Organización musical
Por: Silvia Lira León
Nada como una apacible tarde sentada en una banca de la Plaza de Armas, a la sombra, aunque haga frío, porque resulta molesto para los ojos el poco sol. Hasta aquí llegan los sonidos de la música típica de bar, música de relleno, pero cada vez a más alto volumen. Ahora ya hay más competencia entre los músicos de los restaurantes porque ya otros más. Al parecer tiene acuerdos de no tocar todos al mismo tiempo, pero por el tipo de música no sé qué será peor.
Distraigo mi atención entre las hojas de los árboles, entre las piedras de los edificios para escuchar lo menos posible; hoy ni siquiera está puesta el agua de la fuente. Mientras batallo con el sonsonete del pianito eléctrico y su infernal caja de sonidos que tengo frente a mí, algo cautivó mi atención; de repente, por ahí se oyó una guitarra acústica al estilo folk y una voz suave que cantaba serenamente The long and winding road. El silencio fue inmediato, ningún ruido se percibió alrededor.
Sólo la guitarra y esa voz masculina y sutil que fraseaba en inglés esa canción inolvidable. Yo me hundí en la banca metálica a disfrutar de aquellos sonidos maravillosos, provenientes de no sé dónde, pero que trajeron un momento de quietud y de gozo en esa tarde fresca, activando el ánimo para continuar con lo que sigue.
Una de las tradiciones de arraigo popular es la música callejera.
Desde tiempos muy antiguos, la música popular ha sido compañía y complemento de alegrías y sufrimientos. Ha sido el medio para mantener vivas las glorias épicas, las tragedias y las victorias personales, los nombres y las fechas de los acontecimientos trascendentes y hasta los intrascendentes. Los músicos populares se han encargado de llevar noticias, de hacer compañía, de crear un momento grato. Pero en esta vida moderna llena de aparatos, de inventos y de leyes de civilidad y justicia parece que ya no son necesarios.
En tiempos actuales, donde la convivencia social se hace cada vez más difícil, no es tan sencillo pararse en una esquina con una guitarra y cantar una canción sin que vengan a pedirle el permiso correspondiente para trabajar en la vía pública. Y luego que si se junta gente otros aprovechan para robar, y que si alteran el orden público, que dan mal aspecto, y que si los derechos de autor y que si no sé qué. Total que aquellas glorias de la música callejera y popular ya no tienen cabida en el orden moderno. A esto, y a otras actitudes represivas, incluso a la cárcel, se enfrentan muchos músicos callejeros que no tienen otro medio de subsistencia más que su arte, aunque muchos no lo consideren así.
El Colectivo Juglar Urbano es una organización de músicos callejeros que se han unido para defender su derecho al trabajo y hacer de su actividad una profesión digna y respetable. Ellos han entendido que organizándose es como se puede negociar con las autoridades. La música es un bien necesario, proporciona bienestar y hay público para todos los gustos. Ellos son independientes, su trabajo es callejero y popular, y no porque no sean músicos de bar, de banda o de orquesta sindical, estén condenados a morirse de hambre. Ni que fueran escritores.
cronistadelportal@gmail.com
martes, 23 de febrero de 2010
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