede y no sucede. Muchas personas me conocen más a mí que a él. Tampoco me importa. Sería entrar en controversias tan cansadas como el quinqué con que se alumbró para escribir mis primeros pasos. Se salió del papel. Aseguró que me traicionaba el intelecto. Pero yo quiero decir algo en mi favor. Soy el personaje más conocido de la historia. Sin ser Dios me dio la vida. Perdón, no quería hablar de esto, pero la querencia me lo saca. Bien, fue una noche tan larga como mi sombra; tan hambrienta como la cuaresma. Varias veces lo tentó la oscuridad, pero no la oscuridad de la noche; lo cogió la soberbia de la sombra de ser grande, tan grande como mis molinos. Otra vez perdón, no quiero hablar de mí. Quiero hablar de lo que sucedió aquella noche.

Estaba enloqueciendo. Los libros le platicaban, la flama le acariciaba la cara. Fue en ese momento que se le vino la idea: un andante loco que vivía lo que sucede y no sucede. Tenía el brazo hirviendo, me inventó de un solo plumazo. Las ideas iban y venían. Por momentos se le desperdigaban. Entonces hizo una faena. Mi personalidad era la de un toro de Creta. Un toro que si no lidiaba con maestría, le daría varios achucones en la arena. Desvió la embestida, lo centró en la plaza. Todavía en sus avatares soplaban los recuerdos del Circo Romano; de los Cides Campeadores. Vio a los poetas escondidos en la floritura de las palabras para esconderse de la inquisición. Sintió que la pluma temblaba los miedos de la hoguera; entonces recurrió al pretexto de la fe. Dijo que no era andante profano de las letras. Que las letras me habían arrancado la razón. Puso al obispo frente a mí.

Muchas veces se puso de pie, caminó marcando el ritmo de mi prosa en sus botines. Se alzó el cuello de su chaquetón, se puso traje de gladiador romano, de lidiador de las islas italianas y continuó escribiendo. Sus trazos se evaporaban en la hoja, frente a sus ojos miraba mi figura con atención. Pretextó todas mis aparentes incongruencias. Pobre Miguel, me quiso ridiculizar, quiso curarse de sus miedos poniéndome al frente de sus desvaríos. En cada letra me daba más fuerza, en cada palabra me ensalzaba, en cada aventura me inmortalizaba. Fue una lucha de poderes: el escritor en contra del personaje. Finalmente los dos triunfamos, pero él está muerto y yo no puedo morirme, es más, no quiero morir. Es más, nunca moriré. Los personajes de papel nunca morimos. No me importa lo que haya dicho de mí, a lo mejor era él, que hablaba de él. Me dio el poder de la inmortalidad en una noche en que las ideas iban y venían como luciérnagas que se desprendían de las flamas del quinqué. En que hubo muchos comienzos, en que muchas hojas de papel alimentaron a las luciérnagas de las llamas, en que en una sola idea se le vinieron los siglos por venir. En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme…

No quiero decir si está bien escrito o no, no quiero decir nada. Ya todos lo han dicho, sólo quiero acordarme de la noche en que Miguel estaba enloqueciendo. Por eso te digo Gabriel, no te atormentes pensando en lo que quieres decir. Deja que la tinta hable por sí misma. Pon el libro a un lado de tus sueños, duerme tranquilo. Una novela es al escritor lo que el escritor es a los sueños. Esto que te platico de Miguel, es sólo algo de lo que pienso de él. Se han dicho muchas cosas de aquella noche en que me incubó en el frasco de tinta, pero esta es la verdad; creía que estaba enloqueciendo. Pensó que sin mí no sería nada. Pobre Miguel, murió cuando no quería, y yo tengo el poder de no morirme, es más, no quiero morirme. Mi Querido Gabriel, muchas veces me han dado ganas de escribir, pero no puedo, sólo soy un personaje; un personaje que nació en un lugar de La Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme. Un personaje de papel que no puede escribir. Gabriel Vega Real, Querétaro, Querétaro.

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